Caraqueñidad | Hiroshima en Catia, un paréntesis y varios ojalá
Por Luis Carlucho Martín
Cuando Estados Unidos ordenó bombardear Japón para, supuestamente, poner fin a la Segunda Guerra Mundial, en el fondo se respiraba venganza por el ataque nipón contra Pearl Harbor cuatro años antes.
Los norteamericanos, de acuerdo con lo que cuenta la historia, lanzaron desde el Enola Gay la bomba de uranio sobre Hiroshima, y desde el Bockscar la bomba de plutonio, el 6 de agosto y el 9 de agosto de 1945, respectivamente, porque con tan rápido ataque los enemigos serían sorprendidos y evitarían un procedimiento más tedioso y largo, por tierra, que pusiera en riesgo más vidas.
¡Qué orden tan humanista! Las dos explosiones causaron, de manera inmediata, apenas 246 mil víctimas; 166 mil en Hiroshima y el resto en Nagasaki; sin contar las consecuencias traducidas en más de dos décadas de muchos casos de leucemia y distintos tipos de cáncer causados por la radiación. Todas las víctimas fatales fueron de un solo lado. Ahí acertó la orden estadounidense: arrasaron con todo, como fueron, son y serán.
Tristemente, en Catia, justamente detrás de la Escuela Normal "Miguel Antonio Caro" --igual sucede en Los Magallanes y en La Silsa y otras partes-- se está gestando una zona de altísimo riesgo.
Los consejos comunales del sector, a vox populi, montaron un centro de acopio y venta ilegal de gasolina que sirve a todo el que pague en dólares o su equivalente según la inconstante tasa de cambio que fija el BCV.
En vista de tanto poder, de tanta impunidad y de tanta dejadez –acaso por apadrinados intereses–, civiles en carros y motos, agentes de orden público uniformados en motos, patrullas de distintos cuerpos de seguridad y cualquiera que tenga el billete y no quiera hacer cola en las estaciones de servicios debidamente autorizadas, surten combustibles en estos sitios de alta vulnerabilidad.
A menos de 500 metros está la famosísima estación de servicios La Continental, en plena avenida Sucre, frente a la entrada del Parque del Oeste, antiguo Jóvito Villalba, ahora Alí Primera. Estoy dando todos los datos porque fui con un mototaxista en emergencia de combustible y me llevó a esa zona de guerra.
Cuidado con el riesgoso procedimiento: Pagas en un mesón de madera dispuesto bajo un improvisado techo de zinc. Los tipos tienen punto y pagomóvil. Te dan un ticket y hay varios expendedores, casi todos menores de edad, que salen con garrafas o con botellones –que normalmente son para agua potable-- o cualquier recipiente de plástico, contentivo de la cantidad de litros que ya cancelaste. Lo colocan a los vehículos con un embudo o a pulso puro. La gasolina se chorrea y sus invasivos vapores allanan espacios. El combustible reposa en un galpón gigante que no cuenta con las mínimas medidas de seguridad. Gases acumulados y otros factores de riesgo.
Hiroshima fue con uranio. Nagasaki fue, más fuerte, con plutonio. Catia pudiera ser más suave, pero de pronósticos reservados gracias a la capacidad de combustión de la nafta, el tolueno y los agentes oxigenados más el tetraetilo de plomo de esa maldita gasolina.
En el caso de Japón, los culpables y asesinos fueron los gringos. En Catia a quién culparán.
Antes de culpar hay que hacer cumplir normas, sancionar y ejecutar, duélale a quien le duela. De lo contrario podría haber mucho que lamentar.
Un paréntesis
Para que funcione legal, segura y operativamente una estación de servicio (bomba de gasolina) en Venezuela, se requiere cumplir con un conjunto de permisos legales, ambientales, de seguridad y contratos comerciales con el Estado a través del Ministerio del Poder Popular de Petróleo y Petróleos de Venezuela (PDVSA).
Nada de eso poseen los expendedores ilegales acá denunciados, además de que no cumplen las normas COVENIN como adaptación de tanques, tuberías, pistolas y dispensadores a los estándares técnicos y de metrología legal.
Varios ojalá
1.- Ojalá yo me equivoque y eso nunca se prenda en candela. Ojalá, ¡Dios mío!
2.- Ojalá los irresponsables, responsables de la situación, valoren más la vida que un billete verde
3.- Ojalá les caiga la justicia a los expendedores de ese combustible ilegal y les apliquen supervisión con rigurosidad para ver si cumplen algunas de las normas descritas y exigidas en el intertítulo: “Un paréntesis”.
4.- Ojalá que esos expendedores, que se rebuscan sin cumplir normas de protección, no se vean afectados en su salud por el diario contacto con la gasolina y sus dañinos vapores.
5.- Ojalá que cuando explote la vaina –repito, ojalá nunca se llegue al desastre– no haya clases en la Escuela Normal “Miguel Antonio Caro”, porque serían los niños-alumnos, personal docente y directivo, además del personal obrero, la mayoría de las víctimas.
6.- Ojalá esto sea solo parte de una pesadilla que ya no sucede porque se normalizó la situación de la gasolina en un país que
posee las mayores reservas de petróleo del planeta.
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