Vitrina de nimiedades | Frustración de ocho a cuatro

11/04/2026.- Casi todos venimos al mundo para ser el empleado de alguien: este designio impuesto, si bien es triste, está incrustado en el colectivo. Desde el momento en que salimos de la comodidad de las entrañas maternas, ya nos van preparando para trabajar. Educación, oportunidades, familia y expectativas hacen diferencias dentro de cada generación. Unos van con mejor “suerte” que otros, según las posibilidades de cada entorno. Unos ya conocen las injusticias y las ilegalidades mucho más rápido. En medio de esas contradicciones, es casi moneda corriente ver todos los problemas del mundo laboral como asuntos fragmentados. A veces, un conflicto es tu entera responsabilidad, compadre, comadre. A veces, es culpa del sistema (vaya a saber cada quien qué entiende por eso).

Rara vez hay una visión completa de esas situaciones, pues, a pesar de nuestro destino casi cantado desde el primer respiro, no hemos sido advertidos del mundo de desilusiones al que vamos destinados. Desde lo macro, el análisis político, económico y social del mundo laboral ha sido analizado a través de distintas corrientes, sobre las cuales no vamos a ocuparnos. Nuestro interés está en lo micro: nuestras individualidades compartiendo los mismos problemas, desde distintos escritorios o diferentes tareas. Eso, en suma, es el “ambiente laboral”, un término que puede sonar a promesa o infierno, donde se depositan muchos de nuestros desencuentros.

Sea origen o final, en la relación con nuestros pares, jefes y vecinos de oficina van drenándose esos desencantos que nos agrian cada jornada. El sueldo que hoy le alcanza al veinteañero no le rinde al compañero que pasó los 45 años de edad y tiene dos hijos a cuestas. Las expectativas de ascenso del analista que lleva 20 años en el mismo puesto se frenaron el mismo día que sintió cómo sus jefes lo trataban como un extraño. Las deudas que traen loca a la recepcionista también llegaron a su espacio laboral. El cansancio del técnico que tiene dos trabajos extra le pasa factura en su empleo “formal”.

Las situaciones que atraviesa cualquier trabajador podrían parecer su entera responsabilidad (sí, en algunos casos, lo son) si lo dejamos ahí, en ese ambiente laboral. Pero basta levantar la mirada para ver que, más allá de las decisiones y circunstancias personales, también son resultados del sistema que sostiene la existencia de cada puesto de trabajo en este mundo. La precarización laboral, la falta de incentivos, las incapacidades para garantizar la formación continua y la sostenibilidad de los modelos de seguridad social, aunque son situaciones estructurales, no son reconocidas en su justa dimensión, ni por trabajadores ni por empleadores. Ni siquiera hay un mea culpa verdaderamente compartido entre todos los actores involucrados en esa arquitectura.

Detrás de “El sueldo no alcanza” hay más que una realidad numérica: está la disputa entre el hecho social del trabajo como herramienta de bienestar y las posibilidades de garantizar su pervivencia como tal. No es producto de desventuras personales, como tampoco es responsabilidad de un solo actor. En Venezuela tenemos una nueva oportunidad para dar una discusión honesta al respecto. Ojalá no la usemos para avivar la frustración laboral, esa que solemos vivir de lunes a viernes, de 8:00 a. m. a 4:00 p. m.

Rosa E. Pellegrino

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