Nada está escrito |Juan Vicente Gómez : El Saturno de los Andes

19/05/2026.- Mirarse en el espejo es también un juego de laberintos. El viajero debe tomar una decisión trascendental: o cruzar ese umbral de sí mismo, o hacer el camino de vuelta. La quietud nunca es una opción; la inamovilidad frente a nuestra propia imagen inapelable es una forma de autocondena, es también una decisión, pero en este caso inútil. Igual ocurre con las sociedades cuando se miran a sí mismas en el reflejo de su memoria, de su pasado, de sus propios rostros.

Observar entonces lo venezolano, que comparado con sociedades imaginarias más longevas (persas, chinos, griegos) resulta un ejercicio formal más específico, no deja de tener la complejidad que la naturaleza humana siempre arroja sobre nosotros. Si en una entrega anterior auscultamos al siglo XIX y a uno de sus protagonistas más célebres (nos referimos a Antonio Guzmán Blanco), ahora invocaremos a un fantasma del pasado sepultado en la caricatura, pero con esa analogía telúrica, cimentado en las bases del Estado venezolano y en las formas —en este caso oscuras— de la política y el poder en nuestra nación.

El siglo XIX venezolano fue una sucesión de guerras civiles, caudillos llameantes y pasiones desbordadas. Venezuela era el mundo gobernado por las formas del Ello social, de las regiones de la psique más caóticas e incontrolables. En cambio, la llegada de Juan Vicente Gómez al poder instaura el triunfo absoluto y castrador del superyó. Venezuela queda constreñida en el siglo XX por las fuerzas que todo lo controlan y censuran, que anteponen el prejuicio al razonamiento y cuya histeria contenida es precisa, certera y calculada. Gómez fue la sombra junguiana de la nación, el reverso exacto de la diatriba letrada del siglo XIX.

Gómez representa la fase de consolidación brutal del Estado moderno en Venezuela. Antes de él, el Estado era una abstracción jurídica o un capricho sobre papel; con él, el Estado se hace monopolio absoluto de la violencia. Pero también Gómez es la encarnación de la sombra colectiva que Venezuela se negaba a ver. Somos un país que ama la fiesta, el desorden, la improvisación (lo guzmancista). Gómez es la compensación psíquica: el orden carcelario, la puntualidad del pago de la deuda externa, la carretera de concreto.

El arquetipo del padre devorador

Echando mano de algunas ideas del psicoanálisis, Gómez encarna el mitema de Saturno (crono), el dios que devora a sus hijos para evitar ser destronado. La crueldad gomecista no es pasional ni teatral como la de sus predecesores; es una crueldad administrativa, burocrática y fría.

No es extraño que también gustara de homologarse con Bolívar. Pero en este juego de máscaras de tragedia, si Bolívar es el Padre de la Patria, Gómez es el Hermano Mayor que pone orden en la casa mientras el Padre duerme en el Panteón. Un albacea terrible que usó la historia como un anestésico. Al exaltar el pasado heroico (conmemoraciones centenarias, estatuas, avenidas), congeló el presente. "Ya todo lo grande se hizo; ahora toca trabajar y callar". Fue una jugada maestra —y siniestra— de poiesis negativa.

Si Guzmán Blanco quería ser amado y aplaudido (Eros), Juan Vicente Gómez quería ser temido y obedecido (Thanatos). Ambos persiguieron la sombra de Bolívar, pero mientras Guzmán quería ser el "Hijo Predilecto" del Libertador, Gómez se convirtió en el albacea testamentario de la patria.

El minotauro y la voluntad de poder

Para lo venezolano, Gómez reelabora un mitema aterrador y fascinante: el del zorro andino, el campesino taimado, silencioso e insondable que doblega a la metrópoli letrada. Es la inversión de la civilización y la barbarie. Mientras los intelectuales caraqueños tejían discursos, Gómez gobernaba desde el instinto puro, desde lo que Nietzsche definiría como una voluntad de poder desprovista de ropajes morales.

Desprecia a Caracas y funda su centro de gravedad en Maracay. Se convierte en un minotauro que habita en el centro de un laberinto rural. Su poder radica en la elipsis, en lo que calla. Ante la asfixia totalitaria de este laberinto, el disidente, el poeta y el estudiante no tienen más remedio que el destierro, las cadenas o asumir el silencio. Mientras tanto, el minotauro de los Andes engorda las arcas y pavimenta el camino hacia la modernidad petrolera.

Las luces en la sombra

Gómez —la Máscara de piedra: representa la realidad del poder. La aceptación de lo que somos: tierra, violencia, petróleo. Es la psicosis paranoica, pero funcional. Gómez gastó en infraestructura de control: carreteras —para mover tropas, ejército moderno y petróleo. Trató a Venezuela como su finca personal. Gómez carecía de la gracia (charis), pero tenía la gravitas (peso). Su dandismo es el del patriarca bíblico: cruel, justo a su manera y absolutamente solitario. Murió en su cama, dueño del país, mientras Guzmán murió en el exilio, añorando aplausos. Es el dandy del positivismo —Vallenilla Lanz y su cesarismo democrático—. Su estética es la del hombre fuerte que no necesita adornos porque su poder es real. No usaba medallas rimbombantes como Guzmán; usaba un uniforme sobrio o traje de civil, guantes y bastón.

¿Cuáles son sus luces en este cuadro de claroscuros? Que bajo el peso de su bota, el caudillismo fragmentario del siglo XIX muere para no volver. Gómez crea el Ejército Nacional, unifica la hacienda pública, paga la deuda externa y lega, a su muerte, el cascarón de un Estado moderno. Creador de la red nacional de carreteras, puertos, del Banco Central; diseñador de la industria petrolera venezolana —junto con Rockefeller— y constructor de las formas actuales de la economía, este expresidente es, sin duda, un fundador terrible. Es el constructor sombrío de la casa en la que florecería la modernidad.

Jesús Ernesto Parra 

 

 

 


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