Letra invitada | Grandeza en el rostro de un héroe contemporáneo

19/01/2026.- El aire del Hospital Militar de Caracas aquel 12 de enero estaba impregnado de un silencio reverencial, un silencio que no estaba vacío, sino que palpitaba con la fuerza de la historia escrita. Nos encontrábamos allí el profesor Américo Mata García y quien suscribe, Gerónimo Sánchez García, dos educadores cuyas vidas han transcurrido entre aulas y textos, pero cuyas almas vibraron ese día con la intensidad de un campo de batalla moral. Íbamos a rendir tributo a un titán de nuestro tiempo, un joven en cuya mirada se reflejaba el fulgor de dos siglos de resistencia, condensada en un instante épico: el teniente Pedro José Sarmiento Flores.

Al cruzar el umbral de su sala, no vimos a un paciente postrado. Vimos la encarnación viva del juramento. Vimos al cadete que recordábamos con orgullo en los patios de nuestra Academia Militar del Ejército Bolivariano, siempre al frente, impecable en su deber, destacándose como primero entre los primeros. Primer distinguido, alférez mayor de su promoción de 2024, el más brillante de su generación. Ese joven disciplinado y promisorio se había transmutado, en la madrugada del 3 enero, en un héroe de la patria grande.

La emoción nos embargó. Allí yacía, sereno, con las marcas de la batalla impresas en su cuerpo como medallas de honor, con graves heridas en ambas piernas y un brazo, consecuencia directa de las ondas expansivas de un misil invasor, lanzado por las tropas del ejército norteamericano, pero con su espíritu intacto, más alto y firme que nunca. Al tomar su mano, sentimos que tocábamos la fibra misma de su lealtad. Recordamos cada palabra de su juramento como cadete, aquellas promesas de defender la patria hasta con su vida, y comprendimos que no eran fórmulas, sino profecías que él había cumplido con su templanza de otro siglo.

Mi teniente —le dijimos con la voz cargada de un orgullo que trasciende lo pedagógico para volverse paternal y patriótico—, usted, en esas horas de tinieblas y combate, cuando las tropas norteamericanas violaron nuestra soberanía para secuestrar a nuestro presidente constitucional, el comandante en jefe Nicolás Maduro Moros, y a la primera dama, Cilia Flores, no solo comandó con carácter, sino con arrojo ejemplar. Usted, herido, sangrando, con el dolor mordiendo su carne, tomó decisiones cruciales. Sostenido por una convicción indoblegable, esa que nosotros vimos germinar en las aulas, se alzó como muro frente a la invasión, usted y sus valientes hermanos de armas venezolanos y cubanos, los que cayeron y los que sobrevivieron con su sangre, son una página que resonará por siempre, la de la dignidad invicta.

Su mirada clara y profunda confirmaba cada palabra. En ella no había rostro de resentimiento, sino de la paz solemne por el deber cumplido. Este joven, oriundo del Municipio Pedro Gual, de la humilde y noble comunidad de Palo Blanco, en Barlovento, había combatido, había llevado el nombre de su tierra a lo más alto del panteón de los héroes. No solo había combatido; había encarnado, en el fragor del combate moderno, el legado inmortal de nuestros próceres.

Usted, teniente Pedro José Sarmiento Flores, y todos los heridos de guerra de nuestra Fuerza Armada Nacional Bolivariana, estuvieron a la altura sobrehumana de Guaicaipuro, Tiuna, Andresote, Giomar, Urquiza, Antonio José de Sucre en Pichincha, de la furia indomable de José Félix Ribas en la batalla de la Victoria, del arrojo temerario de Ambrosio Plaza en Carabobo y de la lealtad inquebrantable del negro primo, Pedro Camejo, y de Josefa Camejo. Ustedes son la continuidad. No son un eco del pasado; son el rugido presente de una patria que jamás se dejará someter.

Salir de aquella habitación fue como salir de un santuario laico donde se custodiaba el fuego sagrado de la soberanía. Una profunda satisfacción, una sensación de grandeza histórica, nos inundaba. Habíamos sido testigos de que la semilla del patriotismo que se siembra en las academias puede, en el momento definitivo, florecer como un acto de heroísmo que detiene a un imperio. El teniente Pedro José Sarmiento Flores, nuestro alumno, es ahora un héroe de guerra después de doscientos años. En su valentía, junto al sacrificio de todas y todos los que combatieron el 3 de enero, reside la certeza inquebrantable de que la libertad de nuestra patria y el regreso de nuestros líderes secuestrados no son una esperanza, sino un destino que se forja en el corazón de estos nuevos gigantes. Honor y gloria a nuestros héroes y heroínas.

 

Gerónimo Sánchez García


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