Caracas 28, de Mayo de 2026
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BORRADOR Copa del Mundo 2026: la geopolítica del balón

El fútbol es un reflejo de la historia y opera bajo el mecanismo de la hegemonía cultural

El fútbol moderno está sacudido por la política mundial.

24/05/26.-  La prueba más rotunda de que el fútbol es geopolítica es la Copa del Mundo que está por comenzar: está centralizada en el corazón del principal poder político, militar y financiero global, frente a la realidad de un mundo que está sometido y agredido por el mismo hegemón.

Para entender el torneo que se viene, primero hay que aprender a leer el entretenimiento entre líneas. Nos aproximaremos a la dimensión política del fútbol dentro del sistema capitalista, los aspectos alienantes de este deporte y la contaminación ideológica que se desprende de una actividad que se ha transformado, en la sociedad contemporánea, en la institución social de la competencia física, que refleja estrictamente la competencia económica e industrial, y cuya fuerza de trabajo es el futbolista, que a través de la “colonización” de su cuerpo, es convertido en la mercancía rentable de la industria del entretenimiento.

Este fenómeno al que llamamos fútbol que ha desarrollado un poder social, político e ideológico, funciona con la lógica, la orientación y la dinámica de cualquier otra trasnacional que controla nuestra sociedad globalizada. El fin fundamental es producir un espectáculo destinado a un consumidor-espectador que es infiltrado, contaminado, absorbido y alienado por mensajes que han invadido la cotidianidad de su vida al “deportivizar” su conciencia a través de la fascinación de un espectáculo permanente.

A pesar de profesar su apoliticismo, el fútbol es una institución totalmente política que además está sacudido por la política de la diplomacia internacional. En cuestión de décadas dejó de ser un mero entretenimiento para convertirse en un negocio redondo.

En la víspera de la Copa del Mundo que se jugará dentro de pocos días en Estados Unidos (EEUU), Canadá y México, con nuevas reglas de juego, nuevos sponsors, nuevos espectáculos y miles de millones de dólares danzando sobre el césped (todo muy bien orquestado) nos damos cuenta que la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA) se ha convertido en un poder supranacional. Te vende que la cancha es una burbuja neutral para que consumas el fútbol como un simple juego y no como el reflejo de la historia. Pero el mecanismo opera a través de un concepto clave: la hegemonía cultural de Antonio Gramsci.

Política y deporte

En el fútbol moderno, el jugador se convierte en una mercancía.

Podemos recordar distintos episodios que a lo largo de la historia nos han mostrado la vinculación de esa dupla política-deporte. Uno de ellos tiene que ver con el escándalo de corrupción de la FIFA que explotó en mayo de 2015, después que el Departamento de Justicia de Estados Unidos acusó a 25 dirigentes del organismo de lavado de dinero y fraude masivo, bajo el argumento de que estos delitos se planificaron en suelo estadounidense y a través de bancos de ese país.

Asimismo, recordemos las innumerables veces que el irreverente Diego Armando Maradona acusó a la FIFA y a sus dirigentes como un clan de bandidos,  y se le tildó de loco y se le castigó desde varios centros de poder, entre ellos los medios de comunicación controlados por las mismas trasnacionales.

El deporte y la política sí están estrechamente vinculados. Cuando Rusia comenzó a estorbar los planes hegemónicos imperiales, tras decidirse a asumir un papel de potencia garante de paz y estabilidad después de quedar pasiva ante la desatada furia occidental contra Libia, de inmediato se desató una campaña mediática para satanizar a ese país. Y nuevamente el deporte y los atletas fueron usados para la operación desplegada por el poder trasnacional de la comunicación, ante la inminente llegada de los Juegos Olímpicos de Río 2016, esta vez en una operación contra el deporte ruso.

Los expertos en “operaciones encubiertas” y/o “falsos positivos” pusieron a toda la maquinaria a funcionar para posicionar en la opinión pública mundial que todos los atletas rusos usan artimañas, trampas y dopaje para obtener los resultados positivos en las competencias, como si no se supiera que en todos los países hay deportistas que usan sustancias ilegales (y muchos bajo el auspicio del mismo COI) para aumentar sus rendimientos, establecer récords y ganar medallas.

El fútbol como empresa trasnacional

En la globalización, el deporte opera como una empresa trasnacional.

El deporte debería ser un fenómeno natural y eterno, intrínseco a la naturaleza humana, inofensivo, neutral, apolítico, transparente, igualitario y fraterno. Además, no debería ser sometido a ningún tipo de cuestionamiento más allá de sus aspectos técnicos, tácticos, biomecánicos, kinestésicos o médicos. La realidad nos demuestra que esta caracterización está lejos de lo que es el deporte moderno, que tiene diversas implicaciones en la vida del hombre contemporáneo y necesita ser abordado desde otras perspectivas.

En la globalización,  el fútbol se ha convertido en una Empresa Trasnacional Atípica de Espectáculo y Entretenimiento en la que se distinguen dos etapas que marcan su génesis y su consolidación. Una de éstas se aprecia desde la creación de Inter-Fútbol, auspiciada por Adidas, como primera empresa de marketing deportivo; la entrada de Coca Cola como patrocinante de los Juegos Olímpicos (JJOO); y de la televisión como medio financista de los JJOO y del Mundial de Fútbol.

