Libros libres | Cecilia Mujica, de Pedro Emilio Acosta
Por Gabriel Jiménez Emán
12/07/2026.- Dentro del repertorio de mujeres que pueblan las páginas de la historia patria, destaca en el estado Yaracuy el nombre de Cecilia Mujica. Aunque se sabe que nació en la ciudad de San Felipe, se desconoce el año exacto de su nacimiento, así como otros datos de su biografía, la cual no se ofrece tan nítida como la de otras heroínas. Sin embargo, vale la pena validar su existencia a partir de informaciones fragmentarias emanadas de una versión novelesca realizada por el profesor Pedro Emilio Acosta. Esta obra apareció impresa el 1.º de enero de 1909 por la Empresa del Siglo XX, de José Tomás Martínez, quien además escribió el prólogo. En 1964, la Imprenta Oficial del Estado Yaracuy publicó una reedición en cuyas portadillas internas se incluye una pintura de Cecilia Mujica del pintor ecuatoriano Luis Walter Bermeo. Esta imagen se basa, a su vez, en una versión aportada por el padre Macario Bracho, vicario de San Felipe (1856-1885), y en otro cuadro firmado por el artista José María de la Concha, el cual reposa en el Cabildo de San Felipe.
La referida obra, fiel a la naturaleza ficticia del género novelesco, aporta una serie de secuencias que recrean el mundo de Cecilia Mujica. En su mayoría, esas escenas fueron inventadas por su autor, quien recorre a través de su vena sensible parte del acontecer de la vida en Yaracuy durante la primera década del siglo XIX. La trama se basa en un esquema por demás simple: Cecilia, hija de Mateo Mujica, se compromete con Henrique de Villalonga, también partícipe de la causa por la independencia venezolana. Ella es una delicada muchacha que interpreta canciones patrióticas, zurce escarapelas y divisas tricolores para los uniformes de los patriotas o las insignias que se colocan en sombreros y gorras, como bien lo hicieron tantas otras mujeres bordadoras de los uniformes de nuestros heroicos soldados y oficiales. También, redacta boletines en los que clama con insistencia por la emancipación.
Paralelamente, un oficial realista y supuesto amigo de la familia, de nombre José Millet, poco a poco se aleja de ellos y comienza a filtrar información de la familia Mujica a los españoles para capturar a Henrique Villalonga. Este oficial llega al extremo de presionar y torturar a Cecilia para obtener información acerca de su prometido, pero sus esfuerzos resultan inútiles ante la firme resistencia de la joven. Por último, la heroína es separada de su familia y llevada a una quebrada donde es atada a un tronco y fusilada, hecho que la convierte en la primera mártir de Yaracuy. Para cerrar el trágico desenlace, la obra describe el terrible terremoto que asoló el país en 1812 y que termina con la vida de los padres de Cecilia.
No quisiera exagerar exaltando ahora las virtudes de la prosa de Pedro Emilio Acosta —ilustre desconocido—, pero es indudable que realiza un auténtico aporte literario a la bibliografía venezolana. En esta novela, narra en apenas trece breves capítulos y un epílogo los episodios más representativos de la gesta emancipadora regional y nacional. Por tal motivo, es menester reeditarla a la brevedad posible para darla a conocer al público.
A continuación, extraigo algunos párrafos de la parte final de Cecilia Mujica:
—Joven —dijo el oficial dirigiéndose a Cecilia—, las órdenes de mi superior son las de mancillaros y fusilaros después. Cumpliré lo último. Lo primero, no soy hombre que lo haga, y que Dios me lo tome en cuenta.
—Gracias —murmuró la joven con voz débil como un suspiro—, gracias, y en prueba de que agradezco vuestra noble conducta, toma...
Y arrancándose un anillo de oro de uno de sus dedos, se lo alargó al oficial. Este lo tomó y, mandando a alinearse la tropa, colocó a Cecilia a cierta distancia, apoyada contra un arbolillo. En seguida dijo con brevedad: "¡Fuego!". Una descarga resonó en el solitario camino.
—¡Viva la patria! —gritó Cecilia con voz extrañamente fuerte—. Voy a reunirme con Henrique —murmuró, cayendo al suelo.
Cuando el oficial se acercó a ella, ya estaba muerta. Tenía tres balas en el cuerpo: dos en el pecho y una en la pierna.
El oficial, casi llorando, tomó con sus soldados el camino de San Felipe, dejando allí el cadáver de la pobre mártir.
Mancilla eterna del gobierno colonial, infamia para su nombre maldito. La muerte de Cecilia fue un asesinato más, cometido por las armas peninsulares, las cuales buscaban ya el predominio por medios inicuos y con hechos horripilantes y cobardes como el que mencionamos.
Fue una manifestación más de los instintos criminales de los hombres que tenían entre nosotros la representación del Gobierno de España; una venganza contra los patriotas. Debemos confesarlo, algo justificaba el encono realista: el funesto Decreto de Guerra a Muerte de Trujillo.
Nada había de ganar la causa del Rey con la muerte de nuestra hermana: la semilla de la Libertad germinaba ya en todos los corazones suramericanos.
La vida humana pertenece a Dios. No hay bajo la tierra ninguna mención legal que autorice al hombre a arrebatarla.
Lo contrario es arrogarse los atributos de la Divinidad.
Conocedoras varias personas de San Felipe de la muerte de Cecilia, acudieron muy de madrugada al lugar de su ejecución.
Ya estaba frío el cadáver de la mártir.
Entonces, y arrastrando las iras de los realistas, hicieron un hoyo y le dieron sepultura.
Aún ignora San Felipe con culpable indiferencia dónde reposan los restos de su singular heroína.
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