Palabr(ar)ota | Racismo contra insulto
27/04/2026.- Tuve un maestro en primaria a quien, de tan flaco, llamábamos Llavero'e Huesos.
Llavero'e Huesos era ese maestro, no todos los maestros.
Es decir, el sobrenombre, porque a decir verdad ni a insulto llegaba, no nos convertía en un montón de carajitos antimaestros; nos convertía, eso sí, en unos mamadores de gallo a quienes les gustaba joder al maestro Robinson.
A uno puede o no gustarle que se insulte o se le ponga sobrenombre a una persona; el remoquete puede parecer ingenioso o de mal gusto, apropiado o traído por los cabellos, pero lo cierto es que el insulto está dirigido, en general, a un solo individuo y suele apoyarse en el talante o el comportamiento de esa persona.
Lo que distingue al insulto del epíteto racista es la condición siempre colectiva de este último.
Un insulto es una ofensa de carácter individual o situacional; una agresión verbal que busca degradar a una persona específica.
El discurso racista, por el contrario, es siempre colectivo y es siempre un discurso de odio; la manifestación de un sistema de opresión que organiza a las personas en estratos desiguales.
Mientras el insulto termina en la interacción personal, el racismo se apoya en un legado histórico de prejuicios y desigualdades. Al racializar una ofensa, el agresor se afilia a una estructura social diseñada para marginar a toda una colectividad, reforzando una relación de dominio y de desprecio.
Después de la enorme exhibición de boñiga que Carlos Baute dirigió en Madrid, se ha querido aligerar el asunto argumentando que los insultos abundan en la política venezolana.
En realidad, los insultos abundan en la política de todos, o de casi todos, los países del mundo, hasta el punto de terminar siendo una muestra de la libertad de expresión que en ellos existe.
El asunto con la oposición venezolana es que desde el inicio del gobierno de Chávez ha sido incapaz de separar el insulto de un racismo con el que —nunca mejor dicho— se les sale la clase.
El insulto político es, aunque no lo parezca, una forma, quizás subalterna, de cuestionar las ideas del contrincante.
El racismo, en cambio, no apunta ni a ideas ni a posiciones políticas, sino a la condición humana de un grupo social al cual se desprecia por esa misma condición, independientemente de las ideas o de las posiciones políticas que profese.
Dicen que hay emociones que matan. La emoción racista puede que no mate, pero destapa un caudal de porquería moral que no se queda solo en el alma de Carlos Baute, sino que impregna, como un balde de agua sucia, a esa parte de la oposición que él representó, tan emotivamente, en la Puerta del Sol.
Cósimo Mandrillo
