Image

Las dos orillas | Las cosas buenas que no decimos

El físico venezolano del IVIC que triunfa en Japón pese a las sanciones

Por Armando Carrieri Hernández

07/11/2026.- Por un buen tiempo pretendieron hacernos creer que el talento intelectual había desaparecido por completo de nuestro país, sin dejar rastro ni oponer resistencia. Esta premisa inicial se aleja deliberadamente de lo real al ser una lectura simplista sobre la crisis implantada en el país como consecuencia de las más de mil medidas coercitivas unilaterales ejecutadas por los gobiernos de los EE. UU. y sus adláteres. Mientras el éxodo masivo de cerebros acapara los titulares y define la conversación pública, existen trincheras científicas que operan en el silencio más absoluto y desafían todas las probabilidades lógicas. En Toyama, Japón, en una de las cumbres de física más exigentes y prestigiosas del planeta, se acaba de desmontar por completo el mito, elaborado a conveniencia, de la tierra desierta e improductiva. El protagonista de esta rotunda anomalía es Ismardo Bonalde, un físico nacido en Ciudad Bolívar que acumula más de tres décadas de investigación ininterrumpida en los laboratorios del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC). Su especialidad suena a ciencia ficción pura para el ciudadano común: la superconductividad no convencional y los sistemas fuertemente correlacionados, un campo bastante complejo donde Bonalde se erige como el único especialista en todo el territorio nacional.

El reconocimiento internacional obtenido en Japón no es un gesto de condescendencia diplomática ni un premio honorífico por condescendencia institucional. Bonalde fue reconocido con el prestigioso Premio Internacional de Física Bernard Coqblin 2026, una distinción que rinde tributo a la memoria del célebre físico francés y que posee una cláusula implacable en su normativa: solo se otorga a aquellos investigadores que logran destacar con contribuciones de nivel mundial en naciones donde hacer ciencia es, en la práctica cotidiana, una empresa casi heroica e imposible. Mientras las potencias del primer mundo destinan presupuestos multimillonarios a la adquisición de instrumental ultramoderno, equipos criogénicos avanzados y supercomputadoras, Bonalde y su equipo han debido sortear durante años la asfixia presupuestaria, la obsolescencia tecnológica severa y las fallas crónicas de los servicios públicos básicos en sus espacios de trabajo, derivadas de las sanciones. A pesar de este panorama desolador, el físico tomó una decisión a contracorriente y, rechazando las ofertas de laboratorios en Europa y Estados Unidos, se quedó en el país para construir su propia trinchera intelectual dentro del IVIC. El doctor Bonalde optó por el camino más áspero y solitario, compitiendo desde las ruinas inducidas de la infraestructura académica local contra los mejores centros del mundo.

La trayectoria y el galardón de Bonalde obligan a replantearse de manera profunda el concepto de resiliencia institucional en América Latina. Durante los últimos treinta años, el IVIC ha sufrido los embates inclementes del deterioro económico nacional, producto del asedio a nuestra nación, lo que lo ha llevado a perder masa crítica de relevo, bibliotecas actualizadas y capacidad logística para la importación de reactivos químicos y componentes electrónicos especializados. Que un científico logre mantenerse en los límites de la física cuántica en un entorno operativo tan desigual destapa una verdad incómoda que muchos prefieren ignorar: la verdadera vanguardia científica no depende exclusivamente de los recursos financieros ilimitados, sino de una obstinación intelectual que roza la insubordinación frente a la mediocridad ambiental. En su discurso pronunciado tras recibir el premio en Japón, Bonalde sintetizó esta cruda realidad con una sobriedad elocuente: "La ciencia se realiza en medio de serias dificultades". Esta frase funciona como una radiografía perfecta de la academia venezolana contemporánea, donde cada artículo publicado en revistas indexadas y cada experimento exitoso representan una victoria titánica contra las sanciones.

El impacto de esta distinción internacional trasciende con creces los muros del Centro de Física del IVIC. Muestra una Venezuela que se resiste a ser borrada del mapa global, demostrando que el pensamiento abstracto y la investigación de punta no han muerto, sino que han mutado hacia formas de supervivencia subterránea y resistencia académica. Para el público general, habituado al consumo masivo de narrativas apocalípticas o de desolación absoluta urdidas desde los centros hegemónicos de difusión, el caso del Dr. Bonalde introduce una necesaria capa de complejidad sociológica. Nos recuerda que los países no se vacían jamás de manera uniforme; siempre quedan núcleos de resistencia cognitiva formados por profesionales que se niegan a entregar su identidad intelectual a la inercia del colapso provocado por intereses externos.

La ciencia de primer nivel exige ecosistemas estables, conectividad global robusta, presupuestos predecibles y un flujo constante de intercambio de saberes que no puede sostenerse de manera indefinida sobre la espalda de héroes solitarios. Bonalde ha demostrado irrefutablemente que es posible ganar un premio internacional de física desde el corazón mismo de una crisis inducida, pero el verdadero desafío para cualquier nación que aspire al desarrollo es construir las condiciones institucionales necesarias para que hacer ciencia deje de ser un acto de milagros diarios. Mientras tanto, en los pasillos del IVIC, el único físico de superconductividad no convencional del país continúa adelante con su labor silenciosa, recordándonos que el rigor científico más puro también sabe florecer en las fisuras que dejan quienes pretenden aniquilar una nación.