Letra fría | Mujeres de la República
Por Humberto Márquez
El quinto capítulo arranca con el botellazo que le pegó en la cara del líder comunista Eduardo Machado, en realidad fue un vaso lanzado por la periodista y escritora Miyó Vestrini en el Bar La Bajada. Al fragor de los tragos, Machado grita Ni Beria, Ni Beria, haciendo alusión a Laurenti Beria, jefe de policía y mano derecha de Stalin en la Unión Soviética. ¡Demasiado arrecha! Titulan las tesistas este capítulo para calificar esta poeta de armas tomar. Miyó, todo lo quería con pasión, decía La Negra Maggi, compañera de barra y confidente, de la Vestrini, además de esposa del escritor Salvador Garmendia. Según la misma Negra, la poeta tenia una carencia permanente que ni los amigos, los vodkas o los amantes podían llenar. E incluso estaba convencida que nadie la quiso nunca. Detrás de esa mujer ruda de temperamento explosivo había mucha inseguridad, no era siempre el reflejo de un ser susceptible que proclamaba que el amor se pierde o se gana en un segundo.
Miyó Vestrini era de las más militantes de la República, era muy vigilante de los procesos electorales en lo que según el psiquiatra Manuel Matute, no se le coleaba nadie, además fue presidenta de propia republica, haciendo una suplencia por vacaciones de Elias Valles en el 80, y fue presidenta de la comuna, cuando escribió La República del amor. Su discurso en el acto de transmisión de poderes de la República del Este. Mayo de 1976.
“Cada día se hace más difícil amar. Cada día, es más complicado dejarse amar. Por eso, pienso que esta noche debemos recuperar, y para siempre, la capacidad de amor. Mientras más elemental, más telúrico, más llano sea ese amor, más república seremos. En el amor, como en todos los asuntos humanos, el entendimiento cordial siempre es el resultado de un malentendido, decía Baudelaire. Y si para ese comunero infernal el amor fue difícil, la locura espléndida, y la violencia desmedida, para nosotros no puede ser menos. Yo, presidente de la Comuna, les advierto: solo se aceptará el reclamo legítimo del amor insobornable. Solo se escuchará la voz terrible y dulce del afecto y la ternura. Entiéndanlo bien, republicanos: deben olvidar el poder, porque el poder está en manos de un tirano maravilloso, loco, payaso, espléndido. Y si él traiciona, todos habremos traicionado. Si él claudica, todos habremos claudicado. Es nuestro riesgo. Sé que a veces y sobre todo ahora, en un país que nos atormenta con su ruidoso desorden, con su vulgaridad mercenaria, la violencia ronda y muerde. Como buena comunera, conozco el tumulto, los gritos, la incontenible furia de los eternos humillados o el simple y solitario llanto en la barra de un bar. Pero sé también, porque lo he aprendido de ustedes, que el amor que nos une en torno a este necio tirano, es más poderoso que toda muerte, que todo olvido. Si los imbéciles que observan y juzgan a la República del Este desde sus pulcras y hermosas habitaciones supieran cuánto nos amamos, cuán cómplices somos, comprenderían cómo es de hermoso el mundo para nosotros, pese a sus miserables vivencias cotidianas. Del amor y solo del amor quiere hablar la comuna. Del amor pasado y del amor presente. De la gran risa amable de Manuel Alfredo. Del grito de alegría de Rubén porque está escribiendo. De la tímida voz de Mariana al esquivar a un borracho. De los inefables chistes de Ramón. De la mirada de Aquiles cuando se siente solo. De la brillante tos de Adriano. De la elocuencia medieval de Alfonso. De los admirables y dulces silencios de Elías. De la voz de Gisela cantando a Tito. Del paraje andino, nublado y solitario en los ojos de Orlando. De la solidaridad de Junio. ¡Poetas, escritores, borrachos, traidores, locos, burgueses, chancleteros, cuántas etiquetas llevan a cuestas! Pero la comuna les dice: sepamos vivir juntos, tristes o feroces, alegres o solitarios, pero juntos, amparados por un tirano que nos ama más que a su propia vida. Aprendamos a defender nuestro derecho al sueño, a la locura, al amor pleno y estallante. Desconfiar de nosotros mismos, es perdernos. La comuna estará en la calle, en los bares, en los más remotos rincones de esta cruel ciudad y de este duro país, para saludarte tirano, para que, un día, «vendrá la muerte y tendrá tus ojos…”
Aparte de ella y La Negra, otra de las asiduas era Mary Ferrerro, de origen argentino, pero adaptadisima como venezolana, novia y esposa de Adriano González León, con quien tuvo una hija, y más adelante tuvo un hijo del comandante guerrillero Oswaldo Ojeda Negretti, alias Elías. Mary se encargaba de los actos culturales y era muy buenamoza. Otras mujeres eran Mariana Otero, Ana Martínez, Margarita Chitty, Beatriz Guzmán, esposa de Ludovico Silva, y Araceli Gil, pero básicamente eran hombres quienes integraban la república, y eran machistas, como sostenía Arlette Machado. El feminismo estaba todavía incipiente en aquellos tiempos.
La Negra Garmendia fue muy amiga de Miyó Vestrini hasta practibamente a su muerte, porque la tarde del 28 de noviembre de 1991 se tomaron unos tragos, sin imaginar que en la noche se tomaría un frasco de Ribotril y se metió en la bañera a esperar la muerte. ¡Demasiado arrecha!
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