Nada está escrito | El crepúsculo del ídolo
Las estatuas tienen miedo de los hombres que las adoran, porque saben que el paso siguiente es el derribo.
Jorge Luis Borges
11/05/2026.- El espejo tenía una sola cara. Hubo un tiempo en que Venezuela no era una geografía, sino el decorado para un solo hombre. Antonio Guzmán Blanco, el Ilustre Americano, no gobernó una nación; ofició una misa de cuerpo presente ante su propia efigie. Su tragedia no fue la corrupción, esa cifra del diez por ciento que la historia le anota como un estigma contable, sino su incapacidad para distinguir su rostro de la piedra.
Como advirtiera Baudelaire, el dandy debe vivir y dormir ante un espejo, pero Guzmán cometió el exceso de convertir a todo un país en su cristal de azogue. Al ganar la Guerra Federal, no trajo la federación, sino la uniformidad del estilo. La hybris con encaje de Bruselas y pésima literatura.
Caracas fue su lienzo neoclásico, una "pequeña París", donde el barro fue ocultado bajo el mármol para que su levita no se manchara con el polvo de la barbarie. Sin embargo, en esa voluntad de forma, en ese afán de traer la civilización mediante el decreto y la fachada, germinó la sombra de su propio ocaso. El ego, cuando se vuelve absoluto, deja de ser una brújula para convertirse en un muro.
A Guzmán debemos la construcción de gran parte del imaginario venezolano, imbricado este en los símbolos patrios, el culto a Bolívar y los derechos ciudadanos que el Estado debe preservar y proveer. Lo hizo Guzmán Blanco, entendiéndose a sí mismo como continuador de la obra del Libertador, genio a quien intentó homologarse en obra y en linaje familiar. Pero la historia, cuando se repite, muchas veces nos proyecta no al héroe y sus glorias, sino en muchos casos a su sombra u opuesto psíquico.
Se le ha llamado, no sin cierta admiración culposa, el brillante administrador o el gran arquitecto del Situado Constitucional. Es cierto que Guzmán puso orden en el caos de las cuentas nacionales, pero lo hizo para anestesiar a los caudillos llenando —equitativamente— las arcas de cada señor de la guerra local. Su administración fue una alquimia perversa donde el tesoro público pavimentó, con precisión matemática, el camino para las grandes fortunas privadas.
Es bajo la sombra protectora de su levita, y al compás de sus empréstitos, aduanas y concesiones ferroviarias, donde verdaderamente germinan y se consolidan los linajes que hoy conforman la oligarquía caraqueña. Los Boulton, los Vollmer, los Zuloaga, los Tello, los Machado, los Mendoza, los Römer; apellidos que supieron medrar con exquisita prudencia en la "paz guzmancista". Guzmán, embriagado de sí mismo, creyó que él era el amo indiscutible de la obra, pero estos patriarcas del capital entendieron rápidamente que el autócrata era apenas el contratista de su prosperidad. El poder financiero es silente y carece de vanidad estética. Cuando la figura de Guzmán comenzó a resultar incómoda, la verdadera casta dominante simplemente retiró su apoyo. El capital, en un acto de puro pragmatismo hobbesiano, ya se había independizado del caudillo.
El bronce en el barro. El final de Guzmán Blanco no ocurrió en un campo de batalla, sino en el imaginario colectivo. El episodio del derribo de sus estatuas en 1889 es una escena que pertenece más al tarot que a la crónica política. Fue el colapso del Arcano XVI: La Torre. La Corona cae, el rayo de la ira popular golpea la estructura y los ídolos de bronce —el "Saludante" y el "Ecuestre"— son arrastrados por la misma masa que antes, empujada por el clientelismo, los vitoreaba.
Hay una justicia poética en ese ruido del metal contra la tierra. El "clamor del silencio" se rompió con el estrépito del ídolo roto, mientras los nuevos dueños del país observaban la escena desde los balcones de sus clubes privados. Guzmán, desde su exilio dorado, se convirtió en una sombra de sí mismo, un Enrique IV de Pirandello que seguía jugando a ser civilizador en un salón de París, mientras su nombre era borrado a cincel de las fachadas caraqueñas.
Fue el crepúsculo de un hombre que quiso ser inmortal por decreto y olvidó la máxima de Séneca: "Nadie puede llevar mucho tiempo la máscara". Al final, de su inmensa escenografía solo quedó el polvo, y sobre ese polvo se erigieron los imperios silenciosos de quienes supieron cobrar la factura de su vanidad.
Jesús Ernesto Parra
