Templanza económica | Las venas energéticas de Estados Unidos

15/01/2026.- Se están secando las venas energéticas del mayor consumidor de petróleo. Estados Unidos solo cuenta en su territorio con el 3% de las reservas probadas en el mundo. La dependencia al límite y el bajo nivel de reservas desenmascaran la geopolítica de la violencia. Para Trump, las reservas de la Faja Hugo Chávez Frías son una pieza más en su pugna geoeconómica global, asumiendo, quizás ingenuamente, que podría revertir la tendencia a la desdolarización a la vez que asegura el suministro de crudo que requiere ese país para su funcionamiento.

El apremiante cuadro, sumado a una voracidad por el lucro inmediato, empujó a Donald Trump a una acción sin precedentes: bombardear Caracas para tomar como prisioneros de guerra a la pareja presidencial del país con las mayores reservas de crudo del planeta. Tras la acción militar neocolonial, con los rehenes como elemento extorsivo, Trump convocó a las grandes petroleras. Su oferta es clara: asignarles contratos para controlar los ingresos del petróleo venezolano. Sin embargo, el entusiasmo corporativo, especialmente el de ExxonMobil, la mayor de todas, no fue el esperado. Para entender esta fría recepción y las "ansias de venganza" que trasluce su CEO, Darren Woods, debemos remontarnos a 2006. En el libro El imperio privado de ExxonMobil y el poder norteamericano, escrito por Steve Coll, se documenta la génesis de este pulso histórico.

El sistema petrolero venezolano fue históricamente diseñado para alimentar las venas energéticas de su vecino del norte. Pese a los esfuerzos del comandante Chávez por redirigir la industria hacia el emergente mercado asiático, con una demanda creciente de energía, donde se procesa más del 60% de las manufacturas mundiales, los altos costos y las dificultades logísticas limitaron este giro. Los atroces hechos del 3 de enero confirman que, por mucho tiempo más, probablemente el sistema retomará su cauce hacia los mercados occidentales.

La negociación bajo coacción de Trump, tras la invasión que dejó destrucción en la infraestructura civil, científica y médica, más un centenar de muertos, es un episodio inédito en su crudeza, pero se inscribe en una secuencia histórica de entreguismo y confrontación. Hitos como la nacionalización de 1976 y la renacionalización de 2006 son el telón de fondo del expolio que hoy el hegemón pretende mediante el secuestro. En este complejo tablero, Donald Trump opera con la lógica de la desesperación, a su vez rehén del alto rechazo interno a sus políticas. El núcleo real del poder al que apela está en Chevron y ExxonMobil. Parafraseando a Fidel Castro, estas dos empresas son "las suelas de un mismo par de zapatos", fabricadas con el cuero de la antigua Standard Oil.

La verdadera estrategia energética global la delinean estas corporaciones. Steve Coll documenta cómo el entonces CEO Rex Tillerson apoyó inicialmente a Chávez, subestimándolo. La relación se quebró con el confrontativo anuncio de la renacionalización. Fue entonces cuando Tillerson llamó al presidente George W. Bush para notificarle que pondrían a Chávez ante un ultimátum: respetar íntegramente el entreguista contrato de 1996 o ExxonMobil se retiraría, demandaría al país y "acabarían con él".

El contraste con la nacionalización de 1976 fue revelador. Entonces, las empresas recibieron compensaciones y se mantuvieron en Venezuela bajo la figura de ventajosos contratos de servicio. La salida de 2006 fue distinta. Para ExxonMobil, no se trataba solo de dinero, sino de sentar un precedente global. Su filosofía, como describe Coll, había "evolucionado más allá de la estrategia empresarial hasta convertirse en una filosofía de gobernanza global". El objetivo era el principio: demostrar que ningún país podría alterar un contrato sin sufrir consecuencias devastadoras. Esto explica la sed de venganza metódica y legal que siguió, incluso puede explicar parcialmente la conducta de Trump.

