Rostro de mujer | La rebeldía de la curiosidad que suena a vinilo y
...a identidad venezolana
09/05/2026.- Hay una Caracas que no se ve, pero se escucha. Es la Caracas de los encuentros fortuitos, la de los vinilos que crujen bajo la aguja y la de las mujeres que, como Kelly Jiménez, han decidido que su vida no cabe en una sola etiqueta. A sus 33 años, esta periodista, DJ y coleccionista de sonidos camina la ciudad con la solvencia de quien ha hecho de la curiosidad su brújula y de la música su trinchera.
Su historia no es lineal; es más bien como un disco de larga duración (LP) lleno de matices, cambios de ritmo y giros inesperados. Kelly no solo pincha discos; ella desempolva la memoria de un país a través de los surcos del acetato, convencida de que en cada ritmo afrocaribeño hay una clave para entender quiénes somos.
La infancia de nuestra invitada en Rostro de mujer fue, en sus propias palabras, "bonita y tranquila". Era la niña que se quedaba después de clases para jugar fútbol o kikimbol, una pequeña deportista que encontraba en el movimiento su primera forma de libertad. Sin embargo, en el hogar, el aire vibraba con algo más. Bajo la influencia de su hermano mayor, un rockero empedernido, Kelly comenzó a educar el oído.
Pero fue la juventud la que encendió la chispa de la transformación. Su ingreso a la Universidad Central de Venezuela (UCV) marcó un antes y un después. "La casa que vence las sombras" no solo le dio conocimientos en Sociología —carrera que cursó hasta el séptimo semestre—, sino que le regaló la "rebeldía por el conocimiento". Aquella Kelly deportista y silenciosa dio paso a una mujer crítica, sumergida en la efervescencia social de una Caracas que latía con fuerza. Por cosas de la vida, culminó su formación en la Universidad Bolivariana de Venezuela (UBV), donde se tituló como comunicadora social, una profesión que hoy ejerce con la conciencia de quien sabe que las líneas editoriales a veces aprietan, pero la esencia no se negocia.
Hace siete años, la melomanía dejó de ser un pasatiempo para convertirse en un estudio riguroso. Kelly se "clavó" en los géneros, en la historia detrás de cada percusión. En 2022, decidió dar el salto.
"Me atreví. Empecé a ir a fiestas, a escuchar a otros DJs y un día me dije: Epa, yo puedo hacer esto", recuerda con una sonrisa. Hoy, bajo su faceta como DJ, su propósito es pedagógico y emocional. Su legado, dice, es que los jóvenes sientan la urgencia de investigar nuestras raíces. Admira a Juana la Avanzadora con la misma intensidad con la que estudia a Aretha Franklin o Soledad Bravo. Para ella, la música venezolana es un tesoro por redescubrir, un punto de encuentro necesario para una sociedad que busca reconocerse.
Su estética, marcada por piercings y un aire alternativo, es parte de esa identidad rebelde. Aunque confiesa que ser mujer en espacios públicos implica lidiar con miradas lascivas o preguntas cargadas de juicios sobre su cuerpo. Kelly lo maneja con una madurez envidiable. No borraría nada de su pasado; cada experiencia, por dura que haya sido, es una enseñanza que hoy luce con orgullo.
Pero no todo ha sido música y aplausos. La prueba más dura, la que realmente puso a prueba su filosofía de "mañana será mejor", ocurrió en el corazón de su hogar. Hace un año, el silencio de una sala de terapia intensiva amenazó con apagar la luz de su familia. Su madre, Fabiola Virginia Arriera, de 64 años, estuvo al borde de la muerte.
"Mi mamá es una maestra en reinventarse", dice Kelly con un nudo de orgullo en la garganta. Ver a su progenitora, una mujer que dedicó su vida al hogar sin grandes estudios académicos, pero con una sabiduría ancestral, enfrentar el cáncer y la quimioterapia con una fuerza inaudita, ha sido la lección más grande para Kelly. Hoy, celebran cada paso del proceso médico. Fabiola no solo lucha por ella, sino por ver crecer a sus nietos y por seguir demostrando que, incluso a los 60, puede cambiar su forma de pensar y apoyar causas nobles que antes parecían impensables.
Esta fragilidad familiar ha sensibilizado a Kelly hasta las lágrimas. Ahora, lo que la conmueve no son solo los grandes hitos, sino las "postales callejeras": unos ancianos tomados de la mano en una plaza, niños jugando o la reunión de gente humanista que ama la vida.
Kelly Jiménez está apenas empezando. Su mirada está puesta en el horizonte, fuera de las fronteras de Venezuela, pero llevando siempre el sonido local en la maleta. Se proyecta en cinco años viajando por el mundo con un colectivo de mujeres DJ, demostrando que el vinilo y la música afrocaribeña tienen un lenguaje universal.
Para drenar la intensidad del día a día, ha vuelto a sus raíces deportivas. El ejercicio es ahora su válvula de escape, su forma de mantenerse fresca ante un mundo que a veces resulta abrumador.
Su mensaje para las mujeres que atraviesan procesos difíciles es claro y potente: "No hay que negar el dolor; hay que transitarlo. Aférrense a una certeza y tengan varias pasiones que las muevan. Sean curiosas con todo lo que las rodea: con las plantas, con la historia de la persona que tienen al lado, con la vida misma".
Kelly Jiménez sigue girando, como sus discos, demostrando que la verdadera rebeldía no es solo protestar, sino tener la capacidad de conmoverse, de estudiar la raíz y de florecer una y otra vez, a pesar de las tormentas.
La filosofía de vida de una mujer que no se detiene
Nirman García Berbeo
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