Estoy almado | Mírame al natural
Por Manuel Palma

23/08/2026.- Mirarse directamente a los ojos es un lujo, porque casi todos en la calle usan lentes, incluso hasta los que tienen la vista 20/20. En las ciudades se nota más el uso desproporcionado de estas gafas. Ya muy pocos caminan hipnotizados por aquellos vejestorios celulares dizque “inteligentes”. Eso quedó en el pasado, igual como ocurrió con los blackberrys. Ahora las gafas superinteligentes con IA son el último invento tecnológico en ese mundo: graban sonido, video y captura imágenes a todo lo que el portador apunte con su mirada. Las manos quedan libres de sospecha, y no advierte al otro que lo están filmando.
Ese párrafo parece distópico. Pero en un futuro cercano se prevé que sea más real de lo que podemos imaginar, similar a cuando en el pasado se advertía de la omnipresencia del smartphone en nuestra vida cotidiana, que lo veíamos como absurdo, pero hoy es una realidad palpable. Como milenial pude constatar esa transición analógica-digital.
Hoy está en marcha el ensayo para introducir los lentes en la cotidianidad. La dictadura tecnofeudalista, a través de Meta, vendió 7 millones de gafas inteligentes en el cuarto trimestre de 2025, según reportes especializados. Esa cifra cuadruplicó las dos millones de ventas en febrero de ese año. Estados Unidos, Francia, Alemania y Reino Unido concentran la mayor parte de las compras, que se dispararon desde que la famosa empresa Ray- Ban se alió con Mark Zuckerberg para ofrecer los modelos Ray-Ban Meta. Son anteojos que funcionan igual o mejor que una cámara GoPro, pero con un estilo liviano y elegante que a cualquiera le parece difícil detectar que son “inteligentes”.

Y eso, justamente, fue lo que ocurrió con una chica en Inglaterra, de acuerdo a la BBC. La grabaron sin su consentimiento. En la calle un hombre la abordó y le pidió su número celular, pero ella se negó alegando que tenía pareja. Ese incidente fue grabado por él y sus lentes inteligentes. El video se hizo viral en TikTok con decenas de comentarios sexualmente explícitos y despectivos hacia su persona.
“No di mi consentimiento para que me grabaran en secreto (...) Me asustó muchísimo; me dio miedo salir a la calle”, dijo.
En Manhattan, una joven de nombre Aniessa Navarro contó en sus redes que durante una sesión de depilación de sus zonas íntimas, su esteticista llevaba puestas unas gafas de Meta. Le preguntó por los lentes; la esteticista le dijo que era para mejorar su visión. La respuesta no la convenció y se quedó con la duda sobre si sus partes íntimas fueron grabadas y están circulando en sitios sexuales pagos en internet.
En Alemania, un grupo de defensa de derechos digitales denunció a Meta porque las benditas gafas representan riesgos a la privacidad. “Puede generar violencia digital basada en imágenes” y “camuflar una tecnología de vigilancia especialmente discreta como si fuera un objeto cotidiano”.
La respuesta de Meta, como siempre, fue implementar una operación de marketing con el lema: "Diseñadas para la privacidad, controladas por ti". Tras lavar su imagen, la compañía de Zuckerberg “recomendó” a los compradores de gafas con IA que no graben a quien no lo aprueben y que, además, apaguen el aparato en “espacios sensibles”, como por ejemplo los baños públicos. Obviamente, nadie atendió a ese saludo a la bandera de Meta.
Todo eso está ocurriendo ahora, durante este año. Si no ha llegado con fuerza a estas tierras es por el costo elevado que representa para los latinos. En esta etapa de ensayo, el precio de estas gafas con IA oscilan entre US$300 y casi US$400. Pero es cuestión de tiempo: Google ya prepara sus propios lentes; prometen que serán “accesibles” en precios para todas sectores sociales.
La idea del tecnofeudalismo gobernante es reemplazar el celular por las gafas inteligentes, que además de grabar videos y sonidos, tendrá las mismas funciones que usamos tú y yo en este momento en un smartphone. Y muchos más: incorpora realidad aumentada, datos personales integrados y pantallas holográficas. Todo un cóctel de dopamina para el consumo digital desmedido.
Ellos, los dueños del nuevo opio del siglo XXI, esperan que sea un accesorio de uso masivo y popular, utilizado como puente para vender productos y servicios, y construir sentidos enajenados, conectados todos en red.
¿Algún peligro con eso? Pues, si ya sentimos que la adicción al uso del celular alteró las relaciones sociales en esta digital, lo que podría suceder con estos lentes puede agravar, aún más, la forma en que concebimos y practicamos la modernidad.
Pero, ¡tranquilos! Para eso hace falta que corra mucha agua por debajo del puente de la vida.
Hasta entonces, no desperdicies la oportunidad de mirar a los ojos al otro, así sin filtros tecnológicos, sin más nada que la buena fe y el sentido de la humanidad. Es mejor hacerlo ahora hasta el hartazgo, como algo natural, hasta que te conectes con el alma del otro; quién sabe si con las décadas ese acto, hoy nimio, se convierta en un lujo o una excentricidad.
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