Punto y seguimos | Volverse Palestina
Por Mariel Carrillo García
11/08/2026.- La causa palestina es una causa de la humanidad. Un punto de honor para quienes entienden la existencia como un derecho y no como un privilegio determinado por "Dios", la "fuerza" o la "superioridad". Cuando se parte de la creencia, consciente o inconsciente, de que hay seres humanos mejores que otros por un determinismo racial, religioso o geográfico, la capacidad para evaluar las injusticias se reduce o distorsiona de manera drástica. La ignorancia o el desinterés que millones muestran ante el genocidio contra el pueblo palestino tiene también un trasfondo sostenido en estas creencias, asimiladas o no, de que lo que pase en otras partes y a otros pueblos no impacta en sus vidas o en sus mundos.
Las noticias que dan cuenta del exterminio sistemático de Palestina y su gente aparecen una y otra vez, con un impacto mínimo, como si el horror de un plan que deja pálido al de la Alemania nazi no se estuviera ejecutando con prisas y sin pausas. Benjamín Netanyahu dijo que mientras él fuera primer ministro de Israel, Palestina jamás tendría un Estado. Los miembros de su gabinete expresan sin pudor y sin miedo que los palestinos deben desaparecer de la faz de la tierra. Redactan leyes que permiten la detención de extranjeros sin que hayan hecho nada. Crean y prueban tecnologías para matar y torturar "mejor", usando a los ciudadanos palestinos como cobayas. Dan excusas unas veces, y otras, directamente, emplean la violencia para ocupar y robar las tierras que no les pertenecen. Entran, golpean, saquean y aducen que hay "valor arqueológico" en los sembradíos históricos de los palestinos. Matan y roban los cuerpos para extraerles los órganos y salvar así, de manera irónica y cruel, la vida de cientos de israelitas. Y millones no dicen ni pío; no sienten nada.
"La gente muere todos los días", "bastantes problemas tenemos aquí", "algo habrán hecho", "mejor que los israelitas se queden con eso y lo desarrollen", "si esa región necesita guerra para poder progresar, pues mejor". Estas son frases cotidianas que parecen no causar daño, pero sostienen la ignominia, le dan espacio a la injusticia y, cuando se suman, pesan en la balanza de la respuesta de la humanidad en su conjunto ante lo que es una clarísima muestra de todo lo que está mal. Es un ejemplo de la maldad, la avaricia, la inmoralidad y la pérdida de los valores comunitarios que siglos de dolor y guerra costaron construir.
La sociedad de naciones está herida de muerte. El futuro cercano, cercado por un poder concentrado en la tecnología poseída por seres humanos sin escrúpulos, odiadores de la vida, la naturaleza y el mismo ser humano, se nos avecina gris y complicado. Y la cuota de culpa por omisión o ignorancia es enorme. Al permitir que exterminen Palestina en pleno siglo XXI, dejamos la puerta abierta a que nos aniquilen, tarde o temprano, a todos los que estorbemos en los planes lunáticos y malignos de un grupo de gente que está segura de ser más importante y mejor que Dios, la naturaleza y el universo mismo. La gran codicia y soberbia de la que habló el papa León en su encíclica parece estar ganando la partida. Y nada bueno puede salir de allí. Hay que sentirse y volverse Palestina, si esperamos salvarnos.
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