Letra fría | Semblanza de grupo de la República del Este en tesis
Por Humberto Márquez
De las tesis de grado consultadas destaca La patria bohemia que nació derrotada Semblanza de grupo de la República del Este, presentada como tesis de grado en la escuela de Comunicación Social de Universidad Catolica en el trabajo de Investigación presentado por Lissy de ABREU GALLEGO y Aline DOS REIS ALBUJA cuyo tutor fue el periodista Sebastián DE LA NUEZ
Son 7 capítulos densos de una excelente redacción que conforman la estructura de esta semblanza, empezando por la ultima entrevista que le hicieron a Adriano González León, precisamente cobre la Republica, cuyo autor fue el periodista Gustaco Oliveros, y a partir de allí en el propio estilo velorio, como pretende este libro, que hemos venido esbozando en las últimas entregas, solo que este es el velorio real de Adriano en la funeraria Valles.
Así en este primer capítulo titulado La agonía que no cesa. La muerte es el trasfondo del capítulo. El fallecimiento del escritor es el hilo conductor a lo largo del relato. La reconstrucción de este episodio permite introducir a la agrupación y presenta la figura del empresario Elías Vallés, así como a los distintos personajes que serán retratados en los capítulos siguientes.
El domingo 13 de enero de 2008, “La partida de Adriano”, como titula El Nacional, ya es conocida en el mundo académico y literario. Por Internet empiezan a circular las primeras notas de despedida, anecdóticas y hasta reflexivas sobre la vida y obra del trujillano. La capilla principal de la Funeraria Vallés está dispuesta para recibir a deudos, amigos y curiosos. Gente que desde hacía años no se veía vuelve a encontrarse. No sólo antiguos republicanos se saludan a lo largo de la alfombra que conduce a donde reposa el escritor. Familiares y amigos; políticos y poetas; perseguidos y perseguidores; admiradores y curiosos acuden a rendir respetos a González León. El pasillo bulle de gente. Decenas de personas van y vienen. Así, disgregados, son un grupo tan variopinto como en su época fue la República del Este. Quizás alguno de ellos recordó una de las frases predilectas del autor de País portátil: “Barra que bebe unida, permanece unida”, leit motiv frecuente de las tertulias y de las conversaciones esporádicas. O la del poeta iraní Omar Khayyam que también refería muy a menudo: “Voy por el camino con mi sombra y mi botella. Afortunadamente mi sombra no bebe”. Un punto de control obligado para los habitués del este, fuera para despedir o ser despedido, era la casa mortuoria de Los Jabillos. Su dueño, Elías Vallés, ofrecía un servicio deferente cuando un republicano abandonaba este mundo. No era un intelectual, pero era apreciado por sus compañeros. Había ocupado cargos importantes en la República, fue presidente y encargado de los “asuntos trascendentes y del más allá”. También fue uno de sus más generosos contribuyentes: “El gran pitcher” o mecenas del grupo. Aunque hoy no se cuente entre los sobrevivientes, los contratos convenidos en otro tiempo, aún tienen vigencia. Ese domingo no es la excepción. En el pasillo se respira solidaridad ante el viejo maestro que se ha ido, pero no puede decirse que fuera lastimoso, a fin de cuentas, Adriano hizo lo que quería: despacharse la vida a tragos y llenarse de vivencias que no necesariamente se convertirían en letra. “Me llena de enfado la fragilidad de los instantes, el que uno no pueda hacer perdurable determinado hecho de su vida. Y no es que me queje del pase del tiempo, del cual todo el mundo se ha quejado (…), pero busco la solución”. Veinte años habían pasado de la publicación de País portátil cuando la periodista Miriam Freilich reseñó en El Nacional esta aseveración del escritor. Veinte años después de esa entrevista nadie podría saber si encontró la solución.
Ahora entiendo el vínculo de mi amigo Gustavo en esta historia, pero ya había recogido esta nota que va incluida en el libro y es precisamente de este capítulo de la tesis: “De los miembros más emblemáticos González León era uno de los sobrevivientes. Había participado en los grupos vanguardistas Sardio y El Techo de la Ballena, asociaciones que, junto a Tabla Redonda, representaron la irreverencia de los años sesenta en Caracas. Vanguardia que al desplomarse dio paso a que surgiera la República del Este, sociedad en la que militó hasta el final de sus días, y de la cual fue referencia obligada. De esa cofradía algunos miembros quedan por ahí, en otras barras o alejados de ellas. Unos, con orgullo, reconociéndose como “republicanos”; otros negando cualquier afiliación cercana. Unos olvidaron las ideas revolucionarias; otros las reafirmaron con el socialismo del siglo veintiuno y de la “Cuarta”, en la quedó varada el “área mágica” de la República del Este, no quieren saber nada”. “Había de todo en aquella peña formada por los ex miembros de El Techo de la Ballena, el grupo Sardio y Tabla Redonda. No era un grupo con una unidad temática, política, ni filosófica. Alguien preguntó por los requisitos para ingresar y la respuesta fue sencilla: participación, hermandad y compañerismo”, recordaba a Oliveros.
Hay dos descripciones de lo que fue la república, una de la poeta periodista Miyó Vestrini señalaba al colega José Tomás Guerra en 1976: “La República es apenas un conjunto de amigos desolados, que no saben qué hacer con sus vidas a las 5:00 pm, y que se encaminan entonces, como quien va a una isla agradable, al café o al bar de Sabana Grande”.
Y el otro es el escritor Orlando Araujo, quien también ejerciera de presidente, dio una respuesta en su libro Crónicas de caña y muerte: “Y sucedió que un día fundamos una república (…) porque en el oeste, una república que no fundamos, nos rechaza y nosotros a ella. Se ha dicho, entre gentes de farsa y testimonio, que derrotada la guerrilla y dividida la izquierda, llegaba el tiempo de la nostalgia, de la bohemia y de la melancolía, y ciertamente con nosotros hay audaces cronistas de la tristeza, del amor, del vino y de la muerte, que escriben y cantan con dolor de ausencia. Pero aquella república no fue ni es un club de la evasión, sino un amoroso surtidor equilibrando los cristales de la agonía que no cesa…”.
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