Nada está escrito | Entrada al laberinto: hacia la utopía
27/04/2026.- Todo escritor es un lector frustrado; alguien que pretende recuperar las emociones y universos que el viaje literario deja atrás al pasar la última página. El arquetipo no es invención de este cronista: es el argumento —y metáfora— del Quijote de Cervantes. Aun así, puede que todos los escritores de la modernidad y sus secuelas poseamos ese sello de origen, ser unos eternos buscadores de una verdad que no existe, por inventarse. Eternos buscadores del abismo.
Inicia esta columna con la imagen casi ritual que arranca todo intento de escribir sobre la página en blanco: frente a mi biblioteca. Entro en el laberinto de las palabras y los símbolos para que estos acudan a mí, deseosos —espero— de convertirse en cosas. En realidad. Esta última, entendida como construcción compartida ahora con ustedes, mis lectores.
Suena bien, ¿verdad?
El primer conjunto que destaca entre las filas de títulos multicolores —cinco novelas y un libro de relatos— pertenece a un autor que, además de una lectura recurrente, es un hito personal: Enrique Vila-Matas. La biblioteca se acciona como una máquina del tiempo que nos lleva por los pasillos del autorrelato. La imagen: un joven periodista de cultura que en 2003 entrevista a este autor catalán. La pregunta, propia de un muchacho con exceso de lecturas, comienza evocando a los pares de Enrique: Conrad, Melville, Tennyson, Chesterton, Chéjov...
"¿Adónde nos lleva el viaje en tu literatura?". La respuesta de Enrique Vila-Matas resonó con una rotundidad lapidaria, casi socrática: "Hacia la utopía, Ernesto...".
Todavía las respuestas de aquella tarde de whisky escocés y periodistas amigos recorren los canales del tiempo como barcos silenciosos. La afirmación de esa entrevista no fue un artificio retórico, sino la declaración de principios de un autor que ha hecho del desplazamiento ontológico su hogar. Vila-Matas, el "catalán errante", no concibe la literatura como un espejo de la realidad estática, sino como un vehículo hacia un no-lugar. En su universo, el "mitema del viaje" pierde su materialidad terrestre para convertirse en una exploración del abismo interior y literario. Viajar no es llegar; es mantenerse en el estado magmático de la búsqueda, una idea presocrática donde el fluir constante es la única permanencia.
En aquella oportunidad —continúa la biblioteca detenida en 2003—, Vila-Matas era el poseedor del Premio Rómulo Gallegos. Lo obtuvo con su obra célebre, la novela El viaje vertical, un volumen que narra la travesía personal de un hombre entrado en la tercera edad que decide no solo abandonar su hogar y comodidades burguesas, sino que se propone reinventarse a sí mismo. En un viaje en descenso, geográfico y personal, Federico, el personaje de la novela, pasa del Mediterráneo al Atlántico para, sin mediar términos, hundirse en la Atlántida: un continente imaginario.
Hacia la utopía
¿Dónde está la utopía según Vila-Matas? En la reinvención de nosotros mismos. En hacernos literatura. "Literatura portátil", en el caso del catalán que ahora recomiendo. O como Borges, o Conrad, o Melville, o Cervantes. Elija el que usted prefiera.
¿Dónde queda la utopía? En el lugar que habitamos, en nuestras mentes y conciencias, donde construimos la realidad y donde no dejamos de hacernos a nosotros mismos.
Es curioso que el último viajero de la literatura sea un señor catalán de la tercera edad, muy burgués, aficionado a los cafés y periódicos dominicales, que suele no abandonar —y ahora me refiero al autor— los predios de la Travessera de Dalt, su calle en Barcelona. Y aunque el hecho sea singular, no es arbitrario para el mundo que se nos viene. Que se nos viene encima. Encima para aplastarnos.
Nos vemos en la Atlántida.
Jesús Ernesto Parra
