Caracas, una hechicera inolvidable | Calentamiento global aumenta...
a millón
Por José Antonio Ramírez
16/07/2026.- El sol incandescente pliega las neuronas en la hora del cenit. "El catire está arrecho" reza el refrán venezolano para referirse a los rayos solares que caen impúdicamente sobre los cráneos de los compatriotas mientras, a juro, deben trasladarse al mediodía, sea para buscar a los chicos al colegio o para ir de un lugar a otro a hacer sus diligencias.
La temperatura supera los 40 °C en Europa. Los jefes de Estado de Italia, Francia, España y Portugal han ordenado a sus ciudadanos encender los ventiladores y evitar el consumo energético mediante el uso de aires acondicionados. Resultado: cientos de ciudadanos han fallecido debido a las altas temperaturas y al fenómeno del calentamiento global.
La calentura podría subir tres grados, según estimaciones de científicos de todo el mundo. El Acuerdo de París de 2015 solo fue una burla a la humanidad por parte de aquellos que ostentan el poder. A los dueños de corporaciones o trasnacionales, ávidos de ganancias a costa de la salud de todos, no les importa el futuro de las siguientes generaciones.
América del Sur no escapa de la vorágine de calor producida, en gran medida, por estos sátrapas, quienes lanzan a la atmósfera toneladas de CO2, metales pesados y contaminación a gran escala. Sin embargo, desde la comodidad de sus oficinas en Bruselas, compran "bonos verdes" para evadir su responsabilidad y atribuírsela al resto de la humanidad.
Este fenómeno climático se conoce como El Niño y su influencia radica en que las aguas superficiales del Pacífico ecuatorial se calienten por encima de lo normal. Eso altera la circulación atmosférica y aumenta el riesgo de olas de calor, inundaciones y huracanes en distintas regiones del mundo.
Venezuela siente con palidez el golpe de calor. El fenómeno meteorológico de El Niño obliga a evitar salir en horas en las que el sol abrasa y pareciera derretir a quienes se atreven a exponerse en las principales ciudades del país. Atrás quedaron las ciudades jardín como Maracay, o el frío de Mérida, Táchira y Trujillo, donde también se perciben los embates del cambio climático.
Caracas, otrora un valle con un clima agradable que apenas rozaba los 21 grados, ahora se sumerge en un horno donde pareciera que se cuecen nuestros cuerpos al más sabroso son del 23 de Enero. Entre andanzas de buhoneros, un tráfico insufrible, la sobrepoblación y un transporte público colapsado, los caraqueños asumen con hidalguía el calor agotador.
Aquí nuestro país da la bienvenida al invierno. Las esperadas lluvias aumentan el caudal de los ríos y arrastran sedimentos en las montañas; con ellas, los habitantes de distintos pueblos observan con impotencia cómo la madre naturaleza se deshace de sus hogares, acaba con los sueños de familias enteras y aumenta el número de damnificados.
El escenario mundial no puede ser peor: tifones en Asia, Japón con deslaves, China con ciudades enteras sumergidas en agua, Filipinas arrasada por intensas precipitaciones y Türkiye con emergencias naturales. Tornados volando techos e infraestructura en Estados Unidos; Colombia con precipitaciones abundantes, y ni qué decir de Ecuador o Perú.
Nuevamente, mi mirada se pierde en el firmamento… Atónito, miro cómo los que se creen dueños del mundo someten a 9 mil 500 millones de almas a su antojo, manejan sus vidas a través de las redes sociales y hacen creer que no pasa nada. El Mundial embrutece a las masas mientras Donald Trump y Benjamin Netanyahu libran su guerra contra el "eje del mal".
Los romanos tenían una vieja estrategia ante las épocas duras: cuando el grano se agotaba en los silos, las arcas eran saqueadas por los césares, se libraban batallas a toda costa contra los bárbaros y no había cómo sostener la Roma imperial, el "pan y circo" era la solución. Distraían a las masas en el coliseo con gladiadores asesinando cristianos para la gloria de Marte.
Ha llegado el tiempo de dejar el móvil a un lado, de despegarse de las redes sociales y los mass media. No sigas comprando la narrativa del consumo excesivo que solo lucra a los dueños del capital. Y antes de que saltes chillando por la modernidad, te pregunto: ¿en cuál planeta vas a vivir? A este ritmo, no tenemos más de cincuenta años antes de perecer como los dinosaurios.
Tener conciencia sobre cómo nos afecta el cambio climático —su terrible influencia en la vida cotidiana y la alteración del planeta como sinónimo de catástrofes naturales que, además, causan ansiedad, angustia, desesperación y dolor en toda la humanidad— es imperativo para presionar a los gobiernos y cambiar el modelo de consumo depredador en Occidente.
Ya basta de ir como ovejas al matadero, felices de poseer productos tecnológicos de última gama. Las tierras raras con las que elaboran esa tecnología solo destruyen los suelos y contaminan las aguas, pues son millones de dispositivos móviles, tabletas y smart TV que van a dar a los vertederos de las ciudades cosmopolitas.
Caracas no escapa de esa realidad; de hecho, ninguna ciudad con más de 150 mil habitantes, por más pequeña que sea, lo hace. Regresemos entonces al libre pensamiento, a cuestionar lo impuesto y a reflexionar sobre qué estamos haciendo mal. De esa forma, podremos exigir con propiedad e inquirir a quienes pretenden vendernos su basura como el plus ultra.
Todas y todos somos responsables, en mayor o menor medida. Aun así, si nos organizamos, dejamos de consumir como locos y volvemos a lo analógico (al menos en los productos consumibles), podremos entonces crear una nueva conciencia ecológica del ser, respetar a nuestra madre naturaleza y garantizar la vida de nuestros hijos y nietos.
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