La locura y las letras | Cuentos cortos
17/05/2026.- Hoy voy a iniciar, en el marco de la columna La locura y las letras, una serie de cuentos cortos con pequeñas enseñanzas sobre la vida cotidiana de un niño, que tenía por nombre Rato, que se fue haciendo hombre, sin saberlo, pero siempre con la esperanza de aprender de las más sencillas experiencias de la vida.
Los cuentos cortos de Rato a rato (para padres e hijos).
Rato por accidente
De repente apareció Rato, así se llamaba el muchacho que corría por todo el jardín de su casa persiguiendo una lagartija. No tenía la china para dispararle una piedra, una parapara, una metra o cualquier otro objeto que le permitiera atraparla; la lagartija era muy veloz y se le escapaba.
Aparecía de a ratos, y Rato, de rato en rato, la perseguía sin éxito. Su madre no dejaba de llamarlo constantemente.
—Rato, quédate tranquilo, deja de correr por todo el jardín y ven a ayudarme, aunque sea un rato, para recoger la ropa seca guindada en la cuerda en el patio de atrás.
Rato la miraba con cara de fastidio, y ella respondía a ese gesto de desaprobación:
—Bueno, Ratico, mi amor, aunque sea un ratico. Y Rato iba, la ayudaba y se regresaba a tratar de capturar a la veloz lagartija que se había adueñado del jardín de su casa, cosa que hacía más frecuentemente por largo rato cuando no había nadie merodeando por el jardín.
Sobre todo, Rato, que era quien pasaba los ratos más largos en el jardín. Rato era un niño accidentado. Era el menor de cinco hermanos, cuatro hembras y él; cada una quería tenerlo un ratico en sus brazos y Rato pasaba de brazo en brazo todo el santo rato, para no decir el santo día, que se había convertido para él en los ratos del día más endiabladamente fastidiosos y desagradables.
Cuando oía a una de sus hermanas que lo llamaba:
—Rato, ¿dónde estás?, ¿dónde estás, Ratico? Ven un ratico conmigo. Salía corriendo al jardín y se escondía detrás del tronco grueso del árbol de mango. Si lo encontraban, eso podía significar un largo rato de brazo en brazo. Rato había sido un accidente en la vida de sus padres, que ya no estaban juntos en la intimidad, sino de a raticos. Fue un parto rápido, duró poco rato, en un embarazo de a ratos embarazoso. Fue un niño sietemesino. Su madre ya no era la moza y menos la musa que había parido a sus cuatro hermanas. Su gestación, embarazo y parto fue un accidente en la vida de sus padres y, sobre todo, en la de él; no fue un embarazo planificado ni previsto y menos deseado. Su madre lo parió cuando le quedaba poco rato, por su edad, para parir con el menor riesgo posible.
Para compensar esa carencia afectiva, tuvo en su vida más brazos de lo normal y más ratos con otros brazos que con los suyos propios. Sus hermanas se peleaban para tenerlo el mayor rato posible en sus brazos. Todo el día se oía en su casa el estribillo: ¡Ahora me toca a mí un ratico! Y de rato en rato, en brazo y brazo, pasaba el día. Su madre y su padre eran los únicos que no lo tenían en sus brazos, ni por las ganas ni por el rato para hacerlo. Un día, sus padres se percataron de que no le habían puesto nombre al niño, y como todo el día lo que se escuchaba en la casa era "Ahora me toca mi rato a mí", decidieron ponerle por nombre Rato; fue una forma accidental de llamarlo. Desde entonces, su vida ha estado signada por ratos accidentados.
De este corto cuento se puede derivar como enseñanza que para vivir la vida a plenitud hay que pasar buenos ratos en el lugar indicado, en los momentos precisos y con las personas necesarias.
Humberto Castillo Gallegos
