Letra invitada | Francisco de Miranda y las miserias de Trump (II)

21/04/2026.- La situación de crisis y el proceso de destrucción al que la conducta enloquecida de Donald Trump está conduciendo a Estados Unidos toca resolverlo a la sociedad norteamericana que lo eligió, y cuyo sistema judicial, el discurso sobre la democracia y la libertad los ha derrumbado Trump, arrastrándolos por el suelo, cometiendo los peores crímenes contra la humanidad, haciendo guerras contra países, perpetrando genocidios (como en el que participó en Gaza), sin razón válida alguna y sin la autorización constitucional para ello, amenazando con destruir la civilización y culturas milenarias y que sectores del más alto nivel del poder político y militar están persuadidos de que puede llevar a la ruina y al desastre al país, afirmando que la única moral es la suya propia —cuando en realidad carece totalmente de ella—, afirmando que puede acabar con cualquier Gobierno o anexarse países, aunque no se atreve a atacar a potencias como Rusia, China o Corea del Norte.

El nivel de inhumanidad y amoralidad de Donald Trump es tal que, si hubiese que usar los peores adjetivos que existen para calificarlo, ninguno de ellos ni todos juntos licuados serían suficientes para definir la magnitud de su real condición. Sería necesario que los seres humanos creáramos un nuevo concepto para poder describirlo, una especie de engendro del mal, contra naturam, de Christopher Hesse, Szell, ¡Der Weibe Engel!

Este es el personaje que se ha atrevido a agredir a nuestro país, la patria del Generalísimo Francisco de Miranda, que luchó por la Independencia de los Estados Unidos y a donde luego migraría su abuelo y nació él; es el que, cobardemente, de madrugada y en la oscuridad, con sus carabelas y banderas con calaveras con los signos de la muerte, destrucción y saqueo, nos ha atacado por la vía de los hechos sin previa declaración de guerra, cuando ha debido hacerlo.

La declaración y el uso de la fuerza entre Estados están establecidas por las normas de la Carta de las Naciones Unidas y otros instrumentos del Derecho Internacional, y la previa declaración de la guerra constituye, además, una obligación moral, que tiene que ver con la dignidad del Estado agresor, de la cual carece quien hoy mal gobierna a Estados Unidos, quien osó entrar con uso de fuerza militar destructiva a secuestrar al jefe del Estado de la República para extorsionar a los demás poderes nacionales y causar terror y muerte en la población con amenazas de nuevas agresiones, imponiendo así la firma de contratos sobre hidrocarburos y presionando la aprobación de nuevas leyes en materia minera para facilitar a las compañías norteamericanas el saqueo y la extracción del oro, otros minerales y de actividades hasta ahora consideradas estratégicas y bajo control del Estado, que no serán, precisamente, para favorecer, disfrute ni bienestar del pueblo venezolano ni del pueblo norteamericano siquiera (creer lo contrario es una ilusión que embarga, tristemente, más que todo a un número de venezolanos), sino para enriquecer a las grandes transnacionales extranjeras; pero que están suscritos y aprobadas con vicios del consentimiento, por ausencia de libre voluntad, a causa del chantaje, la extorsión, el terrorismo y la amenaza, y cuya consecuencia es la nulidad absoluta de dichos acuerdos e instrumentos legislativos, y de cuya constitucionalidad el país, de comprobada formación jurídica, integridad moral y ética tiene dudas. 

Nada le importó que se tratara de la tierra donde nacieron Francisco de Miranda, que luchó por la independencia de Estados Unidos; Simón Bolívar, el Libertador de la América del Sur, y el Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre; tan grandes o tanto más grandes que los libertadores de las colonias inglesas que hoy forman los EE. UU. Tanta miseria no tiene límite. Pero la Historia no se detiene. Y aunque con su agresión afirme que es él quien gobierna y decide en nuestro país y que circunstancialmente aparezca controlando el dominio de nuestros recursos de hidrocarburos y mineros, manejando nuestros ingresos, más temprano que tarde, el pueblo venezolano restituirá el sentido y el valor histórico del 19 de abril de 1810, del 5 de julio de 1811, de nuestro proceso independentista, de la Constitución aprobada por el pueblo en 1999. No somos ni seremos colonia ni patio trasero de nadie. No vamos a permanecer en calma ni a tardar los años que duró nuestro proceso emancipador de España para restablecer íntegramente la soberanía plena de la Nación. 

Este es un país libre y libertador, que predica la paz, la unidad de los pueblos y el rechazo a la guerra, pero que no va a renunciar a esas condiciones a cambio de la pérdida de la soberanía y la dignidad nacionales, que elementos del Estado parecen haber sometido a un estado de suspenso invocando razones circunstanciales y estratégicas y otros degradados por la traición, cobardía o el alborozo con que se han ilusionado “por un puñado de dólares”. Un país que no va a dejar que se imponga una colonización por la enajenación de un sujeto cuyo nombre, si acaso, permanecerá algún tiempo en algunas fachadas de hoteles y casinos, hasta que el pueblo de Estados Unidos decida demolerlos como los revolucionarios franceses lo hicieron con la Bastilla, a pesar de que el secretario del Interior de EE. UU., en mala hora, se haya atrevido a compararlo, con el mayor cinismo, “con el líder independentista Simón Bolívar” y afirmar “que algunos en Venezuela considerarían honrar con una estatua” (https://cnnespanol.cnn.com/2026/03/26/eeuu/video/burgum-eeuu-trump-venezuela-estatua), cuando en realidad su nombre está condenado —por infamante al género humano— como el más grande asesino de la historia al lado de Herodes, Hitler y Netanyahu, quienes ya en su momento se encontrarán juntos en el infierno disputándose cada uno el derecho de ser el más infame de todos, mientras el lobby sionista monta a Netanyahu encima de Trump, y entre ellos se dedican a agitar las brasas del fuego de las pailas y a atravesarse con hierros candentes los despojos de unos y otros.

Sus propios generales, que le han venido renunciando significativamente, y parte de los jefes de gobierno de países que hasta hace poco eran sus aliados, se quedan perplejos y desprecian cuando ven, oyen y perciben tal grado de decrepitud e incapacidad mental, moral, política y militar, ante el desastre al cual está arrastrando a su propio país y la guerra a la que pretende llevar —y está arrastrando— al mundo con su insania mental de ordenar el asesinato de pueblos, sin importarle siquiera la pérdida de vidas de soldados norteamericanos que envía a combatir, mientras en la Oficina Oval no corre ningún riesgo, como no los quiso enfrentar cuando se negó a prestar servicio militar en la guerra de Vietnam, quejándose de unos espolones en los talones, que luego las hijas del médico Larry Braunstein, que lo certificó, afirmaron que el diagnóstico fue un "favor" a su padre, Fred Trump; por cierto, sin contar, además, que es el primer y único presidente de EE. UU. sin prestar servicio militar. ¡Hasta Hollywood lo desprecia!

 

 

 

 

       

 


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