Tejer con la palabra|Crónica de bombardeos de EE. UU. sobre Venezuela

El águila imperial ha osado entrar al espacio aéreo de los caribes

Los árboles se han de poner en fila para que no pase el gigante de siete leguas.

José Martí

01/02/2026.-

Esta madrugada bombardearon Caracas, mi ciudad. Mi casa queda a menos de un kilómetro del aeropuerto La Carlota, que veo cotidianamente desde mi balcón. Anoche me fui a dormir tarde, como no suelo hacerlo. Solo pude dormir dos horas antes del ataque. A las 2:00 a. m. me despertó el ruido indescriptible de todas las ventanas de mi casa estremeciéndose. Me paré en vilo de mi cama, apartando las evanescencias del sueño. Se escuchaban aviones cortar los aires como el filo de cuchillos envenenados. Corrí a buscar a mi esposo. En medio del pasillo tronó el primer estallido. Nunca en mi vida había oído algo igual. Su sonido de furia retumba aún en mis oídos. Grité, lloré. Lo supe de inmediato: nos bombardeaban los gringos. Al ver a mi esposo, le pregunto, aún con las manos en la cabeza y la desesperación en el rostro: "¿Es lo que creo?". Él, paciente como ha sido siempre, solo responde: "Sí es" y me abraza. Su breve respuesta activa en mí el modo resolutivo. Seco mis lágrimas, busco los morrales de emergencia que hicimos en noviembre con las cosas más importantes: los títulos universitarios, agendas y cuadernos llenos de borradores de poemas sin pasar, latas de atún, agua y medicinas. Los llevo al baño junto con las laptops. Hace dos meses, en una breve conversación sobre el tema, determinamos que el baño era el lugar más seguro de la casa. Ahí me quedé. Avisé a mis padres y a mis hermanos. Revisé los grupos de las redes sociales de poetas y de amigos. Era un hecho: nos bombardeaban los gringos.

Lloro aún de impresión, de miedo y de indignación al escribir estas letras: "Nos bombardeaban los gringos". Esa noche fue en vela. Cayeron dos bombas más. Pienso enseguida en Gaza. "¿Qué vamos a hacer si tumban el edificio?", pregunto a mi esposo. "Salir de los escombros", responde él. En cortas conversaciones, hacemos un plan de acción: determinamos puntos para encontrarnos si nos perdemos y se cae la comunicación. Determinamos dónde debemos resguardarnos apenas sea seguro salir.

Sabíamos que tendríamos que buscar agua potable al día siguiente, pues no teníamos reservas. Me ocupé en informar lo que veía por los grupos y en dar esperanzas a los que me escribían. No podemos perder la esperanza. No podemos dejar que nos ganen en ese terreno.

Mi esposo hace llamadas; graba las columnas de humo; se asoma a la ventana. Yo continúo en el baño, aterrada. Pienso que pueden tumbar todo. Pienso en Gaza. Pienso que puede durar mucho tiempo. Pienso que podemos llegar a ver a los marines cara a cara. Me ocupo en respirar. Trato de invocar todo lo aprendido sobre meditación. Intento meditar, pero me es imposible.

No sé cuánto tiempo pasó, pero mi esposo se asoma al baño y me dice: "Ya dejaron el bombardeo; debes tratar de dormir". No siento que sea seguro dormir en mi cama. Extendemos una manta en el piso del pasillo y ahí me acuesto. Recuerdo las palabras que me dijo un día el poeta Antonio Trujillo: "Cuando no puedas dormir, cierra los ojos y quédate muy quieta. Piensa: 'No puedo dormir, pero puedo descansar'". Eso hice y dormí aproximadamente unas tres horas. A la mañana siguiente, despierto sobresaltada: "¿Qué ha pasado?".

Esa noche soñé que disparaban a los edificios. Testimonios posteriores que han ido saliendo afirman que esa pesadilla fue cierta en algunas zonas de la capital. En la noche ya sabíamos que los bombardeos habían sido en varios puntos: Caracas —Fuerte Tiuna y Base Aérea de La Carlota—, Miranda —El Cerrito y el Centro de Investigaciones Científicas, IVIC—, La Guaira —Catia La Mar y Maiquetía— y Aragua —Base Aérea El Libertador, Base Aérea Mariscal Sucre-Maracay y Fuerte Los Caribes—. Veo las imágenes. Una lluvia de fuego explosivo lanzaron los gringos anoche sobre mi ciudad, Caracas.

