Letra fría | Don Alberto Vollmer de memoria

01/05/2026.- No habría querido llegar por carambola al libro Memorias de Alberto J. Vollmer, porque me estoy guardando desde diciembre, esperando sus cien años de cumple, este primero de mayo de 2026, o sea, hoy, porque me impresiona que en vísperas de su siglo, don Alberto sigue maquinando proyectos como la Universidad del ron, y un comentario que me pareció tan simpático, que ahora no recuerdo si fue a Alberto Cristóbal, que su padre le habló de haber visto unas tierritas en Margarita para realizar algún proyecto, pero después de la historia, seguramente fabulada de Jorge Olavarría, en aquella edición aniversario del diario El Carabobeño, que cité en mi penúltima nota: “El ron ha sido esencial en esta historia”, recordé de mis lecturas del libro en Choroní, excelente locación para devorarme estas Memorias, que ni les cuento por ahora de las compañías y un simpático episodio ocurrido con el libro.

La historia de don Alberto se inicia el primero de mayo de 1926, en la casa de Altagracia a Salas número 49. Un siglo de existencia resumido en 300 páginas por el verbo fluido de su autor y el buen oficio de su curador, Oscar Marcano. Allí concurren los recuerdos de familia, bien documentados por sus hijas Sofía y Beatriz, los estudios y viajes, las haciendas, los negocios, incluidos los planes que no cesan; como ya lo decía, cuánto me impresionan.

Ya en entregas anteriores desarrollamos la historia de Panchita Ribas y Juana, su nodriza negra, diciendo, de paso, que me encantaba, por más cinematográfico, el cuento de Olavarría de la huida a pie hasta las cumbes y rochelas de Barlovia. Pero la historia real es la de don Alberto, que Panchita fue acogida por los García Gómez y vivió en Sabana Larga hasta su matrimonio con Gustav Julius Vollmer en 1828. Pero es precisamente con ellos que arranca todo, con Panchita, que había nacido en 1809, y Gustav, en 1805, quienes se conocen, se enamoran y se casan, dando inicio a toda esta dinastía. Ahora bien, no fue solo que el musiú se enamoró de la linda muchacha heredera de las tierras de El Palmar, sino también del país que, a su vez, le deslumbraba. Aquel catire de Hamburgo, alto, bien parecido (Der Schöne, le decían), el hijo del fabricante de jabones Johann Peter Vollmer y de Friedericke Elizabeth Bösemberg, se casó dos veces, porque ella era católica y él protestante, por lo que después del matrimonio por la iglesia se casaron dos años más tarde por la luterana en Curazao. Así las cosas, tuvieron 7 hijos: Federico (músico autor de El jarro mocho), Gustavo (que murió al mes de nacido), Ignacia, Francisca, Inés, Mathilde y un segundo Gustavo, el menor, que fue el abuelo de don Alberto, y quien compra la Hacienda Santa Teresa en 1885. Cuenta don Alberto que no solo compró un hermoso pedazo de tierra donde se producirían los mejores rones del mundo, sino que adquiría el terruño donde se instaló Bolívar en marzo de 1818, y donde reiteró el Decreto de Carúpano de 1816 declarando la abolición de la esclavitud, que no se materializaría hasta 1854, cuando José Gregorio Monagas promulgó finalmente la ley que acabaría con tres siglos de esclavitud en Venezuela.

De las cosas buenas de esta familia es que ahí escribe todo el mundo, por eso no es de extrañar que Inés Vollmer Ribas de Heiberg escribiera en Alemania a sus 89 años sus recuerdos de familia y de la Venezuela que conoció a sus 12 años, cuando fue enviada a Hamburgo con su hermana Mathilde en 1852. Pero eso no sería tanto si tomamos en cuenta que quien traduce el relato es Beatriz Vollmer de Marcellus, hija de don Alberto y hermana de Alberto Cristóbal y Henrique. A pesar de tener 7 años cuando murió su madre, dice que era muy alegre y le gustaba gastar mucho, pero también era muy compasiva. Cuenta Inés que si se encontraba con una esclava con un bebé en brazos, se quitaba una prenda de valor, se la daba y le decía: “Anda, vende esto, y con esa plata compra lo que necesites”. Claro que es comprensible, después de lo que vivió con su nodriza Juana; por eso tampoco es de extrañar cuando se mudaron de Caracas a El Palmar, con ese poco de muchachos pequeños y ella embarazada, que no podía cabalgar, y la llevaban cargada en parihuela unos obreros cansados, y se bajó de esa vaina y caminó. Pero lo más simpático fue la vez que se les perdió —ah, porque para entonces las mujeres embarazadas no podían comer frutas sin cocinar—, ¡y la consiguieron por su risa detrás de una puerta comiéndose una docena de naranjas! Jajaja.

De las buenas historias del libro, me encantó una de Ignacia, la hija mayor de los Vollmer Ribas, que había estudiado en Alemania, y siendo pretendida por Martín José Sanabria, al enterarse Gustav, la envió de nuevo a Alemania, sin esperar que el joven Sanabria se consiguiera un puesto consular en Viena, y no le quedó más remedio que aceptar la unión, que ocurriría en Venezuela en abril de 1854. Vale acotar que Martín resultó ser tatarabuelo del arquitecto Tomás Sanabria, autor del hotel Humboldt en el Ávila, entre otras memorables obras, y entrañable amigo de don Alberto, a quien conocí en la hacienda en aquellos inolvidables viajes del club del ron.

 

Humberto Márquez


Noticias Relacionadas