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Caracas, una hechicera inolvidable | La oscuridad no apaga la luz

Por José Antonio Ramírez 


30/10/2026.- Otra vez las lúgubres calles caraqueñas atormentan a sus transeúntes; el caminar a altas horas de la noche por ciertos sectores produce temor y desconcierto a trabajadoras que regresan de su jornada laboral. No es para menos, para quienes llegar a sus hogares significa enfrentarse con la falta de transporte urbano.

El Metro, gracias a Dios, es el último bastión de aquellas almas afanadas en entrar a la estación antes de las 11 de la noche. Después de eso, los taxis o motos, conocidas cadenas de la urbe, son la única opción. Gabriela conoce de cerca el temor que representa caminar desde su destino en Caricuao hasta su residencia en la UD-3, donde vive con su madre y abuela.

Con 25 años a cuestas y un hijo en camino, su meta es mudarse pronto al centro de Caracas, donde ejerce como vendedora en una cadena importante de comida rápida. Por ahora, es su única opción, pues tras graduarse como administradora de empresas, descubre con amargura que su campo de trabajo está saturado.

Nuevamente termina su turno a las 10:00 pm; tras persignarse, vuela a la estación del metro en Capitolio. Conoce de cerca los peligros de una hechicera cosmopolita, que no separa géneros al momento de enfrentarlos a la delincuencia común. En un pasado estaba desatada y ahora se repliega ante la presencia constante de la policía en las calles.

Aun así, desconfía, baja rápido al andén y respira aliviada al ver llegar el tren. A esa hora viene casi vacío. Ese no es el problema, mas la demora en su recorrido le aterra. Se sabe observada; al fondo, un tipo bajo el efecto de las drogas habla desaforadamente sin temor a represalias.

Él la observa con detenimiento, se deleita con su cuerpo curvilíneo, labios carnosos, hermosa cabellera negra y lisa, herencia de su línea materna andina. Sabe de primera mano que ella es una presa fácil. De pronto se calla, revisa mentalmente cuánto le falta para comprar el perico y tiene clara la deuda con el dealer (vendedor de estupefacientes).

Delincuente de poca monta, se cobija en las sombras para aplicar la técnica de intimidación a mujeres y así despojarlas de sus pertenencias. Tiene muy presente dónde se reúne la mayor cantidad de personas y los lugares desiertos. Recuerda los puntos ciegos alrededor del metro de Caricuao y escoge el camino indicado para asaltarla.

Gabriela al fin respira tras alcanzar su destino; quedan pocas personas en el vagón. Son las 10 y 45 pm; debe caminar rápido sin mirar atrás, así no luce nerviosa. Entretanto, él la sigue de cerca, percibe su miedo como una fiera. Acomoda la navaja automática en el tobillo; está resuelto. Necesita 50 dólares, es quincena, hay efectivo y ella es su cajero automático.

La chica se da cuenta de la intención del malviviente; los 150 dólares ganados en la semana son para hacer el mercado, pagar la tarifa del celular e internet. De pronto, mira hacia arriba; el frío se hace sentir en su piel. Mientras, Caricuao la asombra con una grata sorpresa: hay un concierto de ska y reggae.

Decide llamar a su madre, pero no tiene conexión de datos; mira su abdomen y se pone nerviosa. Piensa para sí: “Este tipo me quiere joder”. Se encomienda al arcángel Miguel, como le enseñó su abuela, y pide ayuda celestial. De pronto, unos rude boys la reconocen: “Epa, pana, ¿esa no es la nieta de la señora Ramona?”, dice uno de la vieja escuela.

Se dan cuenta de inmediato de lo que va a ocurrir; estos tipos no se andan con juegos. La calle les ha curtido el cuero y su vida la rigen de acuerdo a códigos signados por el honor y el valor. Deciden darle una lección a ese “mal pegao”. Sin decirle nada a ella, lo rodean de inmediato en una rueda de pescado y le dan una saparapanda de coñazos.

Gabriela voltea asombrada y recuerda a uno de ellos. Javier era punketo en su juventud; de hecho, fue amigo de su papá muchos años. Lo mira por unos instantes y una lágrima desdibuja el miedo al recordar a su viejo cuando le decía: “No te preocupes, nosotros defendemos a nuestros hijos a muerte, somos una familia”.

Cuando por fin llega a casa, del susto va directo al baño. Enciende un cigarrillo y entiende por primera vez el significado de la lealtad. Pasaron muchos años, pero su papá sigue presente. Mientras, el cielo, empeñado, disfraza sus ángeles de simples mortales para enseñar a los humanos que la oscuridad no puede apagar la luz de las almas buenas.