Empresas Trasnacionales de Bienes y Servicios Patrocinantes, Empresas Trasnacionales de Medios de Comunicación, deportistas-competidores, y público-fanático-consumidor, conforman el tejido de ese aparato que se ha encargado de deformar el deporte moderno en un espectáculo crecientemente rentable, estructurado bajo las leyes de la oferta y la demanda, y seguirá siendo así mientras siga produciendo multimillonarias ganancias.

En él impera la lógica del mercado de la economía capitalista, y es imposible desvincularlo de la política por los intereses que se mueven dentro de ese gran aparato que se ha convertido en el negocio más lucrativo del planeta, que genera ganancias a activos y a pasivos (protagonistas-deportistas, a dirigentes-funcionarios, a espectadores-apostadores, y a periodistas-locutores).

En la sociedad actual, el deporte se ha convertido en un reflejo de la dinámica social y un eslabón importante de esa dinámica, y por ende está impregnado del contexto consumista en el que se desarrolla. Por eso lo tratamos como una nueva forma de alienación de la industria cultural.

En su dimensión global, es una fuente inagotable en el proceso de producción-mercancía-consumo. En ese mecanismo el espectador es una pieza importante porque es quien sostiene el sistema. Los medios negocian al espectador y lo usan en una sociedad espectacularista, donde el espectáculo no es más que la otra cara del dinero.

Deporte, espectáculo y negocio se funden en una máquina de hacer dólares, donde se mueven tantos intereses económicos que lo menos importante es el deporte en sí. En el fútbol de las estrellas, por ejemplo, el dinero ha hecho del antiguo juego un negocio tan redondo como opaco, en el que la belleza ha sido sustituida por la efectividad. Las finanzas de la FIFA mueven más millones que la poderosa General Motors, según afirmó alguna vez el argentino Jorge Valdano.

El jugador no es apolítico

El jugador opera en función a una narrativa.

El mito del futbolista apolítico es la mentira más grande de la industria del entretenimiento. El poder hegemónico no solo domina por la fuerza; sino domina logrando que la sociedad acepte sus reglas como único sentido común posible.

Cuando el gesto del jugador Lamine Yamal con la bandera palestina es denunciado oficialmente como incitación al odio, el dispositivo se activa. La pantalla inserta un pánico moral tan preciso que el propio público adopta el discurso del opresor trasladando la furia a las redes. Pero mientras arriba opera la cancelación, abajo la respuesta es comunitaria: sobre las paredes destruidas de Gaza la población civil responde pintando su rostro en las ruinas.

El reverso exacto de la moneda es la foto oficial (de Lionel Messi con Donald Trump). Cuando un ídolo se presta como decorado del estrado de la Casa Blanca, el vocabulario cambia, ahí no hay escándalo, no hay amenaza, y el hecho se etiqueta como protocolo o neutralidad institucional.

La hegemonía capitalista necesita deportistas deshistorizados, figuras vaciadas de memoria para transformarlas en marcas limpias del mercado. El silencio del atleta no es neutral, es el espacio cedido para que el poder financiero y político se legitime sin resistencia.

Este diseño de laboratorio choca con futbolistas como Lamine Yamal, Kylian Mbappé o Vinicius Jr, figuras atravesadas sistemáticamente por la violencia racista y el discurso xenófobo europeo. A quienes el mercado les exige excelencia técnica absoluta a cambio de asimilación, y les permite habitar el éxito bajo la condición de no recordar sus raíces.  

Pero para sus comunidades ellos representan la única rendija de visibilización en pantallas predominantemente blancas. Al mostrar su identidad real,  el pacto invisible del silencio se quiebra. El silencio no es neutralidad, es una decisión ideológica que convalida el relato de los de arriba.

Los futbolistas que marcan goles se transforman rápidamente en maquinarias de imprimir billeticos para las empresas de publicidad. ¿A qué precio? El gobierno mundial del deporte es aparentemente invisible, pero forma parte indispensable del entramado del sistema explotador-opresor; lo defiende, lo alimenta y lo reproduce a través de sus máquinas de trabajo: los atletas.

El fútbol es ese aparato burocratizado que se desarrolla y se organiza a imagen y semejanza de las relaciones de producción del sistema imperante, que responde a las leyes del mercado globalizado, que esclaviza a los atletas y fomenta el consumismo en el espectador, que se ha transformado en un instrumento de la política que opera a través de la FIFA.

“Cuando el Mundial comenzó, en la puerta de mi casa colgué un cartel que decía: Cerrado por fútbol. Cuando lo descolgué, un mes después, yo ya había jugado sesenta y cuatro partidos, cerveza en mano, sin moverme de mi sillón preferido. Esa proeza me dejó frito, los músculos dolidos, la garganta rota; pero ya estoy sintiendo nostalgia”, escribió Eduardo Galeano en Cerrado por fútbol (2017).

SABINA DI MURO/CIUDADCCS