Rostro de mujer | Marta Navarrete Orta
El arte de vivir sin cadenas
02/05/2026.- Hay vidas que se miden en décadas y otras que se miden en batallas ganadas a la costumbre. Marta Navarrete Orta, a sus 86 años y siete meses, pertenece al segundo grupo. En su reciente encuentro con el equipo de Rostro de mujer, nuestra entrevistada no solo compartió recuerdos; dictó una cátedra sobre la desobediencia consciente. Desde el momento en que decidió ser la primera mujer en su casa en usar pantalones y no quitárselos más, trazó un destino donde el "deber ser" jamás pudo derrotar al "querer ser".
Marta es la definición viviente de una mujer polifacética. Su espíritu jovial y chispeante llena cualquier espacio; no se expresa nada más a través de los pinceles, sino que su creatividad se desborda en la música —canta y toca instrumentos—, con lo que demuestra que el ritmo y la armonía son extensiones naturales de su ser. Esa energía inagotable la llevó, en su juventud, a ser una rebelde "montada en un patín", galopando a caballo y desafiando cada norma que intentara limitar su libertad espontánea y franca.
Hija de Salvador y Rosario Orta de Navarrete, aprendió de sus padres una solidaridad humana que hoy parece extinta. Su progenitor, figura clave en la empresa Pampero y colaborador cercano de Alejandro Hernández, fue un hombre cuya lealtad le costó la libertad durante la dictadura de Pérez Jiménez. "Lo tenían preso por repartir periódicos. Pampero casi mantenía a la familia", rememoró en la entrevista, subrayando la nobleza de una época donde la amistad era un contrato sagrado.
Frente a la rectitud del hogar, encontró la rigidez del dogma en los colegios de monjas. Internada y obligada a cantar misas en latín y a someter su intelecto a miedos infundados, Marta forjó allí su armadura. "Conmigo no pudieron". Entendió temprano que la libertad es un músculo que se ejercita o se atrofia.
Licenciada en Arte y artista plástico de oficio, su trayectoria es tan diversa como su paleta. Antes de entregarse al óleo, fue sembradora de arroz y ajonjolí en Acarigua. Esa relación táctil con la tierra marcó su obra; dejó de pintar paisajes convencionales para buscar la esencia en la semilla.
Su técnica es un diálogo con el material. Logró dominar la transparencia del óleo hasta niveles magistrales, pero su búsqueda fue más allá del lienzo. Marta sostiene una teoría fascinante sobre la creatividad: el sistema nos obliga a usar la mano derecha para anular el hemisferio derecho del cerebro. Para ella, la disciplina y el control social son "el cuento" para que dejemos de ser creadores de nuestra propia existencia.
La vida no la ha eximido de la tragedia. Perder a su hijo mayor ha sido el tránsito más difícil. Sin embargo, hoy reivindica la maternidad como un estado de grandeza que otorga la capacidad de formar personas útiles. Definida como una revolucionaria de convicciones profundas —admiradora de Martí, Fidel y la dimensión universal de Bolívar—, Marta no se retira.
Aunque una intoxicación con óleo la alejó de los pinceles, su espíritu sigue creando a través de la enseñanza. Actualmente imparte talleres de oratoria y Programación Neurolingüística (PNL). Destaca su labor en el Centro Nacional de Fotografía, donde instruye a sus alumnos a usar ambos hemisferios para "religar" lo humano con lo divino. Incluso aspira a fundar una escuela de desarrollo vinculada a la física cuántica.
Para Marta, la tecnología actual es un arma que amenaza con "estupidizar" a la juventud mediante el consumo masivo. Su consejo es volver a lo básico: ejercitar el cerebro y no permitir que una máquina piense por nosotros. A cinco años vista, se proyecta como lo que es hoy: una guerrera con un brillo indomable en los ojos.
Su meta final es morir en paz, habiendo compartido el secreto que la mantuvo joven: "Que todos somos intelectuales y creadores, siempre y cuando nos atrevamos a usar nuestras propias manos para escribir nuestra historia".

Marta Navarrete Orta
Nirman García Berbeo
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