Araña feminista | Mareas de útero y sal

30/03/2026.- Escribo desde esta orilla que pertenece a las mujeres, donde el territorio no es un límite trazado en el mapa, sino un horizonte que se ensancha con cada respiración. Venezuela se siente hoy como una costa batida por el viento; un cuerpo que aprende a sanar con la sal de sus propias lágrimas mientras observa, tras la línea azul, la silueta fría de un gigante ajeno que nos amenaza con su sola presencia.

El norte, con voz de trueno y arrogancia de acero, pretende imponer el ritmo de nuestras mareas. Actúa como si la libertad fuera un muelle que se puede concesionar y no una corriente profunda que nace en el fondo del pecho. Resulta cínico que quienes nunca han sentido el sol abrasador de estas playas pretendan ahora capitanear el porvenir. Esa administración que nos mira desde Washington, con sus botas de plomo hundiéndose en la arena, ignora que la soberanía germina en el útero de millones de mujeres que se han ganado el derecho a decidir su propio rumbo.

Nosotras, las que hemos sostenido la vida cuando el oleaje se volvía turbio, sabemos que no están cruzando el océano por amor. Vienen por las riquezas que duermen en el lecho de nuestra tierra; asedian el futuro y enturbian el agua cristalina que con tanto afán hemos limpiado.

La verdadera resistencia no es un grito de guerra estático, sino el acto cotidiano de ser como la mar: embravecida, constante, capaz de abrazar y también de devolver a la orilla lo que no le pertenece. No aceptamos el tutelaje de quien ve en estas costas una base de operaciones o un trofeo de campaña. Nuestra respuesta a la agresión externa es la misma que damos a las tempestades internas: la insistencia por la vida, la terquedad de navegar nuestras propias crisis y el derecho a encontrar la calma bajo el sol incandescente de este Caribe, sin que un interventor nos marque el paso.

Defender a Venezuela frente a los ataques del norte es un acto de amor elemental. Decimos, con la claridad de la espuma, que este mar tiene memoria, que la dignidad no se entrega y que los naufragios que nos duelen los resolveremos con nuestras manos. Tejeremos redes de justicia desde abajo, sin pedir permiso a quienes nada más conocen el lenguaje de la fuerza.

Somos un país de agua viva, de mareas que no saben de obediencias. Ninguna flota podrá jamás amarrar el ímpetu de un pueblo que ha decidido que su propio aliento sea el viento de sus velas, navegando hacia el horizonte que solo nuestro pulso sabe sostener.

 

Eduvigis Boada


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