Aquí les cuento | El Cámara Jesús Gómez
Por Aquiles Silva
Nicolás y Cilia
siguen secuestrados.
No lo olvides.
-¡Mire que yo soy el mismo que le limpio ese patio en una mañana! ¡Usted no ha visto nada Cámara!
Cada mañana salía de la casa, impecablemente vestido, afeitado; con la camisa blanca, el pantalón negro y la fina correa de cordobán, con discreta hebilla de metal. Sus alpargatas, segundas, con la suela de cuero; a imprimir sus pasos por las calles. A ofrecer la mañanera sonrisa a las vecinas que compraban los bollos para el desayuno.
.¡Señor Gómez! Tráigame los bollitos ¡
-¡Claro! – respondía- y se acercaba a la puerta de la reja, donde Eliza sacaba los vapores del maíz y ponía en manos de Jesús, sus humildes monedas.
después de vender los sesenta bollos de maíz, los cuales llevaba en el reluciente canarin de aluminio, comprado hace diez años en la bodega de Francisco Ramos; a eso de las once de la mañana, pasaba frente a la casa con el inconfundible grito de saludo:
- ¡Cámara!
- ¡Mire Cámara, este canarin me costó solamente cuatro bolívares con un real, en la bodega de Ramos!
Claro que Francisco Ramos era también, un conuquero conocido que empezó a hacer su negocito, vendiendo botellas de kerosene a real , y que después incluyo a la mesita que servía de mostrador un rollo de tabaco, cuero curtido, para la realización de las suelas de alpargatas, que las hiciera extraordinariamente Manuel Brito, quien conservaba en su casa, en una carpeta marrón un reportaje, desde los años sesenta, cuando aparecieron unos musius por El Valle y le hicieron una entrevista y la publicaron en una revista por allá en Holanda.
Por cierto, que Manuel Brito fue el responsable de que el muchachito dejara de andar descalzo a los siete años. Ya que a la escuela Carvajal no se podía asistir con la pata pelà.
-¡Ese es mi tío Jesús! -Dijo Carmen Gómez- la vecina, madre de Cuero de Gallina. Ese muchacho blanco que creció en el barrio y que hacia unos diez años se marchó a Colombia. Por cierto, hablando de ese país, dijo la vecina, en una conversación, a la orilla del rio, después del soberano aguacero que cayera el miércoles.
-¡Parece que el nuevo presidente de Colombia va a expulsar a todos los venezolanos!.
Todo puede esperarse de ese personaje, ya que es un siervo del gobierno de los criminales Trump y Satanyahu. Pero bueno de eso seguro seguiremos hablando en cualquier otra crecida del rio. O de la quebrada que se desbordó y se metió para el patio y la casa del vecino Oscar, el hijo de Lilia, quienes, todas las tardes, se sientan en la calle ahí en ese terreno, frente a la entrada de la casa del poeta que escribe cosas.
El rio creció grande, con mucha fuerza. Y por la tele vimos que en Caracas se había desbordado El Guaire. Y que se había llevado un carro con tres personas: una pareja y su niña. De los cuales solamente se salvó la niña y los padres aun los andan buscando. Es que la naturaleza tiene mucha más fuerza que la que la humanidad puede predecir, menos controlar.
Cuando Jesús Gómez pasaba frente a la casa, con rumbo al conuco, uno no lograba distinguir si era a trabajar o a encontrarse con alguna de las encantadas que habitan en el monte, porque ese señor andaba bien vestido. Pulido pues. Y uno tiene la costumbre de ir a trabajar al conuco, con la ropita más pobrecita. Pero él no. Ese señor iba al conuco de punto en blanco, como dicen las viejitas del pueblo. Y seis horas más tarde, regresaba, con su machete, en la mano derecha, y su morral colgado al hombro, del mismo lado, pero impecable. Nada le ensuciaba la ropa.
Mucha gente en el pueblo tiene viejas consejas, como el caso del Primo Juan Turipe, a quien le debo mi afición por los cuentos; quien decía que hay hombres que han hecho pacto con el diablo y que por eso logran hacer cosas extraordinarias, que los demás no pueden, aquello de resbalarse en lo seco y pararse en lo mojado como dice el refrán.
El Cámara Gómez, un día me invitó al conuco, para que lo viera.
Pocos son los hombres que manejan el machete con ambas manos. El Cámara Gómez empezaba con la mano derecha, cuando se cansaba de un lado, cambiaba el machete a la otra mano.
Y al llegar ya había pasado la cosecha del maíz. Las plantas cosechadas estaban dobladas y abrazadas por los bejucos de las caraotas guaracaras que ya estaban pintonas, listas para comerlas con mapuey. Saben ustedes que, cuando se hierven las guaracaras pintonas, hay que cambiarles el agua, aunque sea una vez, porque amargan. Pero si ustedes no han comido ni una vez, no saben lo que es bueno.
Aquel conuco parecía un jardín. Tenía unas dos hectáreas y uno, realmente, no se explicaba cómo un solo hombre mantenía ese conuco; tan bonito, tan bien atendido.
- ¿El diablo?
-¡Que va! ¡Si el viejo amigo Jesús Gómez hasta evangélico era!
Cual fue la sorpresa que el Cámara Gómez, pasó un día, tan impecablemente vestido a su conuco y no regresó a la hora acostumbrada. Sus hijas y unos vecinos ,lo encontraron sin vida bajo un palosano, que quedaba al lado de la quebrada que bordeaba con su cristalino canto el conuco.
En su rostro estaba la expresión placida y sonriente, con que saludaba al pasar hacia su diaria faena.
-¡Cámara vamos pal conuco, hombre!
Aquiles Silva. 26 de agosto 2026
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