Tejer con la palabra |Navegar en la furia de unas aguas turbulentas...
Es "La belleza"

13/05/2026.- El libro La belleza, de la poeta chilena Amanda Durán, editorial Acirema (2013), sería nuestro segundo texto explorando voces más allá de las fronteras venezolanas, en este espacio dedicado a la literatura escrita por mujeres. El primero fue Li, de la escritora y editora mexicana Adriana Tafoya. Habrá más sorpresas para este año y los venideros.

Este extraordinario y recomendado poemario llegó a mis manos hace más de dos años con la promesa de una poesía cargada de disertaciones sobre la mujer. Lo había apenas hojeado y al poco tiempo supe del lamentable fallecimiento de la autora. La joven poeta se quitó la vida aproximadamente un año después de esta edición de Acirema. Aunque como poeta el tema de la muerte me atrae, confieso que conservo un prurito sobre esta por agencia propia. Por fin me atreví a leerlo una noche de tormenta eléctrica. Encontré crudeza, belleza, potencia. La autora, en su delirio mortuorio, lleva a la persona lectora por el precipicio del duelo en su máxima (y también mínima) expresión. Para mi sorpresa, no cualquier duelo, el duelo por la madre.
Leer La belleza es como navegar montaña abajo en un río de los Andes, sin más barca que el cuerpo, hundirse en sus remolinos y salir ilesa para contemplar el silencio de unas aguas quietas y cristalinas, de vez en cuando, tras haber sobrevivido, aun sin quererlo, por las turbias y agresivas corrientes de desconocido destino. La poeta expresa con precisión quirúrgica un duelo delirante y obsesivo por la figura de la madre, quien fallece dejando la pesada carga de la vida que continúa: "La última palabra de mi madre fue un aullido (…) Ella quedó ahí observando / cómo el reloj seguía el mismo baile”.
El poemario cuestiona con franqueza prejuicios sobre la muerte en una elaborada elucubración sobre nuestra ridícula ignorancia, impotencia, pasividad ante ella. En un melodrama, se deja ver una relación entre cómplice y rebelde con la muerte, una relación marcada culturalmente por la angustia de un pueblo mortificado por la dictadura. La partida es extremadamente dolorosa e inaceptable: “Yo elijo amor, pero es furia / la rabia que un universo que no duerme / y se abriga, muerto de frío / bajo mis uñas / al advertir el hueco de su carne (…) Yo quisiera furia —aunque elegiría amor / y no esta falta”.
Así, los vaivenes de una hija indefensa se dejan escurrir con transparencia pueril por las páginas de los poemas sin nombres, lo que da la sensación de caída en picada, sin freno, sin filtros. Además, en un gesto infantil, refleja su propia incapacidad asumiendo respuestas de la madre muerta: "Ella, / ahogada por la angustia / contenida por el muro y esa / escalera a la nada (...)”; y se proyecta a sí misma en la figura de su madre, al punto de (con)fundirse con ella.
El equilibrio es un pez
golpeando la pecera para escapar hacia adentro.
El equilibrio es un pez
golpeando
hacia adentro
yo sin ti / tú conmigo
Proyectadas en la trizadura transparente, al margen ya
del agua y del aire.
Las figuras recurrentes de agua, peces, pájaros, aire, sombra, luz, Dios, dejan una leve sensación de paz, al tiempo que las emociones explícitas en el poema como angustia, furia, rabia y el cuerpo, en especial la boca como el umbral de un vacío insoportable, son el marco donde la poeta eleva a la idolatría a la hermosa y siempre buena madre, quien vivió sin duda una vida de pesares, pero quien se convierte en ejemplo de vida en su “eterna bondad” y que trasciende a la muerte, reforzando así el estereotipo social que el patriarcado asigna a la figura materna. Una madre eterna, pero volátil, cuyo espíritu permanece inmanente entre las luces y las sombras de una hija, que se queda inconforme ante “la insufrible serenidad de su falta”.
Las madres no mueren,
abren el pecho,
tienden sus brazos como sábanas
para que duerman allí sus hijos.
Por eso, cuando me tocó ser madre
me agarré bien el traje de leche, y a esos sucios delantales
ensayando una y otra vez frente al espejo
la sonrisa tierna
para seguir amamantándolo todo
hasta la arcada.

Amanda Durán (Chile, 1982), poeta y artista visual. Es una de las voces fundamentales de la poesía chilena y latinoamericana contemporánea. Su obra fue publicada en varios países de habla hispana y traducida a varias lenguas. Sus libros: Zona Primavera, Ovulada, Antro; misa para señoritas, La belleza, siendo su primera obra publicada en Venezuela, seguida de Kemé, ganadora de la VI Bienal Juan Veroes. Fallece en 2025, a pocos meces de ser galardonada con este premio. Fue reconocida por convocar, desde su obra, a distintos/as artistas a nombrar la muerte.
Durán, A. (2013). La belleza. Poemario. Editorial Acirema.
Penélope Claret Toro León
Comunidad de autoras Tejer con la palabra
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