Mi esposo y yo pensamos en un libro de poetas palestinos y palestinas que leímos. Una de ellas, Hiba Abu Nada, dice: "Fue el instante, que ya conocemos en Gaza, en el que todo cambia". Ahora nosotros en Venezuela conocemos también ese instante. El contraste es demasiado fuerte. En diciembre nos casamos, viajamos, fuimos de luna de miel, celebramos la Navidad con la familia e hicimos planes para este año. Ahora, de esa felicidad pasamos a esta tragedia.

Fuimos por agua a las 10:20 a. m. La cola era larguísima en el único establecimiento abierto cercano. Hicimos hora y media de cola. En las caras de los otros veía el mismo temor, el mismo desconcierto que supongo hay en la mía. Reina un gran silencio; la ciudad está vacía. Una persona detrás de mí no deja de poner audios de María Corina. Me genera ansiedad y rabia. No puedo decirle nada; vivo en una zona del este de Caracas y aquí es un peligro que sepan que eres chavista. Luego de las guarimbas, me quedó muy claro que hay lugares donde no se puede decir nada.

Caracas, Venezuela, 3 de enero de 2026.

Estoy abrumada. Lo estoy aún hoy, pasados siete días, mientras retrabajo en estas líneas que empecé a escribir en mi diario a las 5:40 a. m. del día 3 de enero. Aún me sobresaltan los ruidos fuertes. Aún siento a cada momento ruido de aviones que no están. He leído sobre el trauma. Sé que es normal que suceda. Espero que pase pronto.

Parte de esta crónica la escribí en tiempo real el día de la agresión imperialista en mi país. Sabía que solo la escritura podía ayudarme a transitar estas horas aciagas que vivíamos. Sabía que la escritura es la contra, es exorcismo, y es también denuncia, grito y llamado de auxilio. Les pido que no nos dejen solos. Hablen de nosotros, hablen de lo que pasó, denuncien.

En estos días sucesivos, el pueblo venezolano ha estado movilizado en la calle. Hoy 9 de enero, pasados siete días de la agresión, Caracas está en una relativa calma; estamos retomando nuestras actividades cotidianas; estamos movilizados en las calles. Nos mantenemos activos en la denuncia y en la exigencia de que liberen a nuestro presidente, Nicolás Maduro Moros, y a la primera combatiente, Cilia Flores. Todo esto lo han dicho los mismos gringos: es por nuestro petróleo, por el agua y los demás recursos minerales. Lo que pase en Venezuela decidirá el destino de la humanidad: la barbarie o la esperanza. Lo que se vive hoy en Venezuela es una gran incertidumbre y a la vez una gran indignación: somos los hijos de los libertadores y jamás hemos salido de nuestras fronteras a otra cosa que no sea liberar naciones. ¿Cómo es que los insolentes del norte se atreven a violar así nuestros cielos y bombardear nuestro territorio?

Hoy Venezuela se mantiene entre esa incertidumbre por lo que suceda y en la calma y cordura a la que siempre nos han llamado nuestros líderes. En nosotros, nuestra sangre caribe hierve. Miramos el futuro a la cara, sabiendo que este será un año difícil, pero en su desenlace nos jugamos la vida. Esta es la hora de la unidad latinoamericana: "Los árboles se han de poner en fila para que no pase el gigante de siete leguas", como dijo José Martí. Solo los árboles que somos en el sur, unidos, podemos cerrarle el paso al enemigo.

 

Mariajosé Escobar Gámez

Comunidad de Autoras Tejer con la palabra

@tejer_lapalabra / @marijo_escobarg

 

Mariajosé Escobar Gámez (Caracas).

Escritora, poeta, ensayista, narradora y crítica literaria. Licenciada en Letras y magíster en Literatura Comparada, ambas en la UCV. Diplomada en Edición y Promoción del Libro y la Lectura (Unearte y Fundación Editorial El perro y la rana). Ha publicado: Poemas de insomnio y lluvia (Fundación Editorial El perro y la rana, 2011); Versos diversos (Fundación Editorial El perro y la rana, Comp., 2011); La casa en el espejo (Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, 2015); Verbeldía, locura del verbo (Fundación Editorial El perro y la rana, 2019); Liquen (Fundarte, 2022) y Desde el vagón (Fundarte, 2024). Ha sido merecedora de las menciones honoríficas del Premio Municipal de Poesía Luis Britto García (2016) y del Premio Nacional de Poesía Fernando Paz Castillo, otorgado por el Centro de Estudios Latinoamericanos y Caribeños Rómulo Gallegos (2022). También con el Concurso Metro Relatos (2014). Algunos de sus poemas han sido traducidos al inglés, italiano y griego. Actualmente, es facilitadora de la Escuela Nacional de Poesía Juan Calzadilla y desarrolla diversas actividades literarias y de promoción cultural en Pdvsa La Estancia.


Noticias Relacionadas