Las dos orillas | Un libro para quemar 48 veces
25/01/2026.- Confieso que el título original que tenía en mente para este artículo iba más “al choque”, aunque prefiero evitar las maldiciones. Tampoco me entusiasma la idea de quemar libros. Esa práctica evoca imágenes de barbarie: la Inquisición, el nazifascismo y, en última instancia, nos transporta a los oscuros escenarios de Fahrenheit 451, la distópica novela de Ray Bradbury. En sus páginas, los libros son condenados al fuego. La narración es esta: “Con un chorro de queroseno, los libros se empaparon. Montag se quedó mirando los lomos dorados y rojos, las letras negras, los títulos relucientes. En un instante, todo ardió con una explosión de fuego y luz. Las páginas se retorcieron, las palabras se desvanecieron en humo. Era como si los libros gritaran mientras morían”.
Si me preguntan cuáles son los libros más peligrosos en la actualidad, sin duda señalaré los de autoayuda y los de coaching. No sé cuál de los dos bodrios que producen best sellers es más nocivo y contribuye más a la hipertrofia del pensamiento colectivo, sustituyendo este por el egocentrismo, la falsa conciencia y la alienación. Tal es el caso del libro Las 48 leyes del poder, cuyo autor no voy a nombrar; es uno de esos gurús que han hecho fortuna vendiendo espejismos a una audiencia global. Pero lo que me inquieta profundamente es su influencia en los jóvenes, quienes, en su búsqueda de respuestas, terminan atrapados en un discurso que glorifica el utilitarismo extremo y desprecia la ética.
Un manual de insania relacional
Este libro no es solo una colección de consejos cuestionables; es un compendio de estrategias que legitiman la manipulación, el engaño y la traición como medios válidos para alcanzar el poder. Cada una de sus "leyes" está respaldada por ejemplos históricos que buscan justificar la idea de que la moralidad y la empatía son obstáculos en el camino hacia el éxito. Es, en esencia, un manual que instrumentaliza las relaciones humanas, despojándolas de cualquier rastro de humanidad.
En mis visitas a oficinas de compañeros jóvenes que ocupan cargos de dirección, he desarrollado una suerte de radar: dedico un momento a observar sus bibliotecas, buscando señales de este libro en sus colecciones. Con frecuencia, lo encuentro compartiendo espacio con textos como El libro azul, en una yuxtaposición que revela una contradicción de clase tan evidente como preocupante. Porque sí, los libros también tienen clase, y su contenido responde a los intereses de quienes los producen y los consumen.
Mentalidad de abundancia
Parece que todo libro de autoayuda o de coaching maneja el discurso de la abundancia como idea central para plantear que las diferencias de clase se derivan de la incapacidad de los individuos de ser productivos y acceder al paraíso de la abundancia del capitalismo. La realidad actual se encarga una y otra vez de desmontar tal falacia.
Lo que realmente pasa es que existe una distribución desigual de los recursos y del sistema que maneja esa distribución. No es que estés desempleado por una estrategia para maximizar ganancias, sino que estás desempleado porque no tienes las habilidades correctas. ¡Claro! Porque tu mentalidad es de escasez, no sabes negociar tu valor y no has encontrado tu propósito. Por eso eres pobre.
La mercantilización del yo
El coaching y la autoayuda transforman al sujeto en capital humano, que es la raíz de la idea de la optimización y de la productividad infinita. Pero también en la egocéntrica idea del marketing personal. Ya nos podemos ir explicando la presencia de esa fauna diversa de los influenciadores. Gente que se mercantiliza para obtener ganancia de un oficio al que poco le importa la verdad o los demás. Lo importante es “ser su propio empresario”, un emprendedor de sí mismo.
Falsa conciencia y alienación
Tanto la autoayuda como el coaching trabajan la ilusión de movilidad social. Esta narrativa encubre que la movilidad social es estadísticamente marginal en el capitalismo tardío. El origen real de la riqueza se evidencia en la acumulación del capital, no es por mentalidad. El sistema necesita de la sangre de la clase trabajadora explotada para funcionar.
Ante la ansiedad, la depresión o el síndrome de burnout (trabajador quemado o fundido por agotamiento), el coaching y la autoayuda dicen que se debe a la falta de resiliencia o a una gestión emocional deficiente; nunca atribuyen esas enfermedades, que solo dan a trabajadores, a unas relaciones de producción inhumanas.
El coaching como industria extractiva
El coaching es una industria parasitaria, normalmente ligada a individuos o empresas subcontratadas, que extrae ganancia de trabajadores precarizados que se ven obligados a gastar su salario e invertir en sí mismos. Los coaches suelen ser de eso que llaman clase media, que venden a trabajadores la ilusión de escapar de su clase, de donde ellos mismos no pueden escapar. Sin embargo, hemos visto cómo ingentes sumas de dinero se gastan en coaching en vez de destinarse a organización sindical o política.
La responsabilización neoliberal
Foucault dice que la autoayuda es una tecnología de la gubernamentalidad neoliberal, donde el sujeto deviene en gestor de su propia explotación, porque internaliza la lógica del mercado según la cual él es su propia empresa y, si fracasa, es porque no trabajó lo suficiente en sí mismo.
Lo anterior deriva en unas relaciones basadas en el utilitarismo, el egocentrismo y la mercantilización, eliminando toda posibilidad de solidaridad de clase, porque cada uno compite en su desarrollo personal. La autoayuda y el coaching son el opio del capitalismo tardío que operan adormeciendo la conciencia de clase, individualizan contradicciones sistémicas y convierten a los explotados en cómplices voluntarios de su propia explotación. Por eso hay una buena cantidad de libros que debemos quemar, al menos 48 veces.
Armando Carrieri
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