Aquí les cuento | Métete en la candela, Tony
A mi Tony Berroeta
08/05/2026.- Nadie puede llamarse a engaño. Y menos con Tony. Ese muchacho que todos conocen y a quien todo el pueblo aprecia como un tesoro, como un amuleto de buena suerte que camina, todos los días, las seis cuadras que lo separan desde su casa hasta la escuela Frederick Fröbel, donde estudia el tercer año de bachillerato.
Sabe Tony que la verdadera estatura de un ser humano está directamente relacionada con su don de gente. A la manera, hecha costumbre, de relacionarse con los demás, en función de llevar una existencia placentera y útil entre los habitantes de este pequeño espacio del planeta, donde le tocó nacer y vivir entre tanta gente buena.
Entre los más espigados estudiantes de la escuela privada, Tony destaca cuando hacen el desfile con la banda marcial, con aquellos uniformes elegantes, con sus quepis y botas de charol reluciente. La marcha no estaría completa sin Tony a la cabeza, y es que nuestro personaje supera con creces su estatura por la simpatía que despliega, como alas de colorida mariposa, por todo lugar que ocupa, por todo espacio por donde se desplaza, entre su casa y la escuela.
Su mundo transcurre en esas seis cuadras de la calle principal del pueblo.
En ocasiones, en fechas patrias y otros eventos culturales, suma a su itinerario las otras seis cuadras que separan la escuela de la Plaza Bolívar, donde, ante las multitudes concurrentes a los actos cívicos, también destaca su sobria personalidad…
Ahí mismo, “a pata'e mingo” de su casa, queda el estadio, con la cancha de beisbol y, en el mismo terreno, las dos porterías de fútbol. Tony destaca, en su categoría, por el manejo de la pelota, los dribles y su natural simpatía.
Tengo que decírselos, la estatura de Tony no ha sido obstáculo que le impida destacarse en todo lo que hace. Además, en cuanto a la práctica deportiva se refiere, siempre ha contado con el respaldo de los entrenadores, quienes no lo dejan puliendo banca en ninguno de los partidos de su categoría. Tony, y su metro con veinte centímetros de estatura, cumplirá los quince años el próximo veinticinco de mayo.
Es un serio estudiante de su escuela Frederick Fröbel y está vinculado a todas las actividades culturales y deportivas que, en esa casa del saber, se realizan.
Hace exactamente año y medio, un día sábado, una nutrida delegación de futbolistas procedentes de Altagracia de Orituco llegó a Valle Guanape a disputar varios partidos en diferentes categorías.
En esa oportunidad, Tony tenía trece años y alineó en el medio campo junto a dos de sus compañeros.
Los jugadores del equipo visitante se veían enormes al lado de Tony, y se movían con mayor velocidad, pero eso no impedía que Tony tocara y realizara la tarea de distribuir la pelota. Lo que se conoce en el argot futbolero como “armar el juego”.
Aquel partido de fútbol estaba tan intenso que, al finalizar el primer tiempo, de treinta y cinco minutos, los dos empataban a cero goles.
Las tribunas llenas de fanáticos gritaban, aupando a sus parciales. Un viejo decir de la gente es que donde mejor se juega al fútbol es en la tribuna porque es desde donde se les gritan instrucciones a los jugadores, improperios a los árbitros, respuestas y maldiciones a los parciales del equipo contrario. Toda una fauna de sobrenombres (perro, bestia, cochino, chivo y otros) puestos a los jugadores.
El viejo profesor llegó a la tribuna cercana a la portería, ubicada al este de la cancha. Ahí observaba el desarrollo del partido y, con mucha atención, los desplazamientos y toques que Tony hacía. Era sorprendente mirar cómo, con su pequeña estatura, lograba eludir a los contrarios sin que le tocaran el balón en disputa. Habilitaba a sus compañeros, quienes empujaban su empeño hacia la portería del equipo contrario.
¡Pero qué va!
Por mucho intento que realizaban los equipos por vulnerar la resistencia de la defensa, ninguna jugada concluiría con la anhelada anotación.
Se jugaba intensamente y, en el transcurso del minuto treinta (a solo cinco minutos del final), el juez de la partida sentenció un tiro de esquina. Sería una nueva oportunidad para el equipo, aunque, en al menos tres ocasiones anteriores, no hubiesen logrado nada positivo en el ataque, luego de ejecutar el córner.
Entre el punto de penal (doce metros) y el área chica de la portería, se agruparon atacantes y defensores en un rudo forcejeo. Todos grandes. Muchachos de trece y catorce años con una estatura promedio de un metro sesenta y cinco centímetros. Casi medio metro mayor que la estatura de nuestro personaje.
Tony se alejó hasta el borde del área grande, consciente de que no podría superar por el aire el salto de los otros jugadores, atacantes y defensores al momento de la ejecución del tiro de esquina.
Estaba solo, sin marcaje alguno.
Todos los defensores forcejeaban con los locales para impedir que tocaran el balón, que vendría describiendo una comba hasta la cabeza del mejor ubicado.
El pequeño gladiador permanecía distante y si se quiere ausente de la jugada.
Desde la tribuna, le llegó la conocida voz del viejo maestro, quien había sido futbolista en sus años juveniles. La incitación le hizo volver el rostro hacia la derecha. Y el profesor le indicó con brazos y gritos:
—¡Tony, métete a la candela!
Con una mezcla de duda y sorpresa, el muchacho de un metro veinte se acercó al área chica, colocándose a una distancia similar a su estatura de la línea de meta.
Sonó el silbato del árbitro y todos se movieron en procura del balón, que superó a atacantes y defensores, y fue a posarse, como en una semilevitación, a los pies de Tony, quien con su usual alegría cruzó la línea de meta, azotándolo con fuerza contra la malla de la portería.
Aquiles Silva
