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Micromentarios | Taxista y cantante

Por Armando José Sequera

18/08/2026.- Un día de 1964, a mis once años, fui a una exposición que se presentaba en el hoy desaparecido Palacio de las Industrias, en el sector Plaza Venezuela de Caracas.

No recuerdo si se trataba de una exhibición de orquídeas o de empresas e instituciones turísticas. Mi curiosidad por entonces no discriminaba fuentes de conocimiento y procuraba empaparme de cualquier cosa que no supiera.

Me gustaba ver, además, la conjunción de luces de colores y afiches que se colocaban en los múltiples tenderetes y, por qué ocultarlo, también a las chicas que contrataban para atenderlos.

Había entrado con luz diurna, pero, al momento de abandonar el lugar, ya era de noche y los faroles de la calle iluminaban tenuemente los alrededores. Dado que aún no existía el metro caraqueño, fui hasta la parada de autobús que quedaba en la acera de enfrente, diagonal al Palacio de las Industrias. Desde allí podía verlo por entero, una construcción de solo dos plantas que más tenía de galpón de lujo que de residencia palaciega.

Pasaron muchos minutos, más de treinta, y el único autobús que vi circular iba tan lleno que no se detuvo en la parada. En ese momento, recordé que llevaba en mis pantalones diez bolívares para tomar un taxi, si lo consideraba necesario. Y vaya si lo era. Me los había entregado mi abuela, horas antes, cuando iba de salida.

No me acuerdo del color del taxi que detuve. Sí que al preguntar cuánto costaba el viaje hasta la avenida Sucre de Catia, entre las esquinas de Gato Negro y Nacimiento, el conductor dijo:

—Diez bolívares... —La cantidad exacta que llevaba.

Antes de subir, inspeccioné el bolsillo donde sabía que estaba el billete color ciruela, en el que años después supe, como curiosidad, que figuraba George Washington. En la parte izquierda de dicho papel moneda, y como parte de una medalla que lucía en el pecho el Libertador Simón Bolívar, aparecía una silueta en blanco del padre de la independencia estadounidense.

Tan pronto me ubiqué en el asiento del pasajero, el conductor empezó a cantar. Lo hacía con excelente voz y buen ritmo. Para esto se acompañaba del golpeteo de sus dedos y la parte baja de las palmas en el volante.

Luego de dos canciones, me preguntó qué me parecían. En ese tiempo, no me gustaba la salsa y era fanático reciente del rock and roll, que había descubierto gracias a dos discos de 45 r. p. m. de Los Beatles.

Sin embargo —lo cual era verdad—, las dos piezas que él había interpretado sonaron tan bien que me habían agradado. A manera de "recompensa" por mi aceptación, cantó otras tres y luego nos dedicamos a conversar.

Cuando ya estábamos cerca de donde yo iba, interpretó una sexta pieza que concluyó a media cuadra de mi destino.

Como donde yo vivía se encontraba en la acera opuesta a aquella por donde transitábamos, llegó hasta la esquina siguiente y giró en u para dejarme justamente ante la puerta de mi casa.

Al bajar, le agradecí el traslado y las canciones y, al momento de pagar, se me ocurrió preguntarle su nombre. Su inolvidable respuesta fue:

—Oscar D'León, con D mayúscula y apóstrofe.