Letra fría | ¡Estuve varado!
Por Humberto Márquez
17/07/2026.- Todavía pienso en la cara de Dilcia al salir de mi apartamento y ver las escaleras bailando sin control, y sin más remedio que bajar por ellas. Ni siquiera pudo pensar que estaba en medio de una tragedia en pleno desarrollo, de dos sismos de magnitud 7,2 y 7,5, el primero a las 6:04 de la tarde y el segundo a las 6:43, seguidos de un sinfín de réplicas, de mediana intensidad, que mantienen aún en zozobra a la población. Mucho menos podía pensar yo que estaría involucrado a distancia de aquel tétrico proceso. No podía ser de otra manera, era mi casa, que ella ponía a tono con una muchacha ayudante, ante mi viaje inminente del día siguiente a Venezuela. Lo ocurrido desde entonces ya ha sido profusamente reseñado.
De los daños colaterales de las tragedias, los menos nocivos tal vez sean los de los pasajeros varados en diversos aeropuertos; los que están fuera del país y son sorprendidos ingenuamente, pero igual sufren las consecuencias. Me enteré al día siguiente de que mi aeropuerto pendiente estaría fuera de servicio un tiempo y que, obviamente, no viajaría ese día. O sea, estaba varado en Estados Unidos. Yo salía el 25 de junio en la tarde y llegaba el 26 a las 10 y 40 de la mañana, pero los daños en la infraestructura interna del aeropuerto y en las pistas anunciaban que mi viaje estaba suspendido de facto.
Mi última noche de “vare” había sido en enero del 93, cuando me agarró una tormenta de nieve en el aeropuerto de Newark, Nueva Jersey, y tuve que pasar la noche ahí. Me dio por mandarme unos cuantos textos. De esa zafra apareció Arpegios y sortilegios, texto de la carátula del disco homónimo que le grabé a Rodrigo Riera y Jonathan Coles sobre Fernando Sor. Ese texto, por ejemplo, arrancaba con una crónica de una sabrosa tertulia de sobremesa en el hotel Plaza con Rodrigo Riera, donde comenzamos a visualizar el disco. “Sin embargo, la idea habría tomado cuerpo en la fiesta de los 69 años de Rodrigo, en casa de Alejandro Riera Zubillaga, rumba a la cual no pude asistir por estar fuera del país”. Al revisar la carátula, descubro que esa parte no fue; solo la segunda quedó impresa.
A los 40 años, nada como quedar varado para escribir con ganas —uno se sienta en la mesa del bar como diciendo: ¡Vengan, nieves!—; cosa que no pasa después de los 70. La primera diferencia, aparte de la edad, es que, lejos de estar atrapado en una tormenta, el problema era por falta de aeropuerto, el de Maiquetía, que había sido cerrado por causa del desastre natural del terremoto doble.
¡No te vistas que no vas! Casi pareció decirme mi yerno Carlos Reyes, al tiempo que llamaba a Avianca para cambiar mis boletos a una fecha predecible, que terminó siendo el 30 de junio, precisamente la que me había otorgado, por vía de gracia, el funcionario de migración a la hora de entrar al país. ¡Te di visa hasta el 30! Dijo con jovialidad. Y salieron buenos esos 5 días, para no andar con angustias de migra, de provocar una deportación por algún artículo de convencimiento, o esperar un vuelo de repatriación, pero al final no hizo falta, pues más temprano que tarde la línea aérea optó por el Arturo Michelena de Valencia. Aparte de aprovechar esos cinco días en visitar el museo y volver al rancho de Gregory y Mariana, a comer el chivo tarkari y las prometidas empanadas de cazón.
El resto fue el viacrucis de siempre: aeropuertos de madrugada y cansancio brutal. Todavía hoy sigo convaleciente, y apenas voy retornando a la normalidad de mis crónicas. ¡No fue fácil!
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