El plan se ejecutó con precisión. Tras ejercer injerencia en el diferendo fronterizo Venezuela-Guyana, país donde su presidente Arfán Alí también firmó contratos entreguistas con solo un 3% de regalías, llevando el caso al Ciadi, un foro que algunos ven como un "matadero", creado a instancias de los intereses de la propia ExxonMobil, la corporación enfiló sus baterías contra la patria de Bolívar.

La emboscada de la cascada de efectivo

El episodio más ilustrativo de esta venganza está en el capítulo XIX de Coll. El sistema "cascada de efectivo", diseñado en el Bank of New York, era un circuito financiero automático donde el dinero de las ventas del crudo de Cerro Negro fluía para pagar costos, luego a los tenedores de bonos, y solo al final a ExxonMobil y Pdvsa. Tras la renacionalización, ambas partes acordaron cooperar para reestructurar los bonos y liberar los fondos congelados: 242 millones para la corporación y 300 millones para Venezuela.

Sin embargo, ExxonMobil urdió en secreto una estratagema. Mientras sus abogados en Nueva York participaban en la ejecución del acuerdo para el pago anticipado del bono con el cual se financió la refinería hoy llamada Petrocedeño, otros en Washington preparaban una demanda para embargar los 300 millones venezolanos. Obtuvieron una orden judicial bajo secreto y la ejecutaron en el preciso instante en que, el 28 de diciembre de 2007 (Día de los Inocentes), se cerraba el rescate del bono por un monto de 1.200 millones de US$. El abogado de Venezuela, Joseph Pizzurro, denunció ante el tribunal que había sido "una estratagema deslealmente calculada" y que ExxonMobil había actuado "con las manos sucias", asegurándose primero de recuperar sus 242 millones. La jueza federal Deborah Batts confirmó el embargo. Para los abogados de ExxonMobil, relata Coll, fue "como batear un jonrón en la parte baja de la novena entrada ante un estadio Yankee lleno".

Lo que el actual CEO, Darren Woods, ha dicho entre líneas es que Trump no ha hecho el "trabajo completo". ExxonMobil no quiere simplemente regresar; exige hacerlo bajo los términos del antiguo contrato de explotación de Cerro Negro (hoy Petrocedeño), firmado con un 1% de regalías y un precio fijo de 7 US$ por barril. El mismo día de la emboscada financiera, la empresa nos llevó ante el Ciadi por una demanda de 11.700 millones de dólares, y juró que tumbaría la Revolución.

Todo este intríngulis está documentado por Coll. Cabe recordar que el presidente de ExxonMobil entonces era Rex Tillerson, luego secretario de Estado de Trump. Esta corporación no solo moldea la política energética; también financia la doméstica: en 2008, su comité de acción política destinó el 89% de sus contribuciones a candidatos republicanos (Chevron, la otra suela del zapato, destina proporciones similares a los demócratas).

El libro recoge una declaración crucial de Tillerson: "el petróleo fácil se acabó". Para él, las "joyas de la Corona" eran los proyectos en la Faja del Orinoco, específicamente la refinería de Cerro Negro. Así, en mayúsculas: REFINERÍA. Argumentaba que era injusto llamar "mejorador" a un complejo que no tiene nada que envidiar a los mejores centros de refinación de Estados Unidos.

Si se escucha a Darren Woods, su plan queda claro: entran a un país con estrategias de largo plazo (20 años). Elogia que en Venezuela solo hay que extraer, refinar y transportar. Pero la condición es clara: "deben reformar las leyes". Es decir, no regresarían como minoría accionaria. Por eso Trump ordenó que no negociaran con nadie más.

Es evidente que la temeridad de Trump no tiene precedentes, ni siquiera frente a la grosera intervención de la Bermúdez Company a inicios del siglo XX. Entonces, al menos pagaban regalías. Hoy, el hegemón pretende imponer la extracción del crudo sin pagarlo.

Marcial Arenas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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