Caracas, 18 de julio 2026
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Rostro de mujer | De los huesos secos a un corazón restaurado


Por Nirman García Berbeo

18/07/2026.- Hay vidas que se construyen sobre un terreno que parece destinado al olvido, historias que transitan por inviernos tan largos que la esperanza llega a parecer un mito. La historia de Andreína Gutiérrez Rey, una mujer de 37 años, es el reflejo de cómo el dolor puede endurecer el alma, pero también de cómo el amor incondicional es capaz de devolverle la vida a lo que parecía completamente seco.

La niñez de Andreína cambió de golpe a los nueve años. La pérdida de su padre dejó un vacío inmenso en el hogar, transformando la rutina de una madre que ahora debía sacar adelante a cinco hijos por sí sola. Frente a la necesidad y con el único deseo de protegerlos, los días se volvieron estrictos y silenciosos. Sus tardes transcurrían resguardada en casa junto a sus hermanos, esperando con paciencia a que el mayor regresara del liceo y, más tarde, a que mamá volviera del trabajo para finalmente poder jugar.

A esa situación se sumó poco después la muerte de su mejor amigo de la escuela, Franklin Yobani. El dolor infantil, cuando no encuentra respuestas, genera sus propias conclusiones defensivas: "No puedo amar a las personas, porque si lo hago, les hago daño. Porque todos se mueren". El corazón, como un mecanismo de supervivencia, comenzó a volverse drástico, reacio al contacto físico y sordo al afecto.

Incluso los refugios de la infancia se tiñeron de culpa. Su entrega en el preescolar, buscando sanar a través del cuidado de otros niños, durante la hora de su recreo chocó con la dura realidad del abuso sufrido por un pequeño de la comunidad. Al ver las secuelas psicológicas en el infante y la impunidad del proceso, la mente de Andreína cargó con una responsabilidad que no le correspondía, reforzando la muralla: era mejor no encariñarse, era mejor no relacionarse para proteger a los demás de su cercanía. Los recuerdos, en su vaivén, resguardaban también heridas propias y silenciosas de lascivia que conmovían hasta las lágrimas.

A pesar de las grietas, la vida continuó su curso. Hubo un bachillerato disfrutado entre risas dentro de su timidez afectiva, y años en la universidad donde se formó en Geología y Minas. Sin embargo, la verdadera transformación no llegó a través de su profesión no ejercida, sino de una invitación que cambió el rumbo de su desastre interno.

Al llegar a la iglesia y conocer a los pastores Luis y Sandra, Andreína encontró un lenguaje que su alma no recordaba: el calor de hogar. Fue allí donde entendió que la reconstrucción no dependía de sus propias fuerzas, sino de un acto de rendición profunda. Su vida era un rompecabezas roto, y la única opción fue decirle a Dios: "Aquí está mi vida, mira qué puedes hacer con ella.

En el marco de la entrevista con Rostro de mujer, relató que "un día estuve como el valle de huesos secos: sin esperanza, sin vida, sin ganas de nada. Pero Dios vino a darle vida a esos huesos secos. Mi corazón pasó por un molino que molió carne, pero Él llegó a restaurarlo".

A través de la labor social con jóvenes y mujeres, Andreína comenzó a sentirse útil, a descubrir que el amor incondicional del Creador no dependía de su perfección, sino de su disposición. Aprendió que la fe va más allá de una religión rígida; se trata de una relación diaria, de la certeza de saber que, aun en la más profunda soledad, hay una presencia que sostiene.

Hoy, a sus 37 años, el proceso de restauración continúa. Andreína se define como una mujer dispuesta a dar el 100%, de carácter fuerte y decisiones radicales, pero en constante aprendizaje. Admira en su esposo, Jesús, la capacidad de tener un corazón perdonador y sanador que sabe soltar las ofensas con ligereza, una virtud que a ella todavía le cuesta alcanzar, pero en la que trabaja diariamente para superar las heridas del pasado.

El camino recorrido ha dejado en ella una madurez que no olvida el agradecimiento a su familia, a la familia pastoral de la Iglesia El Rebaño de Jesús que la adoptó y la guió en su crecimiento, y a cada proceso que la moldeó. Con la mirada puesta en los próximos cinco años, sus metas son claras: consolidar formalmente el ministerio de jóvenes que Dios le encomendó para trabajar de manera integral y construir las bases de su casa propia.

La historia de Andreína nos deja una enseñanza profunda sobre la condición humana. Los muros que construimos para protegernos del dolor a menudo se convierten en la prisión que nos impide recibir amor. Pasamos años peleando con ausencias, cargando culpas ajenas y endureciendo el carácter para que nadie pueda volver a herirnos.

Sin embargo, el verdadero valiente no es el que nunca se quiebra, sino el que es capaz de entregar sus pedazos destrozados para ser reconstruido. No importa cuán molido haya sido el corazón por las circunstancias de la vida, ni cuán seco parezca el valle donde te encuentras hoy. Siempre hay un propósito mayor esperando por nosotros.

Para avanzar, es imprescindible sanar y perdonar; solo soltando el peso del pasado se pueden tener las manos libres para construir el futuro. La vida se transforma cuando dejamos de huir y nos atrevemos, simplemente, a abrir el corazón.

Transformada para sanar 

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