Caracas, 09 de junio 2026
Logo
Image

Araña feminista | La piel que sostiene la patria

Por Eduvigis Boada


09/06/2026.- Cumplir cincuenta y cinco años en una Venezuela de dolores profundos y llamaradas es llevar la historia cincelada en las sienes y en los músculos. Nacimos en 1970. Somos las hijas de una promesa de futuro que se hizo trizas temprano y que terminó enfrentándose a la crisis económica más profunda de un país sin guerra bélica que se haya visto en más de cien años.

Mas he aquí que hoy, cuando encendemos esa pequeña pantalla que cabe en la palma de la mano, el mundo virtual nos devuelve un insulto bellamente editado, un disfraz digital que pretende ignorar la geografía de nuestros cuerpos.

El algoritmo, esa maquinaria del capital que adormece las conciencias y estandariza los deseos, nos escupe imágenes de una madurez pulida en laboratorios. Nos muestra mujeres de nuestra misma edad que flotan en mares turquesas, que hablan de un autocuidado que cuesta fortunas, de sueros milagrosos para borrar el cansancio y de vacaciones soñadas para reencontrarse con el ser. Nos dicen, con una sonrisa higienizada, que los cincuenta son los nuevos treinta y que es hora de soltar las cargas.


La tiranía del bienestar burgués ante la contingencia

Al levantar la vista del vidrio iluminado, la realidad nacional nos golpea. En nuestros hogares no hay espacio para la mística individualista del bienestar burgués. La realidad de la mujer venezolana que soporta el tejido de los días es salir a trabajar con las articulaciones adoloridas, estirar el presupuesto contra un dólar que amanece distinto cada mañana y unos precios que cambian en cuestión de días desde hace diez años, para luego regresar a toda prisa y asumir la guardia del cuidado. Somos nosotras las que bañamos a las adultas y adultos mayores, las que molemos el alimento para la madre enferma, en un contexto donde el estado del bienestar fue bombardeado por el bloqueo y la desidia.

¿Qué pasa en nuestra psique cuando quedamos atrapadas en medio de esta contradicción tan violenta? La psicología social y los estudios críticos del sufrimiento contemporáneo revelan que la imposición de la "idea de felicidad" en entornos de alta hostilidad material produce una severa fractura interna. No es un simple malestar; es una disociación dolorosa. Cuando la propaganda neoliberal te repite que tu bienestar depende exclusivamente "de ti misma", de tu actitud, mientras tus manos cargan la vida a tu alrededor, la mente procesa esa distancia como una insuficiencia personal.

Se genera una culpa silenciosa, un desgaste psíquico que desgaja la salud mental de cualquiera. Esa culpa se filtra en el insomnio que ya no se cura con dormir, en la rabia que aparece sin objeto claro y en el cansancio que ningún descanso logra disolver.

Lo más cruel del mecanismo es que opera en soledad, porque el cuidado en la Venezuela contemporánea ocurre en un país donde los servicios públicos agonizan y donde la diáspora se llevó a quienes podrían haber compartido la carga. La culpa neoliberal nos hace creer que si no podemos con todo es porque algo nos falta a nosotras; nunca porque algo le falta al sistema que se desplomó encima de nuestros cuerpos.

Fuimos la juventud que vio truncada su entrada al trabajo formal por el latigazo neoliberal de los noventa; la generación que, tras una década luminosa de dignidad, recuperación soberana y derechos conquistados, tuvo que poner el cuerpo para amortiguar el colapso de 2015, y la que, luego de todo eso, vio llegar la pandemia. Tres terremotos en una sola vida.


Del desahogo individual a la exigencia colectiva

Lo que necesitamos no es un autocuidado al que no llegamos, con sus cremas, sus retiros, sus baños de tina y todo lo que el mercado nos ofrece como sucedáneo, sino un sistema colectivo que reconozca que sobre nuestros hombros se sostuvo este país en sus peores años. Requerimos servicios públicos que funcionen, pensiones que alcancen, centros de día para nuestros mayores, un acompañamiento en salud mental que no sea privilegio de clase, un sistema educativo que armonice sus horarios y ritmos con los laborales, un Estado que cuide a su población y no siga delegando sobre las mujeres. Esto no se obtiene con un filtro de Instagram; se consigue con política, con presión organizada contra quien hoy nos roba, con las redes de mujeres que sostienen este país pueblo a pueblo, con la voz de una generación que ya no está dispuesta a tragarse su propia fatiga.

Mientras tanto, lo mínimo es dejar de creernos la mentira. Cuando tu hija te pregunte cómo estás, dile: "Muy bien, mi amor", si eso es lo que necesitas para protegerla, pero a ti misma cuéntate la verdad: estás cansada, estás cargando demasiado. No te falta actitud, sino apoyo, y esa es una diferencia política, porque tu fatiga no es debilidad personal, sino el costo somático de haber sostenido tres veces una sociedad.

Esa verdad debe gritarse, gritarse de pie. Estas marcas en la piel no son derrotas; son los surcos donde sembramos la dignidad de un pueblo entero, porque nosotras no aprendimos —no sabemos— cómo doblar las rodillas.