Las dos orillas | La guerra por el alma de la pantalla

17/05/2026.- Con mucha frecuencia, la historia no es lineal, sino un conjunto de ciclos que se muerden la cola como un “ouroboros”. Hoy, mientras vemos cómo la industria del entretenimiento, uno de los motores de la economía global, se estremece ante la integración de redes neuronales en la postproducción, es imposible no escuchar el eco de los martillos golpeando los telares de vapor en la Inglaterra de 1811. La reciente adquisición de InterPositive —la startup de inteligencia artificial fundada por Ben Affleck— por parte de Netflix no es una mera transacción financiera de 600 millones de dólares; es el punto de partida de un debate existencial que nos llama a desempolvar el concepto de “ludismo”.

Breve historia de la resistencia tecnológica

Para entender la cosa, debemos rescatar la herencia de la resistencia artesana de Ned Ludd. A principios del siglo XIX, el ludismo no se expresó como odio ciego a la tecnología, sino como una respuesta política y social al deterioro de las condiciones de vida. Los tejedores y trabajadores textiles cualificados no destruían máquinas por desconocimiento, sino como un método de presión para proteger su "economía moral" frente a un capitalismo que priorizaba el rendimiento sobre el bienestar humano. En España, por ejemplo, esta resistencia tuvo su propio capítulo sangriento con los eventos de Alcoy en 1821 (Valencia), donde la quema de máquinas de peinar e hilar marcó el comienzo de una lucha operaria que cuestionaba quién era el verdadero beneficiario de ese progreso técnico.

Esta defensa de la "economía moral", propuesta por E. P. Thompson en el ensayo La economía moral de la multitud inglesa en el siglo XVIII (1971), se reedita hoy en los sets de grabación. Los trabajadores del sector audiovisual —editores, iluminadores, coloristas— no rechazan la innovación por herencia, sino más bien por la ruptura del contrato social que la automatización impone. La IA de Netflix actúa, en la práctica, como un "esquirol" digital que no se ensucia las manos; un operario que no requiere sindicatos, no padece el cansancio de esta modernidad tardía y no reclama derechos, minando la base misma de la subsistencia del trabajador intelectual.

El modelo de InterPositive y la captura de datos propietarios

InterPositive, la startup de Affleck, representa un nuevo límite de esta tensión y, quizás, su aspecto más alarmante. A diferencia de otros modelos genéricos, esta herramienta ha sido entrenada con un conjunto de datos patentado que incluye diarios de producción, notas de dirección y material inédito extraído de la propia trayectoria de Affleck —posiblemente diseccionando la lógica visual de filmes como Argo o The Way Back—. El software promete automatizar la consistencia editorial y la lógica visual, preservando las "reglas cinematográficas" ante los problemas emergentes del rodaje.

Esto plantea una paradoja de autoría que raya en lo oscuro. Es un acto de canibalismo intelectual: utilizar el legado y la experiencia de un cineasta para alimentar un algoritmo que, eventualmente, hará prescindible su presencia física en la sala de edición. Es la creación de un "avatar algorítmico" que extrae el valor del talento humano para convertirlo en un activo corporativo perpetuo. Lo que antes era un conocimiento místico y, muchas veces, hermético, compartido en la comunidad creativa, ahora es cercado y privatizado bajo el control absoluto de una plataforma en Los Gatos, California.

Perspectiva marxista sobre los medios de producción

El marxismo clásico avisó sobre esta dinámica de alienación. Para Marx, el problema nunca residió en la máquina en sí, sino en las relaciones de producción. El instrumento de trabajo, cuando se convierte en autómata, entra en competencia directa con el obrero, transformando la fuerza humana en un mero apéndice del capital. Bajo este enfoque, la adquisición de InterPositive no es una simple mejora de flujo de trabajo, sino un movimiento estratégico para controlar la totalidad de la cadena de valor.

Netflix deja de ser un distribuidor para convertirse en el dueño del "martillo" digital. Al controlar la tecnología de postproducción, la plataforma decide no solo qué historias se cuentan, sino cómo se construyen técnicamente, eliminando la diversidad de procesos que antes dependían de técnicos independientes. Es una forma de soberanía tecnológica que reduce la visión artística a un parámetro ejecutable por un software propietario. Ya no se trata de quién dirige la película, sino de quién posee el algoritmo que la ensambla.

El neoludismo y el gobierno de la inteligencia artificial

El neoludismo contemporáneo no debe verse como un rechazo absoluto a la ciencia, sino como una crítica necesaria a la deshumanización digital. Como señalaba H.G. Wells en Esquema de la Historia (1920), el peligro reside en la falta de madurez social para gestionar la potencia de nuestros inventos. Mientras Netflix integra a Ben Affleck como asesor senior para dirigir esta transición, los sindicatos y la sociedad civil se enfrentan al reto de regular el uso de modelos entrenados con el trabajo de miles de artistas que nunca dieron su consentimiento para ser "desinstalados" por la fuerza de la automatización.

Las lecciones del pasado son claras y amargas. El ludismo original no detuvo la Revolución Industrial, pero fue el catalizador de la defensa de los derechos fundamentales. En pleno siglo XXI, el espectro del "nuevo ludismo" no busca el sabotaje físico, sino una ética de datos que impida que la creatividad sea reducida a un proceso de acumulación por desposesión.

La compra de InterPositive es el inicio de una nueva terapia de choque en la cultura global por parte de la industria cultural. No podemos permitir que el embelesamiento por la eficiencia le pase la escoba a la marca humana de la cinematografía. La historia nos enseña que el progreso solo es real si es compartido; de lo contrario, es solo una arquitectura de dominación. En este movimiento, el mayor pecado de la industria no es usar la IA, sino olvidar que el arte debe ser un acto de voluntad humana, soberano y esencialmente imperfecto, con alma.

Armando Carrieri

 

 

 

 

 


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