Caracas, una hechicera inolvidable | La noche aviva mi ser, tras...
ver el Conejo caer
Por José Antonio Ramírez
04/06/2026.- Caracas, una noche más. Esta vez, entre semana, Alejandro, luego de trabajar y ver otro día caer en el calendario absurdo de un mensaje de redes sociales, deja a propósito el celular en casa. No le dice a su esposa hacia dónde va, sabiendo de antemano a cuál lugar espectral de la urbe se dirigirá a encontrarse de nuevo con el vil conejo para tirarse al fondo de su madriguera.
Alejandro recorre de nuevo el Callejón de la Puñalada, ubicado en Sabana Grande. Evoca, rumiante, el áspero sabor a hiel mezclada con sangre, otrora tiempo mimetizada con punketos, rockeros, bohemios, malandros, lesbianas y cuchillos despiadados que partieron en dos su ego herido de hombre salvaje.
Esta noche es todavía peor. Pasar por allí no es azar; es ver —como rata en el lente de un director de cine— un formato sepia, mezclado con incienso, sonidos estridentes, cerveza, ron, perfume y mucha piel. Las tascas y bares ya no son los mismos, por supuesto; pero hay algo peor: descaro suicida, desenfreno sin límites y drogas duras que elevan a los incrédulos a creer alcanzar el elixir.
Observa con sigilo, a medida que pasa de nuevo por el mismo lugar 15 años después. Esta vez no es el tipo rudo que se caía a trompadas con quien fuera, sin temor a salir lastimado. Aprendió, de la peor manera, que se debe saber distinguir entre librar una batalla o, por el contrario, dejar pasar el agravio, pues no merece la pena asumir las consecuencias.
No obstante, tras adentrarse en el callejón, ve al Conejo, personaje del submundo, quien no duda en hacer valer su presencia tras correr a "las brujas". Él habla feo, su blin blin en el cuello reluce con oro y titanio; un séquito de féminas adula su éxito. s/Sin embargo, Alejandro lo conoce, sabe muy bien quién es, su origen y de cuál hoyo salió.
El Conejo lo ve desafiante, sabe que tiene poder, cree absurdamente en su metaverso que es un rey de la calle (street king), no le tiene miedo a la policía, asesinó a varios ya; está solicitado por múltiples delitos y lleva el volante de la droga en su zona. Los dólares llueven y comienza a lavarlos comprando inmuebles: adquiere su casa, el Toyota, la moto KLR; vuela en la pista y se percibe inmortal tras consumir tusi.
Alejandro, ahora con menos peso, más viejo, cansado, pero duro como el más fuerte acero probado en las batallas de la calle, sabe que su oponente es solo un holograma de un futuro que jamás llegará, porque el Conejo tiene como lema de vida: "¡Vive rápido, muere joven!". A él no le importa nada, se considera malandro y se lleva por delante a quien sea para conseguir su objetivo.
De nuevo, siente el déjà vu hacerse realidad. Su experiencia de vida le enseñó varios finales para quienes resuelven adoptar el mundo de la delincuencia. Por eso, serio, ve a los ojos al Conejo, sin miedo, sin temor, como quien conoce su verdadero poder que subyace en lo etéreo. Sigue erguido, tenso, con los músculos dispuestos y los nudillos prestos, pero prefiere dejar ir.
Para cuando sea publicada esta columna, el Conejo ya no existirá. Seguramente, habrá sido neutralizado por efectivos del Cicpc, quienes se desplegaron en su búsqueda, luego de haber secuestrado, violado y esclavizado a una menor de edad, tras consumir un cóctel de drogas duras, whisky de 18 años, parranda de 5 días y mucho sexo.
Alejandro lee la noticia en su cuenta en Telegram, sonríe para sus adentros y afirma, como reza el proverbio venezolano: "Dios castiga sin palo y sin rejo".
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