Las dos orillas | La arquitectura del estatus digital
Del ocio conspicuo al algoritmo del parecer
Por Armando Carrieri Hernández

23/08/2026.- Tal parece que subir al pico Bolívar en absoluto silencio, recorrer el casco histórico de Caracas o las playas de Mochima sin sacar el teléfono para tomar una fotografía, o asistir a un concierto en el Teresa Carreño manteniendo el teléfono móvil en el bolsillo, parecen hoy actos de una resistencia inverosímil. ¿En qué momento la captura mediática de una vivencia pasó a ser más relevante que el hecho mismo de experimentarla? El Gabo decía en su libro autobiográfico: "La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla".
La inquietud actual por registrar de manera patológica cada uno de nuestros movimientos, consumos y momentos de recreación no constituye un fenómeno inédito ni un rasgo generacional nacido del diseño de los algoritmos. Aunque las pantallas de bolsillo amplifiquen de forma exponencial cada gesto, la pulsión subyacente responde a una profunda estructura de competencia y diferenciación social que la teoría sociológica viene rastreando desde finales del siglo XIX.
La genealogía de la ostentación
Para descifrar la gramática de la exhibición en plataformas digitales, resulta indispensable acudir a las formulaciones teóricas del sociólogo y economista estadounidense Thorstein Veblen. En su obra clásica de 1899, La teoría de la clase ociosa, Veblen acuñó el término ocio conspicuo (conspicuous leisure) para describir cómo las clases dominantes consolidaban y señalizaban su supremacía en la jerarquía social.
En las sociedades históricamente jerarquizadas, el trabajo manual y la productividad física estuvieron asociados invariablemente a la subsistencia y a los estratos subordinados. Las élites, por el contrario, demostraban su elevado estatus mediante la exhibición manifiesta de estar liberadas del trabajo productivo. Exhibir el tiempo libre, entregarse a viajes prolongados, cultivar pasatiempos improductivos o patrocinar certámenes sociales no eran meras distracciones privadas: funcionaban como señales sociales inequívocas de poder y capacidad económica. Como señalaba Veblen, mientras la clase trabajadora fundamentaba su orgullo en el volumen de su esfuerzo productivo, la clase dominante legitimaba su posición demostrando que no necesitaba someterse al yugo del trabajo mercantilizado.
El mito de la prosperidad impecable
Esta dinámica guarda relación histórica con la llamada Gilded Age (la "Era Dorada") en los Estados Unidos del siglo XIX. La idea, popularizada por la célebre novela de Mark Twain y Charles Dudley Warner (The Gilded Age: a tale of today), se refiere a un objeto o estructura cubierta por una fina y deslumbrante capa de oro que oculta, bajo su brillo exterior, una realidad interna degradada por la desigualdad, la explotación y la corrupción.
En la era analógica, multimillonarios como Andrew Carnegie usaban la edificación de monumentos, bibliotecas y museos con su nombre grabado en piedra para proyectar un legado perdurable y depurar su imagen pública. Hoy, esa búsqueda de legitimidad y distinción ha sido democratizada y atomizada a través de las arquitecturas digitales. La fotografía de un usuario contemplando el Salto Ángel o disfrutando de un paseo en un sitio exótico no pretende informar sobre la geografía del paisaje; busca proyectar una superficie dorada e intachable que oculte las grietas del cansancio cotidiano.
El valor de signo y el capital simbólico
El marco interpretativo del evidente ocio actual se enriquece substancialmente al cruzarse con el pensamiento crítico del siglo XX. El filósofo francés Guy Debord, en La sociedad del espectáculo (1967), diagnosticó con precisión premonitoria la degradación de la vida social: la transición paulatina del "ser" al "tener", y del "tener" a un mero "parecer". Para Debord, cuando las vivencias concretas son suplantadas por sus representaciones visuales, la realidad queda subordinada a la imagen consumible. No se viaja para habitar un espacio, sino para producir el espectáculo del viaje.
Complementariamente, Jean Baudrillard argumentaba en La sociedad de consumo (1970) que los bienes y las experiencias han dejado de ser apreciados por su valor de uso o por su función primordial. Lo que se persigue es su valor de signo: la carga simbólica que distingue al consumidor dentro de una matriz de prestigio. En este marco, el sociólogo Pierre Bourdieu, varias veces citado en esta columna, demostró en La distinción (1979) que el estatus no descansa únicamente en la acumulación de capital económico, sino en el despliegue de capital cultural y capital simbólico. Asistir a un concierto de Guaco y capturarlo en video funciona como un indicador de refinamiento estético y pertenencia a un círculo cultural determinado.
La dramaturgia digital y la autoexplotación del tiempo libre
Este escenario encuentra su andamiaje analítico en la teoría dramatúrgica de Erving Goffman (La presentación de la persona en la vida cotidiana, 1959). Goffman plantea que los individuos actúan como intérpretes teatrales que gestionan meticulosamente su "fachada" (impression management, en inglés) para influir en la percepción de la audiencia. El perfil digital es el escenario idealizado donde se editan los fragmentos de la existencia, eliminando las asperezas de la rutina para ofrecer un producto visual coherente y deseable.
"El sujeto contemporáneo mercantiliza su propio tiempo libre: el descanso ya no es un repliegue sobre la intimidad, sino una segunda jornada laboral dedicada a la producción de capital reputacional."
Sin embargo, la paradoja central de nuestro tiempo radica en lo analizado por el filósofo coreano Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio. A diferencia de las antiguas élites veblenianas que ostentaban la liberación absoluta del trabajo, el sujeto hiperconectado del siglo XXI ha transformado el propio ocio en una obligación de rendimiento. El tiempo libre, al ser expuesto en las redes, es sometido a la métrica del algoritmo, demandando reacciones, interacciones y validación externa. El ocio deja de ser la antítesis de la producción para convertirse en una suerte de modalidad sutil de autoexplotación, donde la libertad de no trabajar deviene, paradójicamente, en trabajo mediante la monetización de la propia imagen.
Abandonar el registro inmediato no es un descuido técnico, sino un acto de soberanía existencial. Reconocer las continuidades entre las elites del siglo XIX y la comunicación algorítmica actual nos permite comprender que, detrás de cada encuadre perfecto, subyace el añejo deseo de comprar un lugar privilegiado en la jerarquía simbólica de la sociedad.
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