Micromentarios | Amo los juegos de palabras

19/05/2026.- Amo los juegos de palabras. Por eso, me gustan en primer lugar las jitanjáforas.

Para quienes desconocen qué son, debo señalar que no se cuentan entre los animales ni entre las plantas. Tampoco son hongos, bacterias, ni otro tipo de ser vivo. Se trata de palabras o combinaciones de ellas que carecen de significado, pues no designan a ningún ser, objeto o acción.

El término jitanjáfora fue tomado en 1942 por el escritor mexicano Alfonso Reyes de unos versos sinsentidos que compuso el poeta cubano Mariano Brull para que los recitaran sus hijas:

Filiflama alabe cundre

ala olalúnea alífera

alveolea jitanjáfora

liris salumba salífera.

Las jitanjáforas, sin embargo, son muy anteriores a 1942 y existen desde hace varios siglos, no nada más en español, sino en diversos idiomas.

De hecho, las más célebres jitanjáforas que se conocen en nuestro idioma aparecieron en 1886, en la zarzuela El joven telémaco, del compositor español Eusebio Blasco, cuando en un momento de la misma el coro cantaba el siguiente estribillo:

Suripanta, la suripanta,

maqui, trunqui da somatén.

Sun fáribum, sun fáriben,

maca trúpitem sanganesim.

Eri sunqui

maca trunqui

suri pantén.

¡Suripen!

Suripanta, la suripanta

melitonimen. ¡Son pen!

Mi gusto por las jitanjáforas no es nuevo. Viene de la infancia. Por supuesto, no sabía entonces que tales vocablos se llamaban así, pero me gustaba crear sonidos nuevos con las letras y las sílabas, e inventar palabras que, aunque carecieran de significado, exhibieran una gran sonoridad.

Posteriormente, cada vez que me topo con un vacío en el idioma, procuro llenarlo con un término que invento al instante. Debo reconocer, sin embargo, que carezco de esa sabiduría popular que da vida a vocablos y hace que se propaguen en poco tiempo. De los creados por mí, ni siquiera yo me acuerdo.

Y ya que hablo de la creación de palabras, aparece en mi memoria un episodio vivido cuando estudié en el liceo Luis Espelozín.

Allí tuve un compañero de estudios tan afecto como yo a la creación de vocablos. Se llamaba Eduardo Pérez.

Mi especialidad eran los verbos y recuerdo dos: panear (hacer pan) y bebaguar (beber agua). Además, he creado decenas de términos que, como ya señalé, olvido poco después. Solo he utilizado uno en dos de mis libros: entrepulpo, como sinónimo de enredo, lío en el que quienes intervienen usan sus brazos. Que sepa, nadie más lo ha empleado. Supongo, eso sí, que quienes lo han visto han comprendido su significado.

Nuestro juego preferido consistía en conjugar palabras terminadas en ar, er e ir, que no fueran verbos. Por lo general, lo hacíamos en presente, pero a veces nos aventurábamos en otros tiempos verbales.

Siempre recuerdo algunas de las muchas sesiones de conjugaciones bizarras, como él las llamaba. He aquí tres de los términos y nombres que conjugábamos y el resultado de los mismos: Bolívar, mujer y casimir.

Yo bolivo, tú bolivas, él boliva, nosotros bolivamos, vosotros boliváis, ellos bolivan.

Yo mujo, tú mujes, él muja, nosotros mujamos, vosotros mujáis, ellos mujan.

Yo casimo, tú casimes, él casime, nosotros casimimos, vosotros casimíis, ellos casimen.

Armando José Sequera 

 

 


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