Caracas, 18 de julio 2026
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Letra invitada | Los muros de la ciudad


Por José Manuel Rodríguez


18/07/2026.- No son los muros lo que hacen la ciudad, sino la gente que vive dentro de ellos… Así veían a las ciudades algunos sensatos pensadores de la antigua Grecia. Y a lo largo de la historia hemos podido comprobar que, si bien es cierto que los gobernantes siempre han levantado los muros de sus instituciones, sean políticas, militares o religiosas, también lo es que la gente ha levantado los de sus propias casas.

Toda esa precaria cornisa de suelos aluvionales que conforman el litoral donde está asentada lo que hoy llamamos La Guaira, fue antes del asalto español territorio arahuaco y luego caribe. Allí se constituyó la nación Tarma. Una nación de marineros y pescadores en armonía con la naturaleza. Desde la llegada de los españoles con su poder de fuego, el lugar se convirtió en sitio de confrontación, casi permanente, con piratas ingleses, holandeses y franceses, con ataques de barcos e invasiones de los ejércitos de esos países. También ha sido lugar de temblores y deslaves permanentes. Toda esa violencia debe haber producido, a lo largo de su historia, centenares de miles de muertos. Pero también la rica y amable cultura que antes llamábamos varguense.

Es esa la historia que nuestro escritor y cronista, José Roberto Duque, nos cuenta con insistencia, reclamándonos que no la olvidemos. Una historia de luchas y padecimientos, pero también de marineros, pescadores y cultores populares. Esa historia debe ser parte fundamental de los análisis que, otra vez, se van a hacer y que siempre han terminado inacabados por ese algo que forma parte inevitable de su naturaleza y vida. Son ellos los dos componentes fundamentales de la cultura guaireña, ¡entendámolos! 

No sigamos actuando como los conquistadores europeos; no levantemos edificios de más de cuatro pisos, con ascensores solo para cargas. No hagamos sótanos, levantemos nuevos terraceos, de baja altura, con los escombros más sólidos de las edificaciones caídas. Congelemos el valor de la tierra con los costos de la recuperación y puesta en uso de las nuevas edificaciones, sus redes y equipamiento urbano. No saquemos a los guaireños de sus tierras, saquemos a los especuladores e inmobiliarias. La naturaleza no carga con las culpas de nada; no pretendamos obligarla con nuestra arrogancia y avaricia; su poder es inimaginable. Un plan urbano debe ser solo de desarrollo humano.