Libros libres | Presencia de Teófilo Tortolero

17/05/2026.- A pesar del prestigio que la envuelve —o a lo mejor por ello mismo—, la poesía casi nunca ha sido la forma literaria mejor comprendida o interpretada. En principio, se trata de una forma sintetizada de expresión verbal, con una tradición muy vasta y poco estudiada u observada por la crítica, al menos en la época actual, donde casi no existen revistas ni publicaciones críticas para ponerla en valor. En Venezuela contamos con una tradición poética escasamente valorada; lo visible es una proliferación de textos de autores que en su mayoría ignoran o van a espaldas de esa tradición y, en muchos casos, aun conviviendo con ella, ignoran deliberadamente a los autores relevantes. Hoy voy a ocuparme precisamente de uno de ellos: Teófilo Tortolero.

Nacido en la ciudad capital del estado Carabobo, Valencia, en 1938, Tortolero estudió en el colegio Don Bosco de esa ciudad y continuó secundaria en el Instituto La Salle y el liceo Pedro Gual. Dado siempre a la lectura, Tortolero estudia Derecho en la Universidad de Carabobo y frecuenta grupos literarios en Valencia como Azar-Rey, entre 1968-69, y luego se vincula a grupos literarios en la universidad, donde asume funciones como director de Cultura y cofundador de las revistas culturales Poesía y Zona Tórrida. Sus poemas comienzan a tejerse en esos años hasta finales de la década de los noventa, en uno de cuyos años fallece (1990) relativamente joven, dejando una familia: su esposa Livia Alonso y sus hijos Sergio, Livia Raquel y Rebeca. Vivió sus últimos años en la ciudad yaracuyana de Nirgua, donde forjó buena parte de su obra y donde fue frecuentado por familiares y amigos. Entre los escritores amigos que le rodearon están Eugenio Montejo, J. M. Villarroel París, Alejandro Oliveros, Reynaldo Pérez-Só, Adhely Rivero, José Solanes, Rafael Humberto Ramos Giugni, Luis Alberto Angulo, Pedro Téllez y numerosos escritores carabobeños, caraqueños y yaracuyanos, entre los cuales me cuento.

El temperamento o carácter de Teófilo Tortolero fue siempre reservado y reconcentrado, de hombre silencioso y parco, dado a la lectura y escritura; practicando esta última con mucho recato y disciplina. A los treinta y dos años publica su primer libro, titulado Demencia precoz (1968), en cuyo título ya se anuncia una naturaleza mental trabajada al amparo de una imaginación lírica indagadora de resultados estéticos sustantivos, prefigurados por una serie de esencias constantes en su trabajo literario posterior. Desde un primer momento, se percibe una dislocación doble del sino psíquico del poeta, un descalabro existencial hilado al verbo y estructurado en un mecanismo detonante, esto es, una ruptura interna que va a ser signo permanente de su poesía, advirtiendo desde un principio en su trabajo inicial mediante los subtítulos de Arsénicos; esto es, elementos letales impregnando su voz:

Mi hermana se ha quedado

mirando por mi único ojo

o:

Alguien se quiere llevar mi inocencia.

Reza para que no suceda.

Se observa en su obra un yo en permanente búsqueda de refugio en el seno familiar, en la paz de un pueblo o espacio pequeño:

Se fue la pestaña (madre)

hijo, cierra esa lluvia

que la mano no era sino pasto muerto.

A medida que el libro transcurre entre lluvias y praderas, se va anunciando una “caída”:

No somos ángeles

aunque recemos en el comedor

con el hocico del animal sagrado.

La alusión al elemento demencial nos remite a un espacio de dislocación mental o sensorial que es parte sustantiva de la visión de nuestro poeta; no solo en este libro, pues va a ir en aumento en registros en el transcurso de toda su obra, versionada bajo múltiples aspectos y efectos a lo largo de este breve escrito: la caída en el tiempo, el fracaso, la amargura, la ansiedad, el vacío, la angustia existencial y el dolor por los padres o familiares idos: elementos constantes en el mundo de Tortolero hasta el punto en que parecen moldear la mente del autor-lector en una sola, tal iremos insinuando en el decurso de este trabajo. Tales sentimientos o presentimientos, a su vez, están urdidos a través de una forma dotada de elementos musicales que funcionan a la manera de transmisores verbales: Brahms, compositores románticos, sonatas, músicas nocturnales, sones tradicionales parecen apoderarse de los instantes emocionales, cuando el poeta es presa de la angustia o la desesperación: Es terrible la llama en la caída, nos dice: Me aproximé al trono funerario (…) Sus patas de bálsamo se desplomaban / en el lago derecho (…)

O en estos versos:

Hoy es diluvio. Ya están con nosotros

los pájaros gritando

clavando sus picos en el Arca

Se produce, así, la primera alusión a “la última tierra”: allí donde se hallan la casa, la infancia, la tierra prometida o la muerte.

Si volviera con el ala caída en la mejilla

nos dice, y más abajo:

He terminado

mi garganta está seca

al detenerse los blancos

en la sala de máquinas

Teófilo Tortolero

 

Gabriel Jiménez Emán

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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