Aquí les cuento | ¿Quería comerse el sol?
A los niños neurodivergentes
A la maestra Berki Córdova
15/05/2026.- Todos tendrían que saber que, además del derecho de los niños y niñas a la educación, existen maestros y maestras que, por su singular manera de realizar su trabajo, comienzan a hacerse conocer, amorosamente, en los pueblos y ciudades, al afectar positivamente a los discentes confiados a su cuidado.
La inspiración de estos maestros siempre está vinculada al ejemplo de algún ícono histórico, como es el caso de Simón Rodríguez, Belén Sanjuán y muchos otros en Venezuela.
Lo que sí podemos afirmar es que las escuelas son el escenario propicio para que afloren todas las humanas cualidades de las mujeres y hombres encargados de formar a los niños y niñas confiados a su cuidado.
El tratamiento de niños con necesidades especiales de aprendizaje y relacionamiento social está, obligatoriamente, vinculado a la presencia de educadores, con la preparación profesional necesaria para tan delicada atención.
Primero, para detectar las necesidades de los niños y niñas neurodivergentes, otros con condiciones de limitaciones motoras, dificultades con el lenguaje, etcétera.
En días recientes, visitando una escuela, conocí a un niño extraordinario llamado Reptiel.
La madre le acompañaba a una sesión de cuentacuentos que se realizaba en una escuela ubicada en un sector de Puerto Ordaz. Los narradores de cuentos hicieron un trabajo muy eficiente, logrando captar la atención de todos los niños, entre los que destacaba Reptiel, por ser el que más pareciera entender los contenidos de cada palabra pronunciada por los artistas narradores.
Al finalizar aquella actividad, me le acerqué a la madre y ella le dijo al niño: —¡Salude al señor!
Él no pareció escucharla. En su rostro se dibujaba una sonrisa y daba la impresión de que, al mirar a todos los asistentes a la contada, que comenzaban a retirarse a sus hogares, les leyera el pensamiento.
Era evidente que en su cabeza se habían desatado los colores de todas las cintas de un sebucán creativo, que le mantuvieron contándose nuevas aventuras.
La señora Diana me explicaba que, desde niño, por tener la condición que hoy conocemos como autismo, Reptiel recibió desde pequeño la implacable persecución de sus compañeros de escuela por permanecer abstraído, mirando a través de las paredes todo lo que acontecía en su universo circundante.
Cuando le hablaban, escuchaba primero los latidos del corazón de sus interlocutores y podía anticipar el contenido de los mensajes y el discurso, antes de ser proferido por la maestra y sus compañeros. Estos últimos no toleraban las respuestas anticipadas que Reptiel les daba a sus pensamientos.
Ah, nunca se reía de los chistes de los otros niños, motivado a que estaban despojados de gracia y no involucraban ninguna sorpresa. Nada, aparentemente, le atraía.
Y nadie entendía por qué permanecía horas enteras observando la montaña que se levanta al sur de la ciudad, contando las bandadas de garzas que cruzaban el río con su magia de colores, y cada objeto lanzado al camino desde los autos y desde las manos de la gente acostumbrada a echar la basura. Se detenía a voltear las piedras para descubrir la vida que bajo su fresca y húmeda sombra se abriga.
Había mucha intolerancia con el niño, ¡y por eso tuve que peregrinar en procura de una escuela diferente donde llevarlo a estudiar bachillerato! —dijo la madre.
¡Al fin!, exclamó, cuando conoció la existencia de una escuela cercana, además, donde recibían a los niños neurodivergentes y los atendían con mucho amor y profesionalismo.
Los Precursores se llamaba la escuela. De la mano de la profesora Berki Córdova, una educadora conocedora de las naturales condiciones de los niños y niñas neurodivergentes, prosiguió su educación.
Desde entonces, no tuvo mayores dificultades para relacionarse con los demás y avanzar, a paso sostenido, hacia su formación.
Y allí se mantuvo desde su primer año hasta salir de bachiller.
La profesora Berki explicaba entre sonrisas y ojos húmedos de recuerdos las anécdotas de Reptiel.
Ese muchacho decía que tenía un sueño entre su cabeza de genio que logré que me confiara, y consistía en que quería comerse el sol más hermoso que había visto. Insistía en que la Tierra estaba llena de muchos soles.
Pero lo que a él le llamaba la atención era el que estaba lavándose la cara en los atardeceres de la represa de Macagua, donde se produce la electricidad.
¡Ese es el sol más hermoso!, decía, ¡y yo me lo quiero comer!
Reptiel se graduó de bachiller y partió de la ciudad a estudiar en una universidad mexicana que le había otorgado beca para hacerse experto en vulcanología, que de eso conoce mucho la universidad mexicana.
La tesis de Reptiel cuando se hizo doctor fue: “La domesticación del Popocatépetl, para llevar energía a todos los fogones y cocinas de la Ciudad de México, canalizados por tuberías de bambú”.
La presentación de la tesis recibió honores académicos y se regó la fama del científico venezolano.
Los servicios profesionales de Reptiel fueron requeridos por todos los países del mundo donde hubiera la necesidad de aplacar los volcanes y utilizar su energía para algo útil a la sociedad.
La profesora Berki no contiene la risa cuando nos contó que en un reencuentro que hicieron con los muchachos que se graduaron con Reptiel, allá en el mirador de la represa de Macagua, apareció el doctor, justamente a las cinco y cincuenta minutos de la tarde, y todos corrieron a abrazarlo, manteniéndolo ocupado y distraído hasta que el sol se ocultó allá sobre Vista Hermosa, sin que Reptiel se lo comiera, al menos en esa tarde.
Aquiles Silva
