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Psicosoma | Siempre el amor

Por Rosa Anca 

Él es más yo misma de lo que yo soy.

Emily Brontë


El amor no mira con los ojos, sino con el alma.

William Shakespeare


El Eros pone en marcha un voluntario desreconocimiento de sí mismo, un voluntario vaciamiento de sí mismo. Una especial debilidad se apodera del sujeto del amor, acompañada, a la vez, por un sentimiento de fortaleza que de todos modos no es la realización propia del uno, sino el don del otro.

Byung-Chul Han


El mundo está sediento de amor: aplácalo.

Arthur Rimbaud


18/08/2026.- Las lecturas juveniles abordadas en etapas posteriores nos muestran aspectos que antes no habíamos notado. Es casi como cuando descubrimos en el primer amor ese encanto dormido que algunas veces despierta. Casi siempre "llueven" nuevos amores, quizás bajo su impronta, o leemos otras claves. Nada es cristalino en el amor y hay que tener coraje para amar, asumir el riesgo, atreverse a ser mutante en las diferentes etapas de la vida. Yo no sé quién dijo que el amor es siempre el mismo ("oh, ¿qué será?"). Yo más bien creo que se renace de tantas muertes...

Antes de los quince años, leí el libro Cumbres borrascosas y no me atrapó. Era la época de leer Mujercitas, pero yo amaba más a Chico Carlo, Doña Bárbara y similares. Algunas veces siento "maripositas en el estómago" y me encanta estar viva, estar "feliz cual perdiz". Y, ¿saben?, el amor es el mejor antídoto contra la depresión y el narcisismo.

Al ver la película Cumbres borrascosas, con las heridas y cicatrices del amor al borde otoñal, con todas las estaciones en un solo día, siento una ternura inefable al comprender que es imposible la unión con ese otro —alteridad que siempre será irreductible— para que continúe el misterio, el velo erótico. Todavía me sacuden las imágenes y me arrancan lágrimas. Pasé un fin de semana en medio de suspiros. Volví a verla para escribir este artículo y me costó soportar los ojos amantes del actor Jacob Elordi, de un mirar apasionado y profundo, que me llevaron de vuelta al primer contacto con otro ser, ese estar enamorada y ser vulnerable como lo era a los trece años. Sentí otra vez aquel amor colegial, con ese ascensor en el estómago, los vértigos y las huidas; el sufrimiento y la agonía insoportable de crecer casi juntos en la misma cuadra. El chico era mi sol en los inviernos de Lima, mi poncho, mi emoliente. Era un lindo u esbelto joven.

La decimocuarta adaptación del clásico literario Cumbres borrascosas (1847) de Emily Brontë, dirigida en esta ocasión por Emerald Fennell y estrenada en febrero de 2026, causa todavía polarización en el público, a casi dos siglos e publicada esta novela de amor pasional, venganza y odios en medio de la Inglaterra victoriana, conservadora, racista y clasista. La obra narra la confrontación de dos generaciones de terratenientes, los Earnshaw y los Linton, marcada por la llegada de Heathcliff, un niño huérfano adoptado por los Earnshaw. Esta novela explora las dinámicas emocionales de odio, celos, venganza y crueldad, y cierra ciclos al abrir paso a otras formas de amor, perdón y empatía.

En efecto, esta nueva versión nos pinta la primera parte de la novela con la trágica obsesión de un amor imposible entre el niño adoptado y la pequeña Cathy (quien le pone el nombre de Heathcliff, que literalmente significa "acantilado en el páramo"). Crecen juntos y se enamoran perdidamente, pero ella prefiere elevar su condición social hacia la aristocracia mediante un matrimonio pudiente. Mientras tanto, el joven melancólico de "corazón partío" huye del páramo para convertirse en un hombre elegante y rico con deseos de venganza, tramando su revancha contra la pareja Linton.

El encuentro inevitable entre Cathy y Heathcliff marca el reencuentro pasional: "Bésame y que ambos seamos condenados... ¡No puedo vivir sin mi vida! ¡No puedo morir sin mi alma!". En medio de reclamos y lágrimas de ese amor tierno y romántico, se desata un voraz incendio, una adicción de pasión retorcida que parece una competencia de crueldad y tormentas; ambos, de naturaleza salvaje, se destruyen, pero a la vez se necesitan. No son la típica pareja romántica, ni uno ama o se deja amar más que el otro. Ella confirma:

Mi amor por Linton es como el follaje del bosque... Mi amor por Heathcliff se parece a las rocas eternas bajo la tierra: sea cual sea el material del que estén hechas nuestras almas, la suya y la mía son iguales.

Totalmente poética, erótica, ebria y deseante en su desvarío amoroso, la película —en sus gestos, diálogos y susurros— nos pone en trance con la magnífica actuación de Margot Robbie (Catherine). Ambos están heridos de muerte pasional, de traición ("¿Por qué traicionaste tu propio corazón, Cathy?"), y es solo cuestión de tiempo para caer al abismo cuando ella decide terminar con él. Pasa el tiempo y así empiezan a ir y venir mensajes, que son interceptados por el ama de llaves.

