Caracas, 09 de junio 2026
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Psicosoma | Edgar Morin: hombre holístico


Por Rosa Anca

                                                        

                                                                      Estamos en la era planetaria: donde quiera que se hallen, los seres humanos viven una aventura común.

Edgar Morin

                                                                   Nada humano me es ajeno.

Terencio


09/06/2026.- Este 29 de mayo pasó a la eternidad uno de los hombres más sabios que siempre defendió en cualquier espacio y circunstancia la vida, al ser humano. Decir que fue un intelectual, filósofo, educador, humanista, antropólogo es poco ante las dimensiones infinitas pues tendió puentes comprensivos para las áreas del conocimiento, del pensar complejo.

Este acontecimiento doloroso y sentido se me revierte al pensar en el Hogar Magdala, al cual acudimos el día siguiente con el elenco de teatro de la municipalidad de Escazú, dirigida por la profesora Ana Lucía Soto, para presentar Única mirando al mar, con más de sesenta residentes acompañados de sus familiares.

Repienso en que jamás llegaremos a la completud, a la "totalidad del conocer", nos decía Morin, porque "el conocimiento es navegar en un océano de incertidumbres a través de archipiélagos de certezas"; pues, en nuestra fragilidad etérea, necesitamos aferrarnos a cualquier cosa que nos dé seguridad: desde ilusiones, creencias, dogmas, mentiras creíbles, "mentiras verdaderas"... Cómo cuesta caminar en las dudas, en pantanos, "cumbres borrascosas", y muchas veces sabemos que nos mienten y que preferimos un "miénteme".

Así, navegamos en nuestro corto titilar, creyendo aparentes verdades y desconociendo el valor del otro; otros al creer que una parcelita del conocimiento es la verdad absoluta. Apenas somos aprendices de la vida y los "mil y un" posibles legos del rompecabezas del vivir se rearman en posibles probabilidades y, por lo general, son casi imposibles en nuestra cortica existencia. Cuán maravillosa es la comprensión humilde del "hombre justo", del maestro judío sefardí que vivió la exclusión con su familia, que sufrió la pérdida de su madre Luna cuando era un niño de diez años; sintió "Hiroshima en su interior" y cambió su apellido Nahoum por Morin para evitar la cacería de los nazis en la Segunda Guerra Mundial.

Conversar con personas mayores nos brinda oportunidades para la escucha de las experiencias y vivencias contadas por esos seres que han sobrevivido y "nadie les quita lo bailado"; seres que nos enseñan y ayudan a crear estrategias de luchas y resistencias a nivel personal, social y global. Recuerdo a mis ancestros, bisabuelos con sus cuentos y respectivas moralejas, que todo giraba en torno a la familia, amor a la Madre Tierra, la Pachamama. He trabajado en centros geriátricos y, en Costa Rica, fui voluntaria de uno privado donde reafirmé los principios básicos del pensamiento complejo de Edgar Morin: principio dialógico, principio de recursividad, principio holográfico, y comprendí que la empatía, el cuido, "mirar a los ojos con humanidad" alientan el camino espiritual, anímico, de los residentes, "ciudadanos de oro", porque la vejez no es sinónimo de enfermedad ni demencia y menos de inutilidad.

Qué dicha que el anciano sabio Morin, de 104 años, haya percibido en sus diferentes facetas y años al ser humano como a sí mismo. En sus investigaciones reflexionaba acerca de las contradicciones humanas, la subjetividad, el diálogo infinito en torno a la identidad, la migración, el cuidado a la tierra, sobre las guerras, pero siempre con la esperanza de un mundo mejor, más humano y ecológico.

¿Qué historias de vidas, potencialidades, cuentos, sueños viven las abuelitas y abuelitos en el Hogar Magdala? Se me afanan las ideas al verles en sus respectivos espacios y, realmente, fue nutricional el presentar la obra, porque se aperturan las sensibilidades, visualizaciones y enigmas en torno a la vida, la muerte, el florecer para seguir en nuevos seres visibles o invisibles. No sabemos casi nada del más allá y, mientras tanto, es mejor darse al fluir de la vida.

Este amado pensador fue uno de mis maestros y murió en París, Francia; fue creador de la teoría del pensamiento complejo, que propone entender la realidad como un todo interconectado. "El todo es más que la suma de las partes", porque al descomponer en minúsculas partes la realidad, se mutila nuestra comprensión del mundo.

Es importante anotar que Morin se define como un desviado, marginal, a veces rechazado y, lo fue, al menos en Francia, y curiosamente lo siguió siendo hasta el lanzamiento de La Voie, en 2011. "Recién a sus 90 años, hasta sus detractores se pusieron de acuerdo con sus ideas", fragmento de la entrevista realizada por Analía Matyszczyk.

Ya decía Immanuel Kant que la finitud geográfica de nuestra tierra impone a sus habitantes un principio de hospitalidad universal, reconociendo al otro el derecho de no ser tratado como enemigo. Cómo nos cuesta comprender que tenemos un "destino común" ante el cambio crítico ambiental que nos está afectando al alterar las estaciones: aumento del calor, carencia de agua, enfermedades ambientales, etc.

Morin habla sobre el cuidado de la tierra al enfatizar sobre la necesidad de la conciencia ecológica en el pensar y actuar con una ética de la tierra basada en el respeto a los derechos de la Madre Tierra, ente orgánico vivo que está en interdependencia holística.

"Estamos en la naturaleza y fuera de ella al mismo tiempo. Somos seres cósmicos, físicos, biológicos, culturales, cerebrales, espirituales. Somos hijos del cosmos, pero, debido a nuestra humanidad, nuestra cultura, nuestro espíritu y nuestra conciencia, nos hemos vuelto extraños a este cosmos del que originamos y que permanece secretamente íntimo en nosotros".

Ha publicado más de cuarenta obras y las más conocidas son: Introducción al pensamiento complejo, El método, Lecciones de la historia, La mente bien ordenada, Los siete saberes necesarios para la educación del futuro.

Tuvo gran acogida y reconocimiento internacional en los países de Latinoamérica y el primer país en otorgar el título de Doctor Honoris Causa fue la Universidad de Valencia, España, el 12 de marzo del 2004.