Letra fría | Christine 1
15/05/2026.- El primer flechazo ocurrió en la Gare Saint-Lazare, el 4 de octubre de 1960; esa era la estación para abordar el tren de la ruta París-Le Havre, puerto en la región de Normandía, al norte de Francia, donde abordaría el barco para ir a Nueva York. Ya en el tren, salió a fumar y la vio venir al tren, vestida de azul, con un perrito pequinés blanco; cuenta que quedó impactado por la belleza de la muchacha y la suciedad del perro. Y allí se activaron los mecanismos del amor. Ese tren era exclusivo para quienes abordarían el buque Liberté rumbo a Nueva York, lo que significaba un buen augurio; tres horas en tren al puerto y luego el viaje por barco a la Gran Manzana. ¡Mejor imposible!
Sin embargo, no iba a ser tan fácil. Para empezar, la muchacha no subió a su vagón, por lo que comenzó a buscarla para averiguar si viajaba sola o acompañada, hasta que la encontró sola y dormida en su asiento, con el cachorro a sus pies. Ya en Normandía, la siguió y, al abordar el barco, cuando monsieur Pellegrin, el jefe del comedor, la saludó con familiaridad: “Bonjour, mademoiselle”, comprendió que no era la primera vez que abordaba el buque, que era soltera y probablemente francesa. El pretendiente no perdió tiempo y le pidió a Pellegrin, a quien ya conocía, que lo sentara en la mesa de ella, pero lamentablemente, los ocho puestos ya estaban asignados, y el maître en una mesa cercana, con gente muy simpática, incluida una hermosa mujer norteamericana que le sentó a su lado el celestino francés, ¡pero nada que ver!, los ojos del joven Alberto estuvieron clavados en la muchacha del pequinés durante toda la comida.
En medio de sus pensamientos enamorados, pensó acertadamente que tarde o temprano la muchacha tendría que ir a cubierta a llevar al perrito a hacer sus necesidades, y allá fue a parar a montar su romántica guardia, en el paso obligado, a la salida de las pesadas puertas, hasta que apareció la muchacha con el animalito, en las escaleras, y ¡ahí empezó ese corazón a retumbar! Le abrió la puerta y, después de las gracias gentiles, ¡nunca antes un perro sirvió para echarle los perros a una hermosa mujer!
—¡Qué bonito perro! Es pequinés, ¿verdad?
Ella sonrió y respondió con gracia:
—¡Pero está muy sucio!
Con el perrito de excusa, el joven Alberto continuó:
—Pero es un pequinés blanco. ¿Cómo se llama?
—Ho Toy —le dijo.
Ella sonrió y respondió con gracia:
—¡Pero está muy sucio!
Con el perrito de excusa, el joven Alberto continuó:
—Pero es un pequinés blanco. ¿Cómo se llama?
—Ho Toy —le dijo.
La lluvia de París, que encharcó al perro, y él contándole que venía de Japón rumbo a Nueva York alargaron la charla, y le preguntó:
—¿Se dice "de Japón" o "du Japón"?
Y, como caída del cielo, le cayó la pregunta:
—¡¿Usted no es francés?! Y el piropo: —¡Habla muy bien el francés!
Al decir que era venezolano, ella le contó que conocía a unos venezolanos, Luis Guevara y Óscar Molinari; por suerte, ambos parientes suyos. ¡Ahí se soltaron los caballos! Se enteró de que vivía en Palm Beach, Florida, que iba a Chicago a visitar a su hermana, que, junto al marido, tenían una agencia de viajes Embassy Travel, de la que ella llevaba la contabilidad, por lo que logró su boleto de primera clase con caviar y foie gras por noventa dólares. O sea, la confianza y simpatía anidó en ellos.
A Christine le tocó al lado un diplomático que se convirtió en su guardián; Dominique se llamaba el fatídico chaperón, que se les pegó como un chicle, hasta para sacar al perro. Lo único bueno del tipo, que era, por cierto, chiquitico, fue que junto a ella descubrió que en tercera clase tocaba una orquesta buenísima y era muy divertido, por lo que bajaban todas las noches. Pero como a nadie le falta Dios, la penúltima noche en el barco, para la cena del capitán, ella fue a la peluquería y, como dice el dicho: “Un ángel cayó del cielo”, y mientras la peinaban, una señora rubia, ya mayor, de Nueva York, tomando sus hombros, le dijo a su espalda: Estás cometiendo un gran error, jovencita.
Excuse me? Preguntó al voltear y la doña siguió: Deberías intentar conquistar a ese venezolano y dejar de perder el tiempo con todos esos franceses. Está locamente enamorado de ti y no te das cuenta.
¿Qué te hace pensar eso? Preguntó en perfecto inglés.
La doña respondió: Porque me siento en la mesa entre la tuya y la suya, y él no deja de mirarte. Deja de perder el tiempo, cariño, e intenta conquistar a ese venezolano; él es el indicado para ti.
La joven Christine pensó: Menos mal que me lo dice solo a mí, que nadie está escuchando.
Ya después de la cena, unos 15 jóvenes estaban reunidos y Alberto acercó una silla al lado de Christine y apareció la maravillosa señora y le dijo al oído: Me alegra ver que sigues mi consejo.
Lo curioso del caso es que minutos antes le había susurrado al joven Alberto: “No dejes que se te escape”.
Cuenta don Alberto en su libro que más nunca supieron de ella.
Humberto Márquez
