Letra fría | De Panchita Ribas y la semilla

24/04/2026.- Mucho se ha escrito sobre la Hacienda Santa Teresa y Panchita Ribas; el texto más comentado es quizás el de Jorge Olavarría, publicado en una edición aniversario del diario El Carabobeño, que comentábamos la semana pasada, según la cual Juana, exesclava de los Ribas y madre nodriza de Panchita, se la compra por 36 pesos macuquinos a un soldado realista y huyen a alguna cumbe o rochela, poblaciones formadas por esclavos negros fugitivos en las que vivían como hombres libres, en Barlovento. (Uno se imagina que la palabra rochela debe venir de ahí, de una comunidad de negros bailando y cantando todo el día al son de tambores).

La versión de don Alberto Vollmer, sin embargo, difiere en lo de Barlovia, y señala que se refugiaron en la hacienda Sabana Larga de Caguas, de Fernando García Borges y su esposa Manuela Gómez Tamayo, quienes la acogen y crían como una hija e incluso le hicieron tomar clases de piano junto a sus otros pequeños. Señala don Alberto también que vivió en Sabana Larga hasta su matrimonio con Gustav Julius Vollmer en 1828. Cuando ya se había asesorado con un letrado, para reclamar la posesión legal de sus tierras como única heredera, tal como quedó asentado en su libro Memorias, presentado en la Universidad Católica el pasado 13 de diciembre, y que pronto reseñaremos aquí.

Cuando mencionaba en alguna entrega anterior el “Viaje a la semilla”, una biografía al revés, que, a diferencia de la tradicional, de nacer a morir, se le toma en el momento de estar muriendo, y se reconstruye desde la muerte hasta su nacimiento. Carpentier se defendía: "Me dirán ustedes que hay, tal vez, en ello un juego gratuito. No, porque precisamente ese tratamiento de una biografía viene a mostrarnos la coincidencia que hay entre los primeros días del hombre y los últimos días del hombre”.

Aplicado al ron, que es nuestro tema, trataremos de mostrar la coincidencia que también hay entre los primeros días del ron y los últimos días de ese mismo ron, que respira en las copas o vasos, antes de la muerte gloriosa, o mutación gloriosa, diría yo, que ocurre en nuestras bocas. Y más allá del juego gratuito, lo que sí va a parecer poco creíble es que no nos tomemos un ron para pensar en su nacimiento, así que sin más preámbulos hagamos el ejercicio. Solo se puede arrancar esta historia paladeando un ron 1796 en una copa balón y con un Romeo y Julieta entre dedos y labios. Preferiblemente, el añejado en barricas de whisky de Speyside. Así que le recomiendo entrar en sintonía y seguir conmigo en esta travesía. Detrás de lo que estamos leyendo, perdón, “tomando”, hay más de doscientos años de historias, aunque la antigüedad de los rones utilizados para producir esta maravilla etílica es el resultado de una cuidadosa mezcla de finos rones de 4 a 35 años, lo que lo convierte en uno de los pocos rones ultrapremium del mundo y el único ron antiguo originado en la “Solera”, un método perfecto de envejecimiento artesanal.

Luego de madurar durante varios años en barricas de roble, las distintas cepas de especies añejadas se ensamblan para constituir un blend, léase una mezcla, perfectamente acoplada para rendir culto a la “sibaria” ronera, que ya en ese instante podría libarse con honores; pero he aquí que aquella deliciosa mezcla se devuelve a otras barricas instaladas en cuatro hileras que se convertirán en el criadero de la solera. Esa crianza o madre de la solera va pasando en cascada por las cuatro series de barricas para salir finalmente a la etapa de los toneles, sin dejar nunca vacías las barricas, y esa suerte de caldo de cultivo llega a convertirse en la madre perpetua de la solera, con que la familia Vollmer conmemoró los 200 años de la hacienda, en 1996.

Aunque ya pareciera que habríamos logrado nuestro objetivo, al volver a la semilla del ron de solera, hay que seguir más allá y enterarnos de la semilla de la Hacienda Santa Teresa, cuyo origen se remonta precisamente a 1796, cuando se unifican las tierras del conde de Tovar y Blanco y le coloca el nombre por su hija Teresa. Para ese entonces ya se producía ron, pero solo para uso personal y de obsequio a sus socios en botellones verdes de ocho litros. Cuenta la leyenda que los negros esclavos también tomaban lo suyo de la incipiente destilería que funcionaba en una casa que los peones llamaban La Capilla y de allí el dicho de “beber encapillado”, porque ellos bebían escondidos en la mencionada capilla.

 

Humberto Márquez 

 


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