Punto y seguimos | Ir al cine es defender el disfrute

21/04/2026.- Una de las fuentes de entretenimiento más importantes de la humanidad es el cine. La posibilidad de sentarse, en grupo, en un espacio inmersivo que nos muestra historias y mundos, creando una experiencia sensorial e intelectual con la rara cualidad de ser profundamente individual, pero también compartida, es la que dota al cine de su maravilla. Más allá del arte que supone su creación, es lo que genera en sus receptores lo que maximiza su esencia. Desde su invención a finales del siglo XIX, el cine ha evolucionado en técnica; sin embargo, en estos tiempos, se ha visto afectado por los cambios que la tecnología ha generado en la forma en la que la humanidad crea, cuenta y transmite historias audiovisuales.

Mientras por un lado el cine hoy ofrece incluso experiencias en 4D, sonido envolvente, salas con butacas y pantallas diseñadas para que la “inmersión” sea más profunda; por el otro sufre de una menor asistencia a las salas. La llegada del streaming, que llevó las películas a la casa, en pantallas más pequeñas y con catálogos enteros a disposición de las personas, contribuyó (y contribuye) a que sea la forma más elegida para consumir “cine”. Por supuesto, influyen otros factores que condicionan el ir al cine en un teatro de manera tradicional, siendo el costo el principal de ellos; asistir implica no solo el gasto de la entrada, sino el traslado, la necesidad de usar ropa adecuada e incluso la carga cultural de tener que consumir bebidas o comidas asociadas a la experiencia cinematográfica en sala, cosa que en nuestro siglo XXI puede resultar un lujo para muchas personas. Ciertamente, en contextos de crisis, las personas dejan de invertir en entretenimiento y la cuenta es simple: es más barato pagar un servicio de streaming con miles de películas que asistir regularmente al cine.

Esto, aunque no negativo en sí mismo, sí que le va restando al cine y a la gente algo esencial, el disfrute compartido, la socialización sensorial junto a otros. ¿Quién no se ha sentido en comunidad al emocionarse audiblemente durante una película y notar que el resto de la sala también lo hace? ¿Quién no recuerda el impacto de alguna película en particular, a la que se fue a ver con amigos, pareja o familia? La sala oscura lleva además a la atención, un privilegio que no solía serlo, pero que ahora, gracias a los celulares y dispositivos constantes, también hemos perdido. Ver una película en el cine invita a concentrarse y sumergirse en la historia, a vivirla, a sentirla (incluso con la molestia constante de gente que no logra despegarse de sus teléfonos) y nos ofrece además el chance de hacerlo junto a otros, de comentar al salir, de crear conversación en un mundo donde todos van con la cabeza pegada a una pantalla minúscula. Ir al cine es hoy un acto de resistencia y de defensa de una de nuestras invenciones más hermosas. Es permitirnos el disfrute y la comunión. No lo dejemos perder.

Mariel Carrillo García 


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