Aquí les cuento | Rescatista I
Por Aquiles Silva
Hay cosas que quisiera decir por ella...
Seguimos guiados por los sensores de nuestros corazones.
17/07/2026.- La mañana del día catorce, el hombre caminaba con particular energía sobre la acera derecha que conduce a la avenida Baralt. Pasó a mi lado como una saeta, estimulando el impulso de asirlo por un brazo y disminuir su apremio, pero, ¡qué va!, iba más rápido de lo que mis extremidades, nacidas en el Ecuador decimonónico, pudieran igualar.
Luego de una duda inicial, decidí caminar detrás de su alta figura, que seguía avanzando a pasos vigorosos. A juzgar por la vestimenta, visto desde atrás, podía apreciarse la fatiga de largos días y noches de trabajo interminable. Avanzaba muy rápido, pero sin prisa. A la altura de la cabeza, un pasamontañas como un tocado al descuido. La casaca, de tela firme, color negro mate, y, como una mano que saluda afectuosa, en torno a su brazo derecho, la insignia tricolor con su constelación intacta. A la espalda, el morral verde olivo del soldado. En su mano derecha, el casco rojo con lentes transparentes de seguridad y la lámpara de minero adosada en el frontal.
¿Qué historias llevaría en su cabeza? ¿Cuánto eco retumbará en su recuerdo? ¿Qué imágenes será capaz de describir y, desde luego, compartir?
La imposibilidad de alcanzarlo obligaba a conjeturar solamente. Cada momento transcurrido se alejaba más y la duda de poder abordarlo estuvo presente, aunque sin dejar de seguirlo por varios minutos, con la esperanza de que los cuarenta segundos del semáforo detuvieran su marcha.
Dos cuadras más adelante, cruzó a la derecha, perdiéndose de vista por un momento, Luego, ahí estaba; se había detenido a conversar con unos ancianos conocidos que compartían un café en un restaurante cercano. Los viejos amigos, un octogenario y su esposa, permanecían sentados ante las tazas del café ya consumido. Él se mantenía de pie, hablándoles con familiaridad, pero con la actitud de estar listo para continuar de inmediato su marcha.
Logré alcanzarlo y, manteniendo la distancia, decidí abordarlo.
—¡Hermano! ¿Me concedes unos minutos?
Volteó, dejando ver sus ojos enrojecidos por el poco descanso, enmarcados en un rostro delgado, bajo el cual estaban las manos asidas a los tirantes pectorales del morral. Entonces le pregunté:
—¿Podrías hablarme de tu experiencia en La Guaira?
—¡Realmente no quisiera sentirme protagonista de nada! —fue su respuesta—. Pero sí, ¡hay cosas que quisiera decir por ella! ¡Por esa niña que en los últimos días ha dado señales de vida bajo los escombros!
El hombre alto, flaco, de grandes ojos claros y rostro afeitado, de unas cuatro décadas cumplidas, continuó diciendo:
—¡Ella sigue allí, y todo lo que estamos haciendo es por ella! Tiene un nombre que, además, obliga a seguir insistiendo. Todos los rescatistas, con hijos o sin hijos, que permanecemos ahí, tenemos la convicción de que la encontraremos con vida. Si ocurre lo contrario, seguro que nuestro llanto y nuestro dolor —aunque no hemos dejado de llorar desde el primer día— serán más intensos. Hemos asumido como nuestra a esa niña con nombre y sueños que permanecen prisioneros de la terrible desgracia.
Los colaboradores internacionales han pasado sus sensores tecnológicos sobre los escombros y dijeron que "en esa estructura no había gente con vida". Eso venía ocurriendo hasta hace seis días. Pero Valentina ha logrado dar fe de vida durante una semana, y está en el edificio Costa Brava. Ella ya se ha comunicado con varias personas, hasta con una periodista. Se encuentra ahí, con una niña y otro niño.
¿Qué pasa? Ha sido muy importante la presencia de las brigadas de rescatistas internacionales con sus protocolos y sus sensores; no se puede negar la importancia de su trabajo, que ha sido de gran ayuda y que todos agradecemos. Aun así, los aparatos determinan que no hay vida. Esa es una tecnología hecha por el hombre y es susceptible de fallar. En esa estructura los sensores determinaron que no había vida, pero luego la niña se comunicó hasta que, hace solamente tres días, dejó de escuchársele.
La esperanza de encontrarla con vida se mantiene intacta, ya que el día de ayer se logró extraer a una señora, cuyo cuerpo pensaban que sería el de la niña, pero no era posible, pues se trataba de una mujer como de unos cuarenta años. Lo que nos llena de optimismo a nosotros es el hecho de que el médico forense dictaminó que la señora tenía apenas cuatro horas de haber fallecido. Esto indica que también estaba con vida y que los sensores —que han ayudado mucho a ubicar sobrevivientes— no son cien por ciento seguros. Eso nos da la esperanza de poder rescatar a Valentina, quien tiene apenas catorce años. Nosotros tenemos la certeza de que la encontraremos y eso nos anima a seguir insistiendo. Estamos acompañados por bomberos de Táchira. Ante ellos me quito el casco, porque son pequeñitos, pero tienen una gran capacidad y arrojo. Ellos, igual que nosotros, siguen guiados por los sensores de nuestros corazones. No pretendemos titulares; lo que sí queremos, y ese sería el mejor de los premios, es encontrar con vida a Valentina.
Fue un encuentro de diez minutos. Nos dimos un abrazo y, con los ojos inundados de esperanza, continuamos la marcha: él hacia los escombros del Costa Brava y yo hacia el campamento transitorio Edoardo Crema, a compartir los sueños…
Etiquetas
Compartir