La directora enfatiza el deseo reprimido que puede transformarse en una fuerza destructiva que afecta la razón, centrándose en la posesión absoluta y la oscuridad de almas amantes que se canibalizan y destruyen todo a su paso. Explora los límites del alma humana ante el rechazo y la pérdida, acompasados por una banda sonora que se acopla al paisaje como un dispositivo narrativo que actualiza la angustia de los amantes, haciendo que sus emociones se sientan vigentes, directas y vibrantes.

Con energía hiperpop y electrónica, sus voces procesadas contrastan con los paisajes góticos de la Inglaterra del siglo XIX. Se siente la tensión ejercida por la música y un erotismo que se mantiene hasta el final con una mezcla de partituras neoclásicas y con toques contemporáneos. Lo mismo ocurre con el color magnético de las escenas, la ambientación, la iluminación, el vestuario y parlamentos como:

Estoy poseído por un deseo que no puedo controlar; él gobierna cada pensamiento mío (...) No hay gozo en mi vida; él sufre también (...) Lo amo más allá de la cordura; me consume por completo (...) Todo lo que deseo es que sienta mi tormento como yo siento el suyo (...) No puedo ser feliz mientras él viva indiferente a mí.

Siempre pensé en la muerte de ambos y recordé la película Las horas, sobre la vida y obra de Virginia Woolf, en una escena donde se indaga: "¿Quién morirá? ¿Quién debe morir? El poeta morirá", lo que simboliza la desaparición de los espíritus más sensibles para que los demás puedan apreciar la vida. Heathcliff reflexiona:

El mundo entero es un terrible testimonio de que ella existió y de que la he perdido (...) El cielo no parecía ser mi hogar (...) Siempre estarás en mi mente, no como un placer, sino como mi propio ser (...) Las almas apasionadas no descansan en tumbas tranquilas.

¿Por qué duele el amor? ¿Será necesario morir varias veces? "Hay que morir unas cuantas veces antes de poder vivir de verdad", nos señala el incisivo escritor Charles Bukowski. Pero ella muere de amor, por el abandono y por la septicemia. Él apenas comprende la separación y la muerte de su amada. Ni siquiera lo cree, porque ella siempre le decía que se estaba muriendo. En su desesperación, expresa: "Quédate conmigo siempre. ¡Toma cualquier forma, vuélveme loco, pero no me dejes en esta oscuridad donde no puedo encontrarte!".

En el maravilloso ensayo La agonía del Eros, de Byung-Chul Han, comprendemos la imposible posesión y la paradoja al vivir en compañía amante: no se puede consumir al otro, porque debería prevalecer el misterio y evitar la proyección psicológica. Mucho menos, se debe buscar la continuidad del yo, porque el deseo erótico se atrofia ante la falta de extrañamiento del otro.

Decir y anticipar los pensamientos asfixia a Eros. Lo peor es la sentencia habitual que escuchamos en la clínica: "Le conozco y sé qué piensa". Esas certezas invalidan a Eros y las relaciones se habitúan sin deseo, se vuelven narcisistas y se reducen al confort de lo mismo. Las rutinas sexuales se agendan, se marcan puntos de buen comportamiento, y el control y la comparación subyacen al ritual tormentoso de lo cotidiano.

Se entrampan en adicciones y se atrofia la capacidad de amar verdaderamente, de salir de sí mismo, de estar descarnado, "al hueso", a la intemperie, con la herida de la alteridad. No es fácil convivir con el otro y su mundo; descubrir al amado al amanecer, al dormir y ver cómo cambia su cuerpo y su rostro. Percibir esos momentos nos alumbra la vida con la erótica energía del movimiento en silencio.

Eros es la fuerza de la alteridad radical y representa al otro fascinante e irreductible que se resiste a ser transparente, clasificado o medido.

Sostiene Alain Badiou en el prólogo de La agonía del Eros:

¿Quién es, pues, ese enemigo bajo cuyos golpes el verdadero amor sucumbe? Es el individualismo contemporáneo, la preocupación por referirlo todo a su precio en el mercado, la dimensión del interés con el que hoy se organiza el comportamiento de los individuos. El amor, en el fondo de su verdad, es en efecto rebelde a todas esas normas del mundo contemporáneo —el mundo del capitalismo globalizado—, por la simple razón de que no es, en absoluto, un simple pacto de coexistencia agradable entre dos personas, sino la experiencia radical, tal vez la única que pueda serlo hasta tal punto, de la existencia del otro.

Escribió Arthur Rimbaud:

Hay que reinventar el amor, ya se sabe. Ellas no pueden ambicionar una posición segura. Obtenida esta, corazón y belleza se dejan a un lado: solo queda frío desdén, único alimento del matrimonio de hoy. O bien encuentro mujeres con el signo de la felicidad, a quienes yo hubiera podido transformar en buenas camaradas, devoradas desde el comienzo por brutos sensibles como hogueras...