Aquí les cuento | El abuelo Celso (V)

Solo existe una raza: la especie humana. Dos clases sociales: explotadores y explotados. "Proletarios de todos los países: uníos".

 

01/05/2026.- La afirmación dirigida al recién vestido Celso lo hizo sentir que su cuerpo estaba invadido por millares de blancos comejenes que lo picaban y le brotaban de todos los orificios. Sintió, además, que en el estómago se le revolvía una tragavenados como queriendo salir, y que el aliento de azufre brotaba por su boca, provocando que los comejenes se refugiaran entre sus párpados y migraran presurosos a sus oídos, haciéndole sentir un desfile ruidoso de una soldadesca asesina que terminaría con su vida.

El mundo se le escapó y cayó en un vértigo infinito. Un universo insospechado se abría debajo de sí mientras caía sin asidero, sin sostén alguno, hacia los desconocidos espacios donde la muerte tiene sus dominios.

Cuando logró recuperar el aliento, observó a su alrededor y encontró a las dos sirvientas que servían la cena montadas sobre su pecho, sobándole la cabeza y untándole valeriana entre los cabellos de la frente para que recobrara el sentido.

Las manos de las mujeres le transmitieron la ternura que solo había experimentado cuando niño, tiempos en que se dedicaba a correr por los patios detrás de las gallinas y otros animales del corral.

No recordaba cuánto había permanecido inconsciente. "¿Será así la muerte?", se preguntó mi abuelo una vez recobrado el control de su cuerpo, y pudo, aun vestido, ponerse de pie.

El amo Facundo lo observaba con una sonrisa dibujada en su rostro. Sacó un grueso tabaco de una caja que tenía sobre el escritorio y lo encendió.

Mi abuelo, aún aturdido y lleno de terror, empezó a desvestirse, dejando sobre una silla las ropas que se había probado minutos antes.

La vida continuaba su curso; todo parecía normal en Las Palomas de Arena. Cada peón y las mujeres de las casas, los viejos y hasta los niños miraban a Celso y lo trataban con deferencia. Le dispensaban todas las atenciones, como anticipándose a la inminente despedida de uno de los más promisores jóvenes de la gran unidad productiva donde había crecido y desarrollado las habilidades propias de un campesino de la época.

Aunque estaba prohibido en toda la hacienda comentar nada que vinculara al amo Almada con sus negocios y relaciones, además de aceptar como ley su palabra y sus actos, se había filtrado, igual a la frialdad en la madrugada, los comentarios de que el amo estaba realizando alguna actividad secreta que comprometía, fatalmente, al joven Celso.

Hasta Celina Puinche, la joven indígena que se encargaba de los jardines internos de la casona, le había correspondido con una sonrisa, cosa que el abuelo había procurado inútilmente durante, al menos, los últimos tres años, desde que la joven cumplió quince años y empezaba a mostrar, naturalmente, todos los atributos visibles de la belleza originaria de estos contornos.

Ya los veinte años de Celso lo comprometían con las responsabilidades propias de los adultos. Tendría que formar familia, hacer su propio rancho de bahareque y techarlo con escándulas para abrigar a la compañera elegida que, a todas luces, sería la hermosa india Celina.

Dos décadas cumplía el siglo, y las revoluciones no se detenían. Por un lado, se sofocaba un alzamiento y, por el otro, se levantaba un nuevo líder con promesas de redención para el pueblo rural que poblaba todo el territorio con sus precariedades.

Se escuchaba entre los bongueros y arrieros que llegaban a la hacienda los rumores de la cercana presencia de un batallón rebelde que venía desde el Arauca recorriendo el país y dándole pelea a los militares de Juan Vicente Gómez.

Era mayo de aquel año 1920 cuando una mañana Facundo Almada le ordenó al abuelo:

—¡Muchacho, vaya a la hacienda del compadre Arcadio y dígale que me envíe una cuartilla de morocotas! —y agregó, por primera vez— ¡Vaya con mucho cuidado, que por ahí y que andan los boleros haciendo de las suyas por todas las haciendas que pasan!

En la tarde, el abuelo preparó la mula blanca que usaba en esos tiempos y, a hurtadillas, acopió bastimento para unos cuatro días, a pesar de que el viaje a la otra propiedad implicaría solamente dos días.

Al parecer, se había presentado la oportunidad de torcer el rumbo de su destino, escrito en la mente de Facundo Almada.

El ritual de llenar el pepure con las relucientes morocotas se repitió sobre la mesa de escritorio del hombre de negocios. Como siempre, del colmo se cayeron sobre el mantel tres o cuatro, no más que eso. Las grandes manos de Arcadio las levantaron y lograron estabilizarlas. El joven Celso acercó el morral con la boca abierta y recibió la sonora cascada de oro.

Con "los saludos para el compadre" partió mi joven abuelo hacia el camino de regreso a Las Palomas de Arena, pero en su mente ya estaba tomada la decisión de tomar otro rumbo. Ya lo pensaría.

Con la gran cantidad de oro que llevaba en las alforjas, sería suficiente para emprender una nueva vida en cualquier parte del país. Oriente podría ser una buena elección, pero no tenía prisa; además, aún le quedaba en el avío comida para cuatro días y con una sola morocota de la cuartilla sería suficiente para comprarse hasta un novillo entero.

Al llegar a las cercanías de Mayare, fue interceptado por los hombres del general Arévalo Cedeño, que hacían posta en el camino.

El ejército redentor tenía carencia de municiones y pertrechos para seguir avanzando hasta el oriente. Una vez que Celso Blanquez escuchó, de la boca del propio general, las razones de su lucha, decidió entregarle, de buena gana, aquel alijo de morocotas para fortalecer la capacidad de maniobra del legendario guerrillero.

Mi abuelo pasó muchos años desaparecido de estos contornos y regresó trece años después de la muerte de Facundo Almada. Ya para ese tiempo, la hacienda había desaparecido, arrasada por la vorágine de la guerra. Después de todo, el elegido fue otro peón cuyos huesos aún reposan en la tapa de aquel enorme baúl lleno de morocotas.

Todavía la casona está en pie.

—¡Y esos riales siguen ahí! —afirma el Ñato Rojas.

 

Aquiles Silva


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