Vitrina de nimiedades | El precursor de Dr. Internet
09/05/2026.- Ese dolorcito que regala minutos de rigidez no basta para ir a un médico. Puede ser nada, o quizás un síntoma de “El tiempo no pasa gratis” —vejez, pues—. En lugar de admitir la necesidad de ir a un chequeo, muchos prefieren hurgar en las fauces digitales a ver si el malestar es normal o un presagio fatalista. Pero antes de haber convertido a los navegadores en consultorios virtuales, muchas casas ya tenían enciclopedias sobre salud que, en su afán por educar, se convirtieron sin buscarlo en oráculos sobre cualquier enfermedad.
Un vistazo a una biblioteca familiar estándar ofrece un encuentro con estos pequeños atajos para el autodiagnóstico. Uno de los más populares es El guardián de la salud, un libro gordo y sobrio que no escatima esfuerzos en describir las principales enfermedades de su tiempo. El texto, editado en la década de 1950, fue escrito por Huberto Swartout, un médico que usó recursos editoriales para promover el acercamiento a temas sanitarios comunes.
Aunque Swartout también publicó El consejero médico del hogar, un trabajo colaborativo con más de 30 especialistas, El guardián de la salud es uno de los libros de cabecera en eso de leer una lista de síntomas y asociarlo a cualquier malestar. En esa tarea no solo invierte palabras: las ilustraciones y fotografías son tan vívidas que a ratos podía uno imaginarse en los pasillos de un hospital de mitad del siglo XX, como si la descripción de cualquier padecimiento pudiera saltar de las páginas a los organismos humanos. Sin la curiosidad de quien disfruta los asuntos clínicos, el libro es una prueba de resistencia para hipocondríacos y personas especialmente sensibles (como la autora de esta columna), impresionables nada más con ver un simple yelco.
Su don para impactar no necesariamente es apreciado por todos los lectores de un libro sobre salud afanosamente descriptivo, con índice de síntomas y la caracterización de 400 enfermedades. Mientras algunos lo escudriñaron probablemente con una botella de alcohol isopropílico, para inhalarlo en caso de una baja de tensión, otros lo ven como una obra mucho más ligera. En la web se encuentran reseñas que lo califican como un texto de “autoayuda” (¡!) o como un libro de “salud y felicidad”, una expresión probablemente más ajustada a las aspiraciones de su autor, que tampoco habría querido hacer de lado a sus colegas.
En el reino del PDF y el Epub, libros como este se siguen vendiendo en formato físico, de manos de ofertantes que desean achicar su biblioteca o encontraron en las herramientas de IA una descripción más expedita a sus angustias médicas. Prefieren un diagnóstico con alucinación incluida en lugar de aprovechar las herramientas de la telemedicina, soportada en el ejercicio responsable. La elusión es, al final, la práctica de siempre, sin importar los recursos tecnológicos. El miedo a la enfermedad sigue estando ahí: sin orientaciones, la web solo renueva los temores que alguna vez quisieron disipar los libros en papel.
Rosa E. Pellegrino
