Pluma acústica | Luisín Landáez: embajador musical de Barlovento...
En Chile
Por Kike Gavilán
La historia de la música popular latinoamericana está tejida por puentes invisibles que conectan naciones a través del ritmo, la voz y el sentimiento. Uno de los nombres más interesantes y, paradójicamente, menos celebrados en su tierra natal a pesar de su magnitud, es el del venezolano Luis Felipe Landáez, mejor conocido como Luisín Landáez.
Aunque en nuestro país a veces la memoria puede ser frágil y parece que se nos olvida el pedigrí de nuestros grandes, este maestro del sabor nacido en Barlovento se convirtió en una leyenda viviente de la cumbia y el bolero, volviéndose un verdadero embajador musical de Venezuela en Chile, donde es recordado con devoción y reconocido como uno de los pioneros más importantes de la cumbia colombiana en tierras mapuches.
Luisín nació en Higuerote, el 17 de agosto de 1931. De muy joven migró con su familia a Caracas. Antes de que los micrófonos se enamoraran de su timbre, sus manos lidiaban con tuercas, bujías y motores en talleres mecánicos caraqueños. Pero la sangre barloventeña no se apaga con grasa de carro. Entre herramientas y repuestos, su alma albergaba una vocación musical gigantesca que lo llevaba a cantar en plazas, esquinas y bares bohemios de la capital.
Las noches caraqueñas lo vieron pulirse en su arte. Hasta que el 8 de agosto de 1953, se presentó en los estudios de Radio Continente para participar en el célebre concurso radial “Billos Busca Cantantes”, llevándose el primer lugar entre un grupo de talentosos jóvenes. Ese fue su boleto de entrada a las grandes ligas. Con poco más de veinte años de edad, se convirtió en un front man de cualidades indiscutibles, que denotaba elegancia vocal y dominio escénico.
Así, fue convocado por las orquestas más influyentes del país, entre ellas, por supuesto, la Billos Caracas Boys, la Orquesta de Luis Alfonso Larraín, la Orquesta Casablanca, la Caracas Swing Boys y la Orquesta de Arnoldo Nali, entre otras. Estas primeras experiencias le otorgaron un dominio absoluto del repertorio caribeño, incluyendo la cumbia, preparándolo para el gran salto internacional que definiría su destino.
El periplo continental y el desembarco en Chile
A finales de la década de 1950, Luisín decidió emprender el camino de la internacionalización. Organizó una gira que arrancó el 17 de diciembre de 1960 y que recorrió Colombia, Ecuador y Perú, un viaje de itinerarios incansables que lo condujo finalmente a Chile el 30 de mayo de 1962.
En principio, su llegada coincidió con los circuitos artísticos ligados a la llamada “Nueva Ola Chilena”, pero la profunda vena tropical de Luisín encontró un nicho inexplorado. Lo que pretendía ser una escala temporal se transformó en una residencia de más de diez años. En una sociedad chilena que, como él mismo decía con picardía: “bailaba tiesa, como con miedo a romper el piso”, la llegada de la voz cálida, sincopada y alegre del venezolano supuso una autentica revolución cultural. Podríamos decir que Lusín Landáez le enseñó a todo un país a soltar la cintura.
Apostó por la cumbia colombiana, un género que había cultivado por años en las orquestas venezolanas, pero que en Chile era algo nuevo. Su ritmo cuadrado, pegajoso y más sencillo de acompañar con el cuerpo lo hacía perfecto para los bailadores chilenos, quienes pronto se olvidaron de la guaracha y el chachachá para adoptar la cumbia con gran fervor, siendo Luisín el precursor de esto.
Fenómeno en Chile
Luisín Landáez grabó una cantidad descomunal de producciones discográficas en Chile; se estiman más de 45 álbumes a lo largo de su trayectoria, un registro inmenso que hoy en día es objeto de culto para coleccionistas. Su voz dotaba a la cumbia colombiana y al repertorio tropical de una frescura urbana inigualable. Discos como Las cumbias de Luisín, de 1966; Tranquilo Luisín, de 1967 y Noches de Cumbias, de 1972 ponían a valer los bailes en cuanta fiesta chilena existiera.
Si algo definía la estrella de Luisín Landáez era su capacidad para convertir una canción en un clásico inmortal. Entre sus temas más emblemáticos se destaca La piragua, de José Barros; su éxito más rotundo. Este legendario número cobró una dimensión galáctica en la voz de Luisín, convirtiéndolo en un himno de la cumbia en el Cono Sur. Otras canciones como Macondo, La banda dominguera, La azafata me mira y El zapato con arena están cargadas de picardía y un profundo sabor bailable.
Roce con la dictadura militar y retorno a Venezuela
Luisín fue un incansable luchador por los derechos sociales de los artistas. En Venezuela estuvo ligado a los movimientos sindicales que buscaban la consolidación de los derechos laborales de los músicos. Esta inclinación lo llevó a relacionarse en Chile con movimientos sociales ligados al gobierno de Salvador Allende, lo que le trajo ciertos inconvenientes a la llegada del gobierno de la dictadura militar.
Con el cierre de importantes locales nocturnos de Santiago, donde solía presentase, como la Taberna Capri, El Pollo Dorado y el Tap Room culminó también la primera etapa de Luisín Landáez en Chile para volver a su Venezuela natal en 1973. En su tierra intentó explorar facetas más íntimas como el bolero, sin embargo, el peso de su leyenda ya estaba arraigado en suelo chileno, donde era considerado un prócer de la alegría festiva.
Entre la tierra de O’Higgins y la de Bolívar
Hacia finales de la década de 1970 comenzó a alternar su residencia entre Venezuela y Chile, donde reapareció, aunque no con la misma fuerza de antes, en locales nocturnos y en programas de televisión.
En 1993 fue invitado por la banda Sexual Democracia a grabar una versión del tema Macondo, el cual forma parte del disco Sudamérica y que ya el mismo Luisín había grabado a principio de los años 70, ocupando nuevamente los primeros puestos de popularidad. Esta cumbia, del peruano Daniel Camino, está inspirada en la legendaria novela de García Márquez y se metió en las venas de varias generaciones de chilenos.
A pesar de altibajos económicos, polémicas mediáticas propias del mundo artístico y los embates del tiempo, su legado jamás se extinguió. Falleció el 16 de noviembre de 2008 en Santiago de Chile, dejando una huella imborrable. Sus restos descansan en el Mausoleo de los Artistas del Cementerio General de Santiago, un reconocimiento a su estatura de ícono popular.
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