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La victoria del pueblo vietnamita en las dos guerras consecutivas contra el colonialismo y el imperialismo es un patrimonio cultural de la humanidad del siglo XX.

Abdelaziz Buteflika

Expresidente de Argelia

 

17/04/2026.- "Allí están, esos son los que roban a la nación" es una vieja consigna que recorrió las calles de Caracas y otras ciudades. Fue replicada en varios países latinoamericanos, al calor de la Revolución cubana, la Revolución sandinista y la lucha del pueblo vietnamita. Al otro lado de la acera, la derecha respondía con sus bombas lacrimógenas, cartuchos de perdigones y hasta disparos de grueso calibre.

Detrás del telón, en Washington, se movía la tramoya: Harry S. Truman, Dwight D. Eisenhower, John F. Kennedy, Lyndon B. Johnson, Richard Nixon y Gerald Ford. Luego, Jimmy Carter, Ronald Reagan, la familia Bush, Bill Clinton, Barack Obama, Joe Biden y Donald Trump siguieron moviendo los hilos en contra de los pueblos oprimidos por el capitalismo depredador.

En varios rincones del mundo, pancartas con las figuras de Mark, Bolívar, Rosa Luxemburgo, Lenin, Mao Tse-Tung, Hồ Chí Minh, Sandino, Martí, Morazán, Dolores Ibárruri, el Che y Fidel invitaban a continuar la lucha a favor de los olvidados de la tierra.

Para Bertolt Brecht: "Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos, pero hay quienes luchan toda la vida; esos son los imprescindibles".

Ese famoso dramaturgo alemán, revolucionario de los que luchan toda la vida, definió en pocas palabras a esos seres humanos signados por la providencia para encausar la lucha de las olvidadas y los olvidados, de las oprimidas y oprimidos, de las explotadas y explotados de siempre.

Más allá de Occidente, habitado en su mayoría por pueblos ancestrales, sobre todo del Lejano Oriente, actualmente ellos siguen en la mira de los cañones de Estados Unidos e Israel. Se han forjado nuevas generaciones que retan masas de hombres y mujeres combatientes, fusil en ristre, para demostrar que ese otro mundo es posible, mientras en calles y avenidas de Estados Unidos, miles de personas hacen temblar el piso de la Casa Blanca, tal cual la década de los sesenta, cuando estudiantes y veteranos de guerra les dieron el frente a Johnson y Nixon respecto a la guerra en Indochina.

En aquel Lejano Sur, un pequeño hombre de cara risueña y de rala barba recordó, muchas veces, en sus andanzas por ríos y montañas, a veces a caballo, a veces en parihuela, recorriendo miles de kilómetros, entre el norte de Vietnam y el sur de China, la entrega total a una causa justa, la de su pueblo, porque él también se identificaba con la causa de los condenados de la tierra, como diría Frantz Fanon.

Desde temprana edad, en su natal aldea Kim Liên, el pequeño Nguyễn Sinh Cung (su nombre originario) conoció los rigores del hambre en carne propia en el seno de su familia, testigo de la resistencia de sus paisanos frente a los colonialistas franceses.

Sinh Cung siempre buscó la explicación de los acontecimientos que lo rodeaban y admiraba aquellos brotes rebeldes, pero no los compartía, de tal manera que, a los veintiún años de edad, prefirió irse a Europa, en un intento por estudiar en la universidad de la vida. Encubierto bajo el seudónimo Văn Ba, se alistó como ayudante de cocina en un barco francés para radicarse en París, tras visitar Gran Bretaña, Estados Unidos y varias naciones africanas, donde perfeccionó el francés y aprendió inglés. Finalmente, se estableció en París, donde conoció a Jean Longuet (nieto de Carlos Marx), quien dirigía el periódico Le Populaire, órgano oficial del Partido Socialista de Francia. Allí dio sus primeros pasos como articulista. Luego, cargado de experiencia y una sólida formación marxista, asumió el nombre de Nguyễn Ái Quốc (el Patriota) y se puso al frente de la causa vietnamita, organizando a los grupos de connacionales que hacían vida en París y otras zonas cercanas, e ingresó a la III Internacional Comunista (Cominters) como representante de Asia.

