Aquí les cuento | Campamento uno (y 3)
Por Aquiles Silva
El supremacismo impuesto
por las armas
no podrá contener
La avalancha de los pueblos
que sueñan
y luchan por la paz.
6
Ahora me toca a mí. Yo he estado escuchando y observando todo lo que han venido contando. Y sepan ustedes que estoy emocionado, y cuanto han expresado lo he recibido tan adentro, y comprendido todo hasta pareciera que, ustedes y yo; viviéramos en el mismo edificio o acudiéramos a la misma escuela.
Ah. Primero les diré mi nombre:
-Soy Julio Cesar Brito Silva y vivo en la Guaira.
¡Y miren lo que tengo aquí!
En esta bolsa traigo un cuadro, con la foto más hermosa que le hayan tomado a un miembro, de mi familia. La tengo cubierta, con una franela, para que no se le rompa el vidrio que la protege.
Mi abuela se llama Ligia.
Ella es una mujer extraordinaria.
Y estoy seguro que las abuelas de ustedes, también lo son.
Mi abuela es una mujer muy preparada. Fue maestra desde muy joven y toda su carrera la hizo, aquí en La Guaira, en la escuela República de Panamá; la misma donde estudió primaria.
También mi mamá estudió en la Panamá; y yo estoy ahorita estoy cursando el 5to grado. ¿A que no adivinan en qué escuela estudio? ¡Claaaaro! ¡Donde más!
La abuela se jubiló cuando tenía 55 años. Pero siguió enseñando en la casa, a los vecinos quienes le solicitaban que atendiera a sus hijos, para ayudarlos; en lo que llaman: tareas dirigidas.
Es que la abuela no se cansaba. Y así permaneció, todos estos años.
Siempre yo salía favorecido de sus conocimientos, porque la tenía en la casa. Y además de enseñarme la lectura, la matemática; y orientarme en todo lo necesario para que yo aprendiera a aprender; me contaba cuentos tan extraordinarios; que, a mí, sinceramente, ni a la tele le hacía caso.
¡Ah! No les dije al principio.
Mi abuela, cuando tenía unos setenta años, tuvo un accidente que le impidió volver a caminar. Entonces la tuvimos en su silla de ruedas.
A mí me gustaba pasearla, los fines de semana por el largo malecón de La Guaira. Y en la casa también. En las tardes, que aprovechábamos cuando mamá no estaba. Entonces los vecinos se asustaban, cuando la escuchaban riendo a carcajadas.
Y era que yo apartaba los muebles y las sillas del comedor y convertíamos la sala, el balcón y la cocina; en una pista de fórmula uno. Donde yo era el motor y la abuela piloto, o pilota, como se dice ahora. Ella no paraba de reír, y el juego terminaba cuando mamá aparecía o yo me sudaba de tanto correr.
Después la llevaba hasta el balcón, como cada tarde, y la acompañaba a contemplar la puesta del sol, desde el quinto piso de nuestro apartamento que daba al mar.
Cuando mamá regresaba:
-¡Chito! Nadie decía nada. Todo en orden...
¡Yo creo que mi abuelita Ligia: era candela cuando estaba pequeña!
En la casa somos seis, mis dos hermanos mayores, mi hermanita, mi abuela, mi madre y. Julito. ¡Ese soy yo! ¡El más pequeño de la casa!
-¡El mingón de mi abuela Ligia!
¡No te llevo nada papá!
Los grandes están casados y viven en otras ciudades.
-Pero bueno. Vine a contarles de mi abuela.
¡Era tan hermosa!...
En la sala de la casa permanecía su retrato. La abuela tendría veinte años y, vestida de novia. ¡Ya ustedes se imaginarán!
Cuando llegaba visita a la casa, de: familiares, tíos, primos o amigos; que sacaban sus teléfonos para hacerle fotos a la abuela; ella se negaba y les decía:
-¡Quien quiera una foto mía, para tenerla como un bonito recuerdo; vaya a la sala!
¡Ahí estoy yo!
Y no se dejaba hacer fotos.
Yo llegue a la conclusión de que: Mi abuela Ligia, nunca quiso pasar de los veinte años.
Ese retrato, en blanco y negro. Estaba colocado en la vitrina de la sala, a la altura de mi cabeza.
Cada día, cuando llegaba de la escuela, con lo primero que me encontraba era, esa carita bonita, y con los ojazos negros de mi abue...
A esa hora... Estaba en casa con la abuela, ya que mi madre había salido, a la panadería, con Lucero mi hermanita pequeña.
Mi abuela me estaba contando el episodio de cuando conoció al abuelo, quien era maquinista de un barco carbonero, venido de un puerto lejano.
De repente todo empezó a moverse.
-¡Abuela! -Grité- ¿Qué pasa?
-¡Corre Julito! ¡Corre!
-¡Abuelitaaa! -Grité de nuevo-
Ella respondió:
-¡Corre mi amor! ¡Yo siempre estaré Contigo!
¡No podía bajarla conmigo! Arranqué a correr.
Cuando, en tres pasos crucé por la sala hacia la puerta, el retrato de la abuela se desprendió de la vitrina y lo agarré en el aire y dando tumbos bajé las escaleras.
Al llegar a la calle, con el cabello lleno de polvo; los vecinos, me agarraron y corriendo, me alejaron hasta la playa donde había mucha gente; entre ellos: mi mamá, mi hermanita y mis compañeritos de la escuela.
Después nos trajeron aquí...
¡Por allá está mi mamá con mi hermanita Lucero!
-¡Y aquí está mi abuela Ligia!
-¡Mírenla!
¿Verdad que es bonita?
Fin.
Etiquetas
Compartir