En plena Guerra Mundial, cargado de nuevas ideas revolucionarias, Ái Quốc se marchó a su país para asumir sobre el campo de batalla la dirección de la resistencia contra los franceses. Ni los carcelazos, víctima de los agentes del Kuomintang, ni la vida quijotesca bajo la penumbra de la clandestinidad, escondido tras varios seudónimos, evitó que unificara los grupos revolucionarios que se movían en la frontera de China, cercana al norte de Vietnam, para crear el Partido Comunista de Indochina, que definitivamente fundó el 3 de febrero de 1930 en Hong Kong, península de Kowloon, al sur de China. Se trató de una entrega total, como la de los imprescindibles. Por todo eso, Bắc Hồ (Tío Hồ) sigue metido, día a día, en la vida de los vietnamitas.

 

Empedernido amante de la paz

En el año 1946, ya con su definitivo seudónimo Hồ Chí Minh, visitó Francia como una personalidad muy importante, ya que un año antes se había convertido en presidente de la República Democrática de Vietnam (RDV). Su viaje tenía como propósito la búsqueda de la paz a través del diálogo. Fue durante ese período cuando escribió ocho cartas al presidente Harry Truman, solicitando el apoyo estadounidense para la independencia de Vietnam. En su carta del 16 de febrero de 1946, escribió: "Nuestro objetivo es la plena independencia y plena colaboración de Estados Unidos. Haremos todo lo posible por esa independencia y colaboración en beneficio de todo el mundo".

Esas palabras tuvieron eco cincuenta años más tarde en una declaración del presidente francés François Mitterrand, en una conferencia de prensa celebrada en Hanói en febrero de 1993: "Yo recuerdo que Hồ Chí Minh visitó Francia en 1946, en busca de un interlocutor de diálogo por la paz, pero fue en vano. Él quería negociaciones para evitar la guerra".

A propósito de ese esfuerzo del Tío Hồ por la paz, Joseph Amter escribió en su libro Veredicto sobre Vietnam: "Si Estados Unidos hubiera apoyado a Hồ Chí Minh en aquel momento, habría evitado una costosa y trágica guerra en Vietnam décadas más tarde".

Durante las dos guerras de resistencia, el máximo líder vietnamita siempre levantó en lo más alto la justa causa, haciendo posible que los pueblos franceses y estadounidenses comprendieran que el pueblo vietnamita estaba luchando por sus legítimos derechos nacionales. El pueblo francés calificó la guerra contra Vietnam como una guerra sucia. Fueron numerosos los movimientos franceses antibelicistas de apoyo a Vietnam, como aquel levantamiento estudiantil del Mayo Francés de 1968 o el pronunciamiento de Henri Martin y la permanente lucha del Partido Comunista Francés.

Sin embargo, mientras Hồ Chí Minh hacía los esfuerzos por evitar la guerra, el gobierno de Harry Truman apoyaba en secreto a las tropas francesas con millonarios aportes en dólares y cuantioso equipamiento militar, como el caso de la batalla de Điện Biên Phủ (1954), donde fueron superadas las tropas francesas. Luego de esa derrota, la prensa francesa reveló que cuando era evidente el triunfo de los vietnamitas, según Jean Raymond Tournoux, en su libro Secretos de Estado, en la sede de la Cancillería francesa, ubicada en el bulevar D'Orsay, el canciller francés George Bidault no podía creer lo que había escuchado. Se trató de la propuesta del secretario de Estado de Estados Unidos para el momento, John Foster Dulles, quien propuso lanzar dos bombas nucleares en la explanada de Điện Biên Phủ para barrer al ejército vietnamita y evitar la derrota de los franceses.

 

Ángel Miguel Bastidas G.

 

Consultas:

Nguyen, H. T. (2010). Vietnam: guerra de liberación (1945-1975). Editorial Thế Giới.

Bastidas G., A. M. (2017). Xin chào. Editorial Thế Giới